A continuación compartimos una crónica escrita por Silva respecto a la celebración por los 200 años de Karl Marx, publicada en la edición impresa n° 213 de A Nova Democracia, prensa popular y democrática de Brasil:

“Una sola palabra puede rejuvenecer un país, una sola palabra puede traer desastres a un país. Aquí lo mental cambia lo material. Marx es una palabra que dice que debe haber revolución proletaria y dictadura del proletariado; ¿no es éste un caso de una sola palabra que rejuvenece?”.

Presidente Mao, Discurso en la Conferencia de Hangzhou, 1963.

¡Marx, gran palabra! ¡Internacionalismo, otra gran palabra! Inseparables: quien dice Marx dice internacionalismo; quien dice internacionalismo dice Marx. Los obreros de todo el mundo se reconocen como una sola clase. Los obreros de todo el mundo actuando como una sola clase. Esto significa fuerza, porque divididos somos débiles y unidos somos invencibles.

Marx, en el Mensaje Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, dijo:

“La experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales que deben existir entre los trabajadores de los diferentes países y que deben incitarles a sostenerse unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, es castigado con la derrota común de sus esfuerzos aislados.”

Esta es una verdad que resplandece. Y que, como tal, posee concreción, a saber, es de carne y hueso.

La celebración ocurrió en Bremen, Alemania, el pasado día 30 de junio, con ocasión del bicentenario de Marx, a la que tuve el privilegio de participar. Demuestra lo concreto y vigoroso de la doctrina fundada por él y secundariamente por Engels, continuada por otros gigantes del pensamiento y la práctica. En una cadena de montañas, siempre existe la que primero se alzó, como resultado de cataclismos tremendos en las entrañas del planeta. Siglos de cataclismos sociales, de luchas de clases, de guerras y de rebeliones engendraron a la clase obrera, y del seno de esta clase se levantó la montaña Karl Marx.

Karl Marx no es un viejo de pantuflas y pijama, debilitado, ni un hermoso cuadro en la pared. Es un joven de 200 años, que anuncia con entusiasmo que la esclavitud asalariada -el capitalismo- no durará para siempre. Más que eso: anuncia que oprimir es injusto, vergonzoso; y que rebelarse es justo y honroso. Karl Marx, el fundador del marxismo, nos enseña a pensar, y nos enseña a actuar. Marx es un joven de 200 años que está en la flor de la edad, vivo en cada una de nuestras cabezas y en nuestros corazones. De aquí a 200 mil años quizá será así.

Descubro en la celebración a un compañero de Suecia, que saluda la lucha de los campesinos brasileños. Un compañero finlandés nos narra la enorme tradición comunista en su país. Sus ojos son de un azul profundo, raro entre nosotros, pero chispas incendiarias se insinúan bajo su calma aparente. En los trayectos de una joven militante de Hamburgo reconozco a una compañera de Río de Janeiro. La forma de decir discursos de un compañero de Turquía me transporta a reuniones en lugares remotos de Brasil. Cuando un compañero de Chile presenta sus magníficos rap, jóvenes alemanes y austríacos cantan entusiastamente en castellano. ¡Increíble!

Veo, de lado a lado, a adolescentes y veteranos que han dedicado toda su vida a la revolución. Los delegados, representantes de la lucha en cada país, no son académicos, no nos hacen explicaciones complicadas y frías sobre el pueblo en general, etc., etc. Son obreros, jóvenes de las capas más pobres, inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Varios allí conocen las cadenas, están exentos de este misticismo que nos pregonan los reformistas, de que es posible hacer la revolución tal como se hace un baile. Bien, la revolución es, en cierto sentido, un baile, porque es un acontecimiento feliz en el que los oprimidos se levantan. En este baile, sin embargo, el ritmo es dictado por cañones y bayonetas.

Digo bromeando a los compañeros alemanes que aprendí tres palabras en su lengua, complicadísimas para nosotros: imperialismus, revisionismus, kommunismus. Todos reímos. Pero, de hecho, hemos resumido en estas tres palabras algo esencial: combatiendo el imperialismo y el revisionismo llegaremos al comunismo. ¿O no? El comunismo, después de todo, no es algo que se construye con diplomacias baratas o falsas revoluciones que sólo existen en el papel. La filosofía nace de la adversidad, y así también es con el comunismo. Las dificultades y los embates son la propia materia convulsionándose para saltar a una etapa superior. Desde la concepción hasta el último suspiro, el proceso de la vida no se hace sin sangre. El sertanejo Riobaldo ya lo había comprendido: vivir es muy peligroso. A pesar de eso, ¿alguien deja de levantarse de la cama todos los días? De la misma manera, los peligros no pueden llevarnos a renunciar a luchar, pues esto sería tan absurdo como renunciar a vivir.

Volvemos a Brasil agradecidos por la solidaridad y la hospitalidad recibidas – fuimos tratados por los compañeros de aquí con la misma preocupación con la que los campesinos reciben a sus visitantes – y aún más convencidos de que atravesamos el camino correcto, porque es único, iluminado por la estrella que es nuestra ideología. Volvemos a un país en que la policía asesina diariamente a los hijos del pueblo en las favelas, en que en el campo los terratenientes roban tierras y matan impunemente. Un país devastado por el colonialismo y el imperialismo. Sin embargo, nuestros equipajes vuelven cargados de esperanzas. Llevamos en ellas un secreto desde hace mucho tiempo conocido: el de que nada de eso es eterno. La revolución mundial es como un interminable Stalingrado, en que nuevas y nuevas y nuevas y nuevas y nuevas y nuevas y nuevas generaciones se levantarán entre los escombros para seguir combatiendo. Sí, señores burgueses, tiemblen: la revolución está en pie y avanza para derribarlos. Marx tiene razón.

¡Proletarios de todo el mundo, uníos!

Hamburgo, 3 de julio de 2018.

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