Compartimos con todos nuestros lectores este libro que se publicará próximamente en Chile, escrito por colaboradores de nuestro periódico. En el sitio web lo compartiremos en cuatro partes, correspondiente a los cuatro capítulos en que se divide: I) Israel, un país inventado; II) Lucha armada por una Palestina unificada; III) La necesidad de transformar la Resistencia en Guerra Popular de Liberación Nacional y IV) El fantasma de la Tercera Intifada.

Este texto es un imprescindible esfuerzo para contribuir a la comprensión científica y clasista de la prolongada lucha de liberación nacional Palestina, cuya bandera ha sido encumbrada en lo más alto de las protestas populares de todos los rincones del planeta.

*Portada corresponde a Palestina en 1936.

INTRODUCCIÓN

La gran mayoría de las personas en Chile poco conocemos sobre Palestina, su historia, su pueblo y situación política actual. La prensa monopólica no muestra la verdad, sino que desinforma, presenta noticias fragmentarias y prejuiciadas, confunde y tergiversa. Por su parte, el oportunismo sirve a la confusión y desinformación, atacando a los sectores en resistencia, tildándolos de “fanáticos religiosos”, “terroristas sanguinarios”, etc., al mismo tiempo que presenta a los traidores como si fueran los verdaderos héroes. En síntesis, dentro de Chile es muy difícil encontrar literatura científica sobre la situación palestina.

Por si fuera poco, las instituciones más conocidas de la colonia palestina en Chile, como son el Club Palestino y el Club Deportivo Palestino SADP, el Colegio Árabe, etc., están dirigidas por miembros de la burguesía media y de la gran burguesía; otras, como la Unión General de Estudiantes Palestinos, no ha tenido ninguna incidencia real en las movilizaciones estudiantiles, transitando más bien en un circuito de charlas y reuniones en los espacios propios de la pequeña burguesía intelectual. Es decir, las instituciones más reconocidas de palestinos en Chile están compuestas y en mayor parte dirigidas por personas que pertenecen a clases sociales que, en términos generales, han frenado la lucha de liberación nacional e incluso han servido abiertamente al sionismo y a la opresión imperialista.

La condición económica, ideológica y política de las organizaciones palestinas en Chile permite comprender, por ejemplo, que las campañas levantadas por las organizaciones palestinas se desenvuelvan al margen de las masas movilizadas en Chile y que ninguna de ellas reivindique sin reservas la Resistencia. Además, esto también ayuda a entender el que no exista por su parte ningún plan para que sus miembros retornen a Palestina e integrarse a la lucha de liberación nacional[1].

Las dificultades anteriormente expuestas y el hecho de no estar directamente inserto –como muchos- en la situación actual de la lucha de liberación palestina nos ha obligado a un largo escudriñar de noticias, declaraciones, relatos históricos y entrevistas, desde donde hemos buscado extraer los elementos fundamentales que permitan comprender mejor la naturaleza de la lucha que el pueblo palestino libra en la actualidad. El trabajo realizado tiene como finalidad que las acciones de solidaridad y la propaganda desplegada en favor de la resistencia palestina sea más certera, a la vez que esta lectura permita comprender de mejor manera la lucha de liberación nacional del pueblo mapuche, toda vez que saltan a la vista grandes semejanzas entre sendos pueblos, sus luchas, sus enemigos y sus destinos.

CAPÍTULO I: ISRAEL, UN PAÍS INVENTADO

LA PALESTINA HISTÓRICA

El territorio de lo que se conoce como Palestina histórica tiene una extensión de 26.323 km², aproximadamente similar a Albania, Haití o El Salvador. Por el oriente limita con Jordania, por el norte con Siria y el Líbano; por el occidente sus costas son bañadas por el Mar Mediterráneo, además de lindar con el desierto del Sinaí en Egipto; finalmente, por el sur toca las aguas del mar Rojo.

El territorio de la Palestina histórica.

Esta región estuvo habitada en un inicio por tribus dedicadas principalmente a la agricultura, el pastoreo y el comercio. Entre las tribus de mayor presencia se encontraban los filisteos y los canaanitas. Las tribus hebreas llegaron con posterioridad. Sin embargo, su arribo no desató luchas encarnizadas entre ellas y las tribus árabes que ahí se encontraban.

En un inicio, las tierras palestinas eran comunitarias, trabajadas por beduinos y fellahim (campesinos). Las comunidades eran dueñas de las tierras por el sólo hecho de vivir ahí y saber que las habían habitado sus antepasados. Con el desarrollo de las fuerzas productivas, el surgimiento de excedentes en la producción y la acumulación de éstos, comenzaron a manifestarse diferencias entre los jefes tribales y la colectividad, además de diferencias entre jefes tribales. Estas desigualdades comenzaron a profundizarse a inicios del siglo XVI.

