EL IMPERIALISMO YANQUI BUSCA PROFUNDIZAR EL SAQUEO EN VENEZUELA

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Venezuela es parte de Latinoamérica, parte de este subcontinente oprimido por el imperialismo, principalmente el yanqui. Venezuela, al igual que todos los países del mundo es un país rico en recursos naturales y fuerza de trabajo, pero esa riqueza, al estar en manos de grandes burgueses, latifundistas e imperialistas, sólo profundiza la pobreza de su pueblo.

Actualmente, en Venezuela se desarrolla una álgida pugna entre las facciones de la gran burguesía (facción compradora versus facción burocrática). En esta pugna por definir quien administrará el Estado y las riquezas del petróleo ha sido arrastrado el pueblo, que es quien pone los muertos y se lleva el peso de la crisis, que se expresa en enfrentamientos de masas contra masas, una inflación disparada que ha reducido el poder adquisitvo a la mitad, el alza y carestía de alimentos, etc.

La facción compradora de la gran burguesía (que el oportunismo llama derecha), organizada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), aboga abiertamente por una mayor intromisión de capital extranjero y por una mayor “privatización”, bajo la promesa de que mediante esta vía impulsará el desarrollo del país y creará más empleo.

La facción burocrática de la gran burguesía (que el oportunismo llama izquierda), organizada en el gobierno de Maduro, plantea mayor “estatización” de las riquezas, queriendo hacer pasar la estatización como sinónimo de socialismo, en circunstancias que el Estado venezolano no está en manos de la clase obrera y el pueblo, porque los grandes burgueses y terratenientes no han sido barridos como clase, porque a pesar de todo lo que diga el gobierno, en Venezuela no ha habido una revolución.

El imperialismo yanqui, para profundizar su intromisión en Venezuela, aplica la receta que ha usado últimamente en Medio Oriente Ampliado, en las denominadas “primaveras árabes”, donde alimentó la pugna entre las facciones de la gran burguesía, apoyando a una contra otra, para luego imponer un gobierno títere, obligándolo a firmar condiciones más humillantes que las que ya existían.

En Venezuela, que es uno de los principales proveedores de petróleo (el tercero después de Canadá y Arabia Saudita), el imperialismo yanqui atiza la beligerancia de la burguesía compradora, porque considera que de imponerse ésta, les entrega más garantías para saquear el país o, al menos, perimitiría acrecentar la crisis de la facción burocrática en el gobierno de Maduro, obligándola de igual manera a tener que aceptar una mayor intromisión imperialista yanqui.

LA PUGNA INTERBURGUESA Y LA AUSENCIA DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO

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Maduro a la derecha, Mesa de Unidad Democrática (MUD) a la izquierda.

Desde comienzos de abril del presente año, el imperialismo yanqui viene actuando mediante la MUD, intentando desestabilizar al gobierno de Nicolás Maduro, encabezando protestas, provocando escasez de mercadería, acrecentando la especulación del precio de los alimentos y amenazando con el desencadenamiento de una guerra civil.

Por su parte, Nicolás Maduro intentó dar gobernabilidad al Estado mediante una nueva Asamblea Constituyente, donde buscó acorralar legalmente a la oposición, aglutinar a los sectores chavistas desencantados y encuadrar a dirigentes de masas que hasta el momento se han mantenido al margen de las protestas y enfrentamientos.

La prensa del gran capital y los oportunistas quieren presentar la pugna entre las dos facciones de la gran burguesía como sinónimo de democracia, de que existe una oposición electoral y que eso es sano para el país. Pero, en realidad, el que en Venezuela o Chile, etc., exista un sector de la gran burguesía en el gobierno (burguesía burocrática) y otro sector en la oposición (burguesía compradora), no es sinónimo de democracia, sino que es expresión material de que las clases explotadoras no han sido barridas por una verdadera revolución. Más aún, que la actual crisis del Estado venezolano se desenvuelva en una lucha donde las masas son arrastradas a ponerse bajo la dirección política de una de estas dos facciones de la gran burguesía, es una muestra de que las clases explotadoras no sólo no han sido barridas, sino que se pelean el control del Estado.

Si a esta pugna interburguesa le sumamos el que su expresión en la calle es la lucha de masas contra masas, tenemos que, el proletariado y el pueblo de Venezuela pelean defendiendo un programa y una bandera que no les son propios, que la clase y el pueblo no cuentan con su destacamento de vanguardia, que en Venezuela no existe un verdadero Partido Comunista, un partido que dirija la lucha y que no tenga nada que perder, sino un mundo que ganar contra el imperialismo y las clases explotadoras. Esta situación, donde las clases explotadoras tienen el poder y donde el proletariado y el pueblo no tienen su organización revolucionaria de vanguardia, tiene como resultado que hoy las masas pobres luchen entre ellas tras una u otra facción de la gran burguesía, que estén matando y muriendo por intereses ajenos al pueblo.

