Publicado en la edición impresa n° 80 de Periódico El Pueblo.

Por A Nova Democracia (Brasil), traducción de El Pueblo.

El crecimiento del consumo de drogas, especialmente el uso exacerbado y su dependencia, está invariablemente ligado a la decadencia de una sociedad entera, cuya base es su decadencia económica. El crecimiento del uso es notorio. Según la Oficina de la ONU sobre drogas y delitos, en siete años (entre 2008 y 2015) el número de personas que usan drogas ha crecido 52 millones, pasando a 255 millones de usuarios en todo el mundo.

Decadencia de una sociedad

Para entender la decadencia de la sociedad burguesa es preciso retroceder. En su consolidación hace más de 200 años en Europa, la sociedad burguesa llenó a los hombres, al principio, de una gran razón de existir, una esperanza de un mundo libre, igualitario, democrático y armónico. Se iniciaba un nuevo régimen económico muy superior al feudalismo, que ponía allí fin a la servidumbre y daba libre curso al trabajo “libre”, aparentemente exento de explotación.

Poco tiempo duró la armonía. La economía capitalista opone dos clases que disputan violentamente el resultado del trabajo: burguesía y proletariado. Para expropiar tajadas cada vez mayores del fruto del trabajo, las clases dominantes retiran los derechos democráticos del pueblo, aumentan contra él la violencia y la propia explotación del trabajo, actividad que se vuelve cada vez más extenuante, embrutecedora, arrebatadora de cualquier ánimo.

Los objetivos planteados como “ideales” para la realización individual dentro de esa vieja sociedad, como por ejemplo la vida confortable y tranquila, un empleo estable, casa propia y otras variantes del “consumismo” e individualismo, ya no son alcanzables. Lo mismo ocurre en la sociedad burguesa-latifundista brasileña, pero de forma mucho más acentuada por el hecho de que aquí no haya habido la revolución democrática y, por eso, la economía es aún más débil. (Mismo desarrollo político de la sociedad en Chile, nota de El Pueblo).

De esta forma, los hombres comunes de nuestra época, sometidos a los límites ideológicos impuestos por la sociedad burguesa, como analiza el gran dirigente comunista peruano José Carlos Mariátegui en El hombre y el mito, “carecen de una esperanza, de un mito” y, sin eso,  “la existencia no tiene ningún sentido histórico”, “es infecunda”.

Ante todo esto, parte de las personas cultivan, estimuladas por la vieja cultura propagada por los monopolios de la prensa y de la “industria cultural”, un estilo de vida hedonista, de renuncia a la vida social y a los objetivos, de búsqueda incesante por placeres intensos y sin límites. Intentan dar sentido a la existencia en una vieja sociedad que no les ofrece motivaciones.

Sin perspectiva en el futuro; sometidas a la violencia y al despojo de toda libertad por el Estado reaccionario; que se somete a la explotación del trabajo nunca visto y al desempleo en los momentos de crisis, además del descenso de su condición material de vida o incluso a la miseria: este es el escenario que decora el aumento del consumo de drogas en medio de las masas populares proletarias y no proletarias.

Vamos a los hechos

En Portugal, por ejemplo, se da testimonio de eso. Según el presidente del Servicio de Intervención en los Comportamientos Adictivos y Dependencias (Sicad), João Goulão, la crisis económica y el aumento del desempleo fueron hechos que impulsaron directamente el consumo de drogas en 2015.

Según él, momentos de frustraciones agudas – frustraciones siempre directa o indirectamente ligadas a la vida material inestable, cuando no deplorable- llevan a personas del pueblo a consumir sustancias para buscar alivio y fuga de la realidad. Los más afectados, dice, son los proletarios.

