(*) Imagen de referencia

Publicamos esta contribución de un lector, pues creemos que refleja los cuestionamientos de las contradicciones en nuestra sociedad, pues en la medida que se agudizan van interpelándonos y exigiéndonos tomar posición. Saludamos esta iniciativa de denuncia.

“Tuve durante las últimas semanas la oportunidad de observar de cerca el proceso de realización de la prueba SIMCE. Operando -como es usual en Chile- bajo la lógica de las concesiones a privados: el estado le adjudica a la empresa multinacional TATA Consultant Agency la realización del proceso. Es evidente desde un comienzo lo completamente irrelevante que es para la empresa misma todo el asunto: es para ellos una gestión administrativa más (se desempeñan también en bancos e instituciones financieras, administradoras de fondos de pensiones, isapres, minería y otros grandes monopolios). La educación es la última preocupación sobre la mesa aquí tanto para el Estado como para el privado. La pésima organización es la tónica, así como la falta de interés, la inoperancia, y la repartija de cargos e influencias.

En una primera ocasión, durante Octubre de este año, debí acompañar a rendir la prueba SIMCE a jóvenes de 2do Medio en el Liceo 7: llegaba yo con ideas mezcladas de cómo se tomarían la experiencia, pero al dialogar con ellos, tenían evidente claridad de la poca relevancia que la evaluación presentaba para ellos, tanto a nivel individual como a nivel de curso. Aquí es evidente que estos “liceos de excelencia” no intentan hacerle sentido a los estudiantes en relación a los contenidos que se les imparten y a qué es lo verdaderamente significativo y valorable en relación a lo que están aprendiendo.

Los chicos, en conversaciones, dejaron entrever que fueron presionados para no ausentarse por ningún motivo ese día, y rendir al máximo en sus resultados. Individualmente, les producía indiferencia absoluta. Mi único comentario fue instarlos a –en una próxima ocasión- organizarse para no rendir la prueba, y que no quedara así el asunto únicamente como una crítica a nivel personal. En una segunda oportunidad durante Noviembre me correspondió ir a la “Scuola italiana”, ubicada en San Carlos, Las Condes. Ahí tomé el SIMCE esta vez a chicos de cuarto básico. Desde un comienzo –esperando a las 7am en el metro Los Domínicos- noté que las personas encargadas, y la mayor parte de los examinadores SIMCE eran todos de la zona, burgueses acomodados conectados de una u otra forma a través de “amiguismos” con la empresa TATA, por lo que  esta actividad no significaba para ellos más  que una “plata fácil” año a año. Lo último en sus mentes era la educación de los estudiantes. La escuela en cuestión es de dimensiones arquitectónicas ridículas, solamente comparables con un centro comercial de estilo Costanera Center: desde una facha ostentosa y amplia, reja tras reja, áreas verdes intocables del tipo “condominio de sector oriente”, todo parecía calzar al prejuicio imaginable de un establecimiento educacional de barrio alto. Sin ir más lejos –arriesgando a cierta apreciación- los apoderados de terno y corbata con gafas y manos libres llegaban rápidamente y en gestos impersonales dejaban a sus hijos al interior del recinto para retirarse rápidamente, continuando con las conversaciones a través de sus auriculares.

Yo, mientras espero a que los niños lleguen para ingresar a la sala, de casualidad conozco a una trabajadora que llamaremos Isabel: me acerco a ella, en silencio realiza labores de limpieza a un extremo del patio. Hablando con ella me cuenta que es de la comuna de Renca, y trabaja aquí hace algunos años como auxiliar de aseo. Me cuenta que los chicos son extremadamente cómodos en sus conductas, algunos incluso humillantes con los funcionarios del lugar. Me señala que lo mismo con muchos de los trabajadores del personal del colegio: de trato déspota y despectivo, de costumbres patronales y altaneras. Incluso, -lamentablemente- me cuenta que dentro de los mismos funcionarios la tónica no es de solidaridad, sino competencia y arribismo. Me explica, por otro lado, que es normal ver a muchos de estos chicos ser criados por sus “nanas”, y con relaciones emocionales más entabladas con ellas que con sus propios padres. Subraya que a los padres no les importa: pagan lo que en otros establecimientos son mensualidades completas para que sus hijos participen de talleres y estén todo el día en la escuela, pudiendo así ellos ocuparse de sus viajes. Me señala también que es común ver a los niños llorando preguntando por sus padres, por qué no llegan, por qué no los recogen para poder ir a casa como se supone debiese ser. Con Isabel lamentamos juntos que vivan esas realidades, y el peligro de lo que pueden llegar a convertirse estos niños: si bien hoy por hoy son chicos como “cualquier otro” –exceptuando sus comodidades-, el capitalismo y el sistema económico dispone de este tipo de establecimientos para las familias de recursos extremadamente altos, formando aquí a los futuros gerentes del país.

La distancia tremenda entre este espacio en el que los niños desenvuelven la mayor parte de sus vidas, frente a la realidad imperante de la sociedad chilena es abismal: ellos son, sin lugar a dudas, la elite económica de Chile.

Ya realizando la prueba con los niños, se comportan como es esperable que lo hagan los pequeños de su edad. Sin embargo, es normal escucharlos comentar de sus viajes a Alemania, a Qatar, etc. Y es que el estilo de vida de sus padres se traspasa rápidamente hacia ellos. Así como es fácil imaginar que todas sus carencias afectivas son cubiertas con bienes materiales, si por un lado los chicos del SENAME sufre vejaciones terribles, los chicos de este tipo de establecimientos son el otro extremo de un sistema económico que va de la mano de un Estado inoperante que dedica todos sus esfuerzos a segregar al pueblo en clases sociales para perpetuar desigualdades. El deterioro ético tremendo que implica medirse por posesiones, apellidos, estatus, sumado a la ignorancia de las condiciones materiales propias y las que vive el resto de la realidad chilena, hacen de estos establecimientos burbujas peligrosísimas. Probablemente la mayoría de ellos se mantendrán en la burbuja de su clase acomodada. Puede parecer exagerado, pero algunos de sus comentarios y gestos parecen en potencia sumamente peligrosos. Denotan lo mimados y acostumbrados que están a que les concedan sus caprichos, a ser el centro de atención, etc. Sus carencias son suplidas por bienes materiales. La ética que se les inculca es la de la posesión. Es normal tener nana, empleado, y la dignidad no parece ni por lejos ser un asunto relevante en estas interacciones.

Es difícil que la maquinaria de este tipo de establecimientos educacionales no produzca sino sesgo, arribismo, falta de empatía, y un endiosamiento a la comodidad individual. Las tremendas e inexcusables fallas del SENAME, así como los tremendos lujos de establecimientos como este, son las dos caras de las tremendas brechas de desigualdad en que este país sigue incubando a los futuros niños del país.”

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