LA CRISIS MONOPRODUCTORA DEL CRUDO

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Petróleos de Venezuela S.A., gran monopolio estatal creado en 1976 y servil al imperialismo. En la imagen se evidencia la demagogia en la propaganda chavista y la realidad

Venezuela es un país monoproductor de crudo (materia prima del petróleo). Alrededor del 60% de los crudos venezolanos son pesados y extrapesados, es decir, requieren un mayor procesamiento y, actualmente, su precio está a la baja. El procesamiento de estos crudos venezolanos se lleva a cabo en Estados Unidos, país que, a su vez, compra el 80% de la producción venezolana.

Durante sus gobiernos, Hugo Chávez no sólo mantuvo la monoproducción de crudo, sino que además la defendió como si fuera una política revolucionaria.

Durante el 2001 con la invasión del imperialismo yanqui a Irak, hubo quienes pensaron que en un acto internacionalista Venezuela pararía la venta a Estados Unidos, pero eso no sucedió. El gobierno Bolivariano continuó con la exportación de crudo a su principal comprador, sabiendo que ese petróleo era parte de la logística de la invasión imperialista.

Ese mismo año comenzó en Venezuela una caída de los salarios que se extendió hasta el 2007, alcanzando una baja del 21%, siendo el país de América Latina en donde la caída de los salarios fue más estrepitosa. El gobierno intentó tapar este recorte de derechos con un asistencialismo desenfrenado, expresado en las denominadas Misiones, consistente en medidas parches tendientes a contener la explosividad social. En el caso de la rebaja de salarios el gobierno aplicó la Misión Saber y Trabajo, con lo que legalizó la precarización laboral bajo la ley “socialista bolivariana” y, mediante bonos y promesas, apuntó a frenar la lucha de la clase obrera por la defensa del salario y otras demandas económicas.

Sobre lo anterior es necesario identificar la diferencia entre reformas y reformismo. Es decir, unas son las reformas, las conquistas parciales que el pueblo arranca por medio de la lucha. Otra cosa muy distinta y opuesta a los intereses de las masas populares son las medidas reformistas dictadas por el viejo Estado con las que las clases explotadoras buscan frenar la lucha de las masas para mantener la gobernabilidad, condiciones que el imperialismo yanqui impone a los gobiernos de las semicolonias.

Pero, si el gobierno de Venezuela siguió vendiendo toneladas de petróleo, principlamente al imperialismo yanqui y junto con ello, recortó el gasto fiscal, empobreciendo más al pueblo… ¿Dónde han ido a parar los recortes a los salarios? ¿Dónde fue a parar esa acumulación de capital? Porque es a todas luces evidente que, por más anuncios de inversión estatal en tal o cual área social, el costo en dinero de las Misiones siempre va a estar muy por debajo de lo que el pueblo demanda respecto a sus salarios.

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En marzo del 2016, Orlando Caputo (ex ministro de Salvador Allende) entregó un informe donde detalla cómo, desde el segundo trimestre del 2002, Venezuela pasó de ser un país deudor a un país acreedor de Estados Unidos. Es decir, desde el 2002, la mayor plusvalía acumulada, producto del recorte de salarios a los obreros y demás trabajadores venezolanos, tuvo como destino la banca imperialista yanqui.

Orlando Caputo, citando la información  del Banco Central de Venezuela, señaló que para el 2016 las inversiones de Venezuela en el exterior son 284 mil millones de dólares. El sector público tiene inversiones en el exterior por 111 mil millones y el sector privado, tiene 172 mil millones. Dígase lo que se diga, estas “inversiones” venezolanas están pagando –mediante la emisión de bonos soberanos– el costo de la crisis imperialista yanqui (desencadenada desde el 2008) con los recortes de los salarios a los trabajadores venezolanos.

Pero el imperialismo yanqui quiere ir por más. El gobierno de Trump ve en la actual crisis del Estado venezolano la posibilidad de que la facción compradora de la gran burguesía le permita, sin problemas, tomar posesión del dinero venezolano que está bajo control de la banca yanqui o, en su defecto, acorralar a Maduro y establecer medidas que garanticen más el saqueo del país. ¿De qué manera? ofreciéndole al gobierno de Maduro no intervenir, frenar a la oposición y dar gobernabilidad, a cambio de medidas más oprobiosas, humillantes y garantes del saqueo de las riquezas venezolanas.