Palestina fue conquistada en 1517 por el Imperio Turco-Otomano. Por esos años el feudalismo estaba en franca crisis en Europa Occidental. Sin embargo, fue ese Estado feudal en crisis el que los conquistadores instauraron en Palestina, tal como los españoles lo hicieron en América, lo que aceleró la concentración de la tierra en pocas manos, transformando a una parte de los jefes tribales en efendis (señores feudales) y al grueso de los fellahim en campesinos pobres.

Con el Imperio Turco-Otomano la tierra dejó de pertenecer de hecho a la comunidad. A pesar que de palabra las tierras seguían siendo comunales, legalmente se inscribieron a nombre del jefe tribal, lo que conllevó a su parcelación, surgimiento de cargas y rentas, la masificación de trabajo gratuito como peón, inquilino, entre otras formas.

La consecuencia de largos años de concentración de tierra en manos de los grandes latifundistas fue una fuerte caída en la producción agrícola. Para fines del siglo XIX sólo el 10% del territorio palestino estaba cultivado, lo que demuestra cuán improductivo es el latifundio en relación al minifundio y más aún si se le compara con la producción colectiva organizada.

El Estado feudal turco-otomano, que en ese entonces ya se encontraba bajo las órdenes del imperialismo alemán, se mantuvo hasta que fue derrotado en 1916, en medio de la rapiña de la I Guerra Mundial. De tal forma, los territorios bajo su control fueron repartidos entre Francia y el Imperio Británico. El reparto quedó establecido en el Acuerdo Sykes-Picot, donde los británicos quedaron con el control de Palestina.

La gran burguesía británica desarrolló en sus propios suelos el capitalismo de manera contundente, sin dejar rastro alguno del dominio feudal. Sin embargo, esta misma burguesía británica, al convertirse en burguesía imperialista, mantuvo la feudalidad y el atraso en las colonias y semicolonias bajo su control. Así fue como frenó el desarrollo de las fuerzas productivas en Palestina y, lejos de impulsar en ella una revolución burguesa, el imperialismo británico fortaleció a las fuerzas terratenientes y los sectores más retardatarios de Palestina[2].

Sobre las bases feudales que existían en Palestina y con el ingreso del capital imperialista, el desarrollo económico del país fue constreñido hasta quedar reducido al nivel de un puerto, desde donde salían frenéticamente las mercancías de la monoproducción agrícola[3], dirigidas a satisfacer la demanda para el consumo extranjero. Esta fue la manera como Palestina pasó de ser un país feudal a un país semifeudal, donde grandes burgueses y terratenientes coexistían hermanados al servicio del capital monopolista inglés.

EL SIONISMO Y EL ESTADO SIONISTA DE ISRAEL

Durante todo ese período la población judía se encontraba repartida por Europa, sin constituirse en Estado ni menos aún en nación. Los judíos de distintos países eran tan diversos en todos los aspectos de la vida, que es imposible que pudiera hablarse, siquiera, de una comunidad judía.

El desarrollo del capitalismo y de la constitución de los Estados en naciones despertó en los judíos dispersos el deseo de constituirse en nación, aspiración que fue alimentada por las persecuciones antisemitas en distintos puntos de Europa, especialmente en Francia y Rusia. Para el siglo XIX este anhelo de una nación judía se expresó concretamente en la organización del movimiento nacionalista conocido como sionismo.

El sionismo, como expresión política, se desarrolló bajo la dirección de grandes magnates ligados al capital bancario, que por una parte pactaron con Inglaterra el poder establecerse en Palestina y, por otra, invirtieron capital en la compra de las mejores tierras (las tierras de regadío) a los terratenientes palestinos.

Pronto los campesinos pobres palestinos se vieron en una situación en donde sus tierras de mala calidad, su falta de animales y tecnología no podían competir con los asentamientos judíos, donde, dadas las condiciones materiales, la producción era superlativa. Por su parte, el gran terrateniente palestino vio en el enriquecimiento del sionista y en la pobreza del campesino palestino un beneficio propio: la especulación y la alta inflación habían disparado los precios de las tierras que él vendía a los sionistas.

Los asentamientos pioneros judíos se conformaron, desde 1910, en cooperativas llamadas kibutz. Dichas cooperativas mecanizadas fueron enormemente más productivas que las del campesinado palestino, que pronto se vio desplazado por el gran peso de los impuestos y la ausencia de excedentes que le permitieran vivir de la tierra.

Además, los sionistas instalaron los kibutz en zonas estratégicas: El Valle de Marj Ibn Amir que comunica Haifa con la ribera del río Jordán y que dejó a Palestina dividida. Junto a ello compraron Wadi Hawarith, llanura de la costa y también las regiones ricas en aguas, aptas para la agricultura, tales como el valle de Hulah, la llanura entre Acre y Jaifa, parte del lago Tiberiades y Ghor Beisan.

Kibutz judíos a principios del siglo XX.

En resumen, los latifundistas palestinos actuaron al servicio de la gran burguesía judía que impulsaba el movimiento sionista como garante del control militar del imperialismo británico, con el objetivo de impedir un levantamiento campesino, frenar el creciente movimiento de liberación nacional del pueblo árabe y proteger su ruta comercial hacia la India.