En Brasil, por su parte, el alza del desempleo y el ápice de la crisis económica, en 2016, proporcionaron un crítico aumento de dependientes de drogas. En el segundo trimestre de ese año, cuando la tasa formal de desempleo alcanzó el 11,2% de la fuerza de trabajo (cifras subestimadas), el número de personas que buscaban los Centros de Atención Psicosocial de Alcohol y Drogas (Caps) de la capital de São Paulo aumentó en un 7%, en comparación con el año anterior, una media diaria doblemente superior a 2015.

El estudio “Jóvenes, drogas, riesgo y vulnerabilidad: aproximaciones teóricas”, coordinados por la asistente social María Angela Silveira y la antropóloga Leila Solberger, atestiguan las condiciones sociales e incluso ideológicas en el crecimiento del uso.

“El cuadro presentado revela determinantes históricos, políticos y económicos en la producción y consumo de las drogas que, sumados a las características locales de cada país, nos permiten contextualizar su uso abusivo entre los jóvenes en nuestro país. El escape de los problemas y la falta de perspectivas; la búsqueda de vértigo y de placer intenso; la búsqueda de aventura y de nuevas y fuertes sensaciones -marcas de nuestros tiempos- son experiencias fácilmente encontradas en el uso de las drogas. De jóvenes excluidos, vislumbran la posibilidad de adquirir un pasaporte para la aceptación social, o sea, tener acceso a determinados derechos y bienes de consumo”, fundamentan las investigadoras.

Instrumento de la
esclavitud burguesa

Por tanto, es correcto afirmar que la falta de perspectiva y de claridad ideológica impide al grueso de las masas proletarias e incluso a las no proletarias (pequeña burguesía) que utilizan drogas alcanzar una correcta conducta ante el problema del adormecimiento.

Las masas están, en general y en lo fundamental, presas ideológicamente a la burguesía (por tener negado el acceso a la ciencia y, por lo tanto, restringir su acceso a la propia ideología científica que representa sus intereses y a la perspectiva histórica del comunismo) y, por eso, la droga sirve a las clases dominantes como instrumento social e ideológico de dominación.

Comprender esto es tener una visión científica y proletaria sobre el problema. Mens sana in corpore sano (menta sana en cuerpo sano), esa famosa cita en latín que solía verbalizar el gran Lenin cuando discutía los problemas de la juventud, es la que expresa la posición del proletariado, la legítima posición de la clase en lo que toca el estilo de vida de las masas y de los hombres, elementos conscientes que la componen.

Dice Lenin, en conversación con la gran comunista alemana Clara Zetkin: “El proletariado es una clase en ascenso. No necesita embriagarse, aturdirse, excitarse… Su situación de clase y el ideal comunista son los mejores estímulos que pueden impulsarle a la lucha. Necesita claridad, claridad y siempre claridad. Por tanto, lo repito, nada de debilitarse, de derrochar, de destruir sus fuerzas”.

Destrucción de fuerzas físicas y mentales

Según un estudio realizado por la U. Federal de São Paulo, comandado por la neuropsicóloga Maria Alice Fontes, los usuarios de marihuana, incluso los “leves”, perjudican la llamada “función ejecutiva” cerebral, responsable de la memoria, planificación, iniciativa, atención, inhibición de los impulsos y otras tareas.

El estudio “Uso casual de marihuana por jóvenes adultos causa cambios en el cerebro”, publicado en 2014 en el Journal of Neuroscience de Boston, fundamenta que el uso de esta droga provoca anomalías en las áreas cerebrales relacionadas con la emoción, la motivación y la toma de decisiones.

Según investigadores de la Universidad de Ginebra (Suiza), en un estudio publicado en la revista Science, la cocaína, por ejemplo, además de estimular circuitos excitatorios de la corteza, perjudica aún la producción de neurotransmisores inhibitorios, siendo este el factor fundamental que causa tan rigurosas crisis de abstinencia.

Además, al interferir en la forma en que el cerebro procesa los elementos químicos, la “tolerancia” del organismo hacia ella se ensancha, haciendo que la cantidad a ser utilizada crezca en espiral.

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