Teniendo bajo su poder los depósitos y la refinería del crudo venezolano, el imperialismo yanqui baraja como cierta la posibilidad de desencadenar enfrentamientos armados, en donde ponga en la administración del Estado a la facción de la burguesía que entregue más gobernabilidad y esté más dispuesta a actuar como títeres suyo (la que asegure más garantías para el saqueo del país).

Respecto a la última afirmación de la intención yanqui de intervenir, lo expresó a principios de abril textualmente el almirante Kurt W. Tidd , mandamás del Comando Sur de los Estados Unidos (cuerpo militar para dominar América Latina), debido a que: “Venezuela está pasando por un período significativo de inestabilidad en este año debido a la escasez general de alimentos y medicinas, una incertidumbre política constante y empeoramiento de la situación económica”. Y así lo expresó hace unos días el mismo Donald Trump: “Tenemos muchas opciones respecto a Venezuela, incluida una posible opción militar si es necesaria”. “Tenemos tropas desplegadas por todo el mundo en lugares que están muy lejos. Venezuela no está muy lejos y la gente está sufriendo y está muriendo”.

EL FRACASO DE LAS MISIONES

Las Misiones ha sido la forma en la que el gobierno bolivariano está aplicando el programa del Banco Mundial de “combate a la pobreza”, dentro de los “objetivos milenio de la ONU” (rindiendo su examen de buena conducta al imperialismo yanqui).

El problema es que bajo el capitalismo burocrático, que es el capitalismo que el imperialismo impulsa en las naciones oprimidas, el asistencialismo se va desenvolviendo de forma cada vez más clientelar, o cómo decimos en Chile, por compadrazgo o pitutos. Por ejemplo, tal como el SENAME se ha convertido en una bolsa de trabajo para la Democracia Cristiana, en Venezuela el asistencialismo desenfrenado expresado en las Misiones ha multiplicado la trama de puestos burocráticos, con excesos de cargos y sueldos exorbitantes, donde van a parar los “familiares y los amigos de”.

Así, quienes han logrado acceder a un puesto en los organismos del Estado han sacado la tajada y asegurado sus ingresos como no hubieran hecho jamás. Esta trama de funcionarios, asistentes y asistentes de los asistentes, se han convertido en un cinturón de hierro sobre el cual se alzan los altos funcionarios estatales que estuvieron en la dirección de las Misiones. Estos últimos han tejido una telaraña de contactos con los representantes de los capitales imperialistas, ligados principalmente a la renta del petróleo.

Hoy, el clientelismo y la caída de los precios del crudo, más la inflación, han dejado al descubierto el verdadero carácter del asistencialismo expresado en las Misiones, que, si lo vemos con detención, en realidad no es algo nuevo. De hecho, los obreros que han estado en una huelga saben que la burguesía, en la negociación, busca mantener los salarios bajos disfrazándolos con bonos e incluso, cuando la huelga escala, una forma en que la burguesía intenta bajarla es “ofreciendo” un “buen” bono de término de conflicto. Pero los bonos no son indefinidos, he ahí su naturaleza, se dan de tanto en tanto y nada garantiza volverlos a recibir. Eso es lo que precisamente el viejo Estado venezolano, durante los últimos años de gobiernos bolivarianos ha hecho con la clase obrera y el pueblo: le ha cambiado derechos por bonos, pero los bonos se acabaron antes de lo esperado, porque la plata fue a parar cada vez más a la banca imperialista yanqui.

Lo que, sin embargo, no se ha acabado, es la trama de funcionarios que han segudido profitando del pueblo y chupando la sangre de los trabajadores, con lo que la situación del pueblo venezolano se ha vuelto más precaria. Sin ir más lejos, la propia Cilia Flores (esposa de Nicolás Maduro) ha incorporado a puestos de Estado a cerca de 40 familiares, que desarrollan todo tipo de contrabando. Incluso, dos sobrinos suyos implicados en contrabando de droga son presentados por la oposición como los “narcosobrinos”. Sobre esto el gobierno alega “aprovechamiento político”, etc., etc. Pero lo grave es que no han podido desmentir el hecho, no han podido desmentir que el Estado es utilizado para todo tipo de negocios con fines personales de esta casta bolivariana.

