Reflexiones sobre el trabajo temporero: Las expresiones de la semifeudalidad en el campo

Por Comité de Activistas por la Revolución
Los Ángeles, VIII región, Chile

A raíz de unas cuantas entrevistas realizadas a trabajadoras de temporada, que se dedican a la cosecha de arándano en fundos ubicados en las cercanías de la ciudad de Los Ángeles, nos atrevimos a redactar esta nota, poniendo el énfasis en un aspecto fundamental para entender el camino de la revolución en nuestro país: Las relaciones semifeudales del trabajo campesino.

Para empezar, debemos referirnos a una contradicción evidente: son éstas mujeres las que trabajan la tierra y ninguna de ellas es propietaria ni de un centímetro de suelo. Por el contrario, el dueño de los terrenos, en muchos de los casos, nunca se ha visto por el fundo, pues trabaja a través de sus contratistas. Y en otros, se pasea inspeccionando, como dice el dicho, “arriba del caballo”, según lo que manifiestan.

Así comenzamos a entrever relaciones semifeudales, en las que quienes producen la tierra (las temporeras) no tienen derecho alguno sobre ella ni sobre la fruta que producen, siendo remuneradas con un salario mínimo o con una paga a trato, que parece conveniente a simple vista. Mientras que, por otro lado, el dueño de las tierras, que jamás se ha bajado del caballo, se enriquece con el trabajo ajeno.

Cuando preguntamos a las trabajadoras por qué escogían este trabajo, las razones eran varias: La paga sirve para aguantar algunos meses del año, es un trabajo que pueden realizar cuando los hijos salen de vacaciones y las exigencias para ser reclutadas no son muchas. Sobre el trato con los jefes, la mayoría dice estar conforme, porque no hay mal trato, “aunque todos los huertos son diferentes”. Afirman que en cualquier huerto es importante no hacer problemas, no reclamar y obedecer “y así no hay atados con los jefes” y que es necesario tener carácter para “hacerse respetar”.

En las conversaciones primó el conformismo, la aceptación de la situación como normal, como lo más conveniente. Quizás es que poco se han cuestionado por qué el viejo Estado ha permitido la apropiación de grandes cantidades de tierra en pocas manos (latifundio), generando una provechosa situación para la clase terrateniente. Por qué ha permitido que subsista y evolucione la feudalidad, supuestamente caduca en la era del capitalismo, o por qué no asegura el derecho a trabajar a estas mujeres durante el resto del año, obligándolas a aceptar trabajos en los que no hay ninguna seguridad de que las vuelvan a recibir de un año para otro y en los que, a pesar de lo “buena” de la paga, debe ingeniárselas para hacer durar el dinero durante el año.

También preguntamos sobre la organización de los trabajadores y por más que se esforzaron en buscar en sus recuerdos, todas las mujeres a las que entrevistamos, respondieron “Mmh, no. No hay. Y si la hay, no la conozco”.

Así, vemos como a través de este tipo de trabajo el viejo Estado se asegura de mantener latente el problema de la tierra en nuestro país, que se manifiesta en dos cuestiones. Primero, la gran concentración de tierra en pocas manos contra la existencia de un campesinado pobre con poca tierra o sin tierra, atado a la gran propiedad para poder trabajar. Y, segundo, la servidumbre, o dicho de otra forma, la sujeción personal a los jefes, a quien no se les exige ninguna condición laboral, ni se les debe molestar para no tener problemas.

Con estas reflexiones nos preguntamos, ¿cuál es el camino para resolver este problema? Nos reafirmamos en que el camino que debe recorrer el pueblo de nuestro país es la destrucción de la feudalidad. Por lo tanto, barrer el latifundio y el viejo Estado que lo sostiene luchando por conquistar tierra para quien la trabaja, siendo un paso hacia la construcción de una nueva sociedad, sin ricos ni pobres, en la que se exija de cada quien según su capacidad y se entregue a cada quien según su necesidad. 

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