El gobierno de Nicolás Maduro, sobretodo desde el año pasado, ha intentado controlar las explosiones, gobernando por medio de decretos y medidas especiales de corte corporativista. Cuando los decretos no fueron suficientes para detener las explosiones, el gobierno concentró más el poder en el ejecutivo y pasó a militarizar las poblaciones pobres bajo la excusa de planes “antidelincuencia”, tal como ha ocurrido con la Operación Liberación del Pueblo, en la que el gobierno ha intervenido militarmente las zonas más pobres del país, cometiendo todo tipo de represiones y excesos policiales frente a cualquier manifestación de las masas.

NO TODOS LOS QUE PROTESTAN SON FASCISTAS

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La Juventud se lanza en violentas protestas; tras bambalinas, los grupos de poder se baten en un duelo de espadas.

En nuestro país, por largos años, los oportunistas han recurrido al chantaje político para descalificar las protestas de las masas y acusar de fascistas a quienes luchan por los derechos del pueblo en contra gobiernos autodenominados de “izquierda”, tales como los de Evo Morales, Rafael Correra, Lula-Dilma Rousseff, etc. En Chile, durante mucho tiempo, los oportunistas regaron la idea de que luchar contra la Concertación y la Nueva Mayoría equivalía a “hacerle el juego a la derecha”, que el no aceptar callado toda clase de atropellos era sinónimo de hacer crecer al pinochetismo.

Así fue como durante el 2006 quisieron deslegitimar la lucha estudiantil contra el gobierno de Bachelet, diciendo que estaba organizada por los alcaldes UDI y RN. Sin embargo, la evidencia de la justeza de las demandas estudiantiles, la masividad de las protestas y la movilización de masas, principalmente pobres, demostró que el argumento de “hacerle el juego a la derecha” es una pobre patraña que no tiene la menor validéz. Al contrario, tan sólo un año después, al firmar la Ley General de Educación, la directiva de la Concertación aparecía tomada de las manos con su “oposición”, en unidad contra los estudiantes.

Respecto a la actual situación en Venezuela, las dirigencias de las organizaciones oportunistas plantean que se debe apoyar al gobierno de Maduro y que no hacerlo es contrarrevolucionario. Sin embargo, las movilizaciones en contra del gobierno en Venezuela son justas: en contra de la carestía de alimentos y bienes de primera necesidad, contra la inflación, que para fines del 2016 llegó al 830%, donde quienes están en la calle no son los miembros de la “oposición empresarial”, sino que, fundamentalmente, cientos de miles de venezolanos pobres.

Estas masas pobres son las que pagan el costo de la crisis, son las que han sido desplazadas del campo en esta concentración de tierra que apunta exclusivamente a la extracción del crudo. Son estas masas pobres las que deben pagar el precio de la improductividad del latifundio, teniendo que hacerse cargo de la constante alza de precio de los alimentos, que son en su gran mayoría importados, porque el latifundio está destinado exclusivamente a la extracción de petróleo y en este círculo vicioso no hay desarrollo de la producción nacional.

En Venezuela, 93 de cada 100 dólares que sostienen la economía salen de la venta de crudo, pero el dinero recaudado no va al desarrollo nacional, sino que es devuelto a los bolsillos imperialistas yanquis, ya sea comprándoles maquinarias, equipos y hasta petróleo liviano para diluir el petróleo pesado y exportarlo a Estados Unidos. En resumen, los gobiernos bolivarianos, al igual que sus antecesores, han venido administrando el círculo vicioso del saqueo yanqui al pueblo venezolano. El problema es que las medidas parches ya no bastan para calmar la rabia del pueblo. Al contrario, las medidas parches, llamadas Misiones, han creado una nueva casta de explotadores que hacen aún más pesada la vida del pueblo venezolano. Esto explica (y no otra cosa) que en las últimas manifestaciones contra el gobierno se vaya sumando la población más pobre en la lucha por sus justas demandas.

El gobierno de Maduro quiere culpar a las masas que protestan de promover la invasión militar yanqui a Venezuela. Sin embargo, la situación es totalmente contraria. El grueso de las personas que protestan no son la “oligarquía en la oposición”, tampoco son “fachos pobres”, sino que es parte del pueblo que no está dispuesto a seguir viviendo como lo han hecho hasta ahora.

El pueblo de Venezuela es el creador de todo lo que ahí existe. Son las masas y la clase obrera quienes deben tomar el futuro en sus manos, tirando a la basura todo chantaje que no hace más que intentar vanamente frenar la revolución, la guerra popular: único camino verdaderamente antiimperialista con que el pueblo de Venezuela barrerá todo lo viejo y forjará sobre sus ruinas la nueva sociedad.

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