El 2 de noviembre de 1917, el secretario de Relaciones Exteriores del gobierno británico, Arthur James Balfour, envió a la Federación Sionista una carta, mediante Lord Rothschild, que luego se daría a conocer como la Declaración de Balfour. En esta carta, Arthur James Balfour establece su compromiso de constituir un Estado judío-sionista en Palestina.

En enero de 1919, el sionista británico Chaim Weizmann fue aún más lejos y pidió a la Conferencia de París “una Palestina pura, tan judía como Inglaterra es inglesa”, en circunstancias que el total de judíos (sumando a inmigrantes y nativos) no llegaba al 10% de la población total de Palestina.

En 1922, el Consejo de la Liga de las Naciones (antecesor de la Organización de Naciones Unidas) entregó al gobierno británico un “Mandato”[4] con el que le autorizaba la administración transitoria del suelo palestino. En adelante, el imperialismo inglés trabajó más estrechamente con el movimiento sionista, que se encontraba presente en las metrópolis de Inglaterra. Ambos bandos intentaron presentar su colonización como un gran avance de la humanidad, echando mano a la Biblia y a tergiversaciones históricas racistas para referirse a Palestina, de manera cada vez más frecuente, como “la tierra de Israel”.

Los sionistas comenzaron la construcción de poblaciones/fortificaciones que se fueron levantando estratégicamente en los puntos donde las familias palestinas eran despojadas de sus tierras. Estos asentamientos judíos se erigieron y avanzaron de manera muy similar a como el Estado de Chile, dirigido por Inglaterra, llevó a cabo la colonización de territorios mapuche durante la “Pacificación” de la Araucanía.

Así como avanzaba la invasión hacia tierras mapuche, declarándose las tierras arrebatadas como “terrenos fiscales” para dárselas a los colonos europeos, en Palestina las familias fueron expulsadas de sus tierras por parte de Inglaterra, ya devenida en potencia imperialista, poniéndolas en manos del fisco colonial británico para finalmente ser entregadas a los colonos judíos.

No es casual ni coincidencia que en ambos casos exista tanta similitud, ya que siendo Inglaterra quien arrebató a España el control de Chile, es natural que empleara la experiencia y lecciones de sus campañas militares de despojo, para actuar sobre esa base en Palestina.

Entonces, con el surgimiento del sionismo, el pueblo palestino pasó a ser atacado por tres frentes: el imperialismo inglés, el sionismo y los sectores adinerados palestinos (gran burguesía y terratenientes).

LA REBELIÓN DE 1936-1939

La población judía en Europa sufría la persecución, encarcelamiento y asesinato bajo la dirección del nazi-fascismo alemán y de los pogroms desatados en todo el viejo continente. El gobierno de Inglaterra, en lugar de apoyar de forma sincera a los judíos perseguidos en Europa, les negaba el refugio y alentaba, sin embargo, que entraran a Palestina. Así fue como alrededor del 50% de los migrantes judíos del período 1919-1941 ingresaron a Palestina entre los años 1933-1936.

Para 1935, el capital judío controlaba 872 de las 1.212 firmas industriales en Palestina, cuadruplicando las propiedades de la burguesía palestina. Esta irrupción creciente de capitales fue acompañada con el plan de devastación económica a la clase obrera palestina, a la que se le negaba toda posibilidad de trabajo. De esta manera, mientras la cantidad de trabajadores árabes disminuía, la de obreros judíos aumentaba.

Soldados árabes en Nablus, al norte de Cisjordania, en 1938.

En respuesta a esta devastación y saqueo, a fines de 1935, el jeque Izz-al-Din al-Qassam lideró un levantamiento armado nacionalista palestino, que terminó siendo derrocado por las fuerzas británicas. Sin embargo, este importante alzamiento dejó como lección que las masas están prestas a rebelarse por la liberación nacional, pero para avanzar hacia el triunfo de su causa no pueden ser dirigidas por la burguesía ni por los terratenientes patrióticos.

Por más patriótico que sea un terrateniente y por mucho que sienta odio ante la invasión extranjera, busca, en última instancia, volver a como era todo antes de la invasión: a que se le permita seguir existiendo como terrateniente, viviendo de la renta de la tierra, del trabajo y las deudas contraídas por el campesino pobre, por el campesino medio y en menor medida por el campesino rico. Es decir, por más que un terrateniente desarrolle un sentimiento antiimperialista, pertenece a una clase social que no puede ser vanguardia de ningún proceso revolucionario.

Represión británica contra la sublevación de 1936-1939 en Palestina.

Sin ir más lejos, en momentos en que el jeque Izz-al-Din al-Qassam lideraba el levantamiento armado nacionalista, donde miles de proletarios y campesinos pobres se lanzaron a la batalla abierta, las clases de los grandes burgueses y los terratenientes palestinos se seguían beneficiando de la crisis que vivía el resto de sus compatriotas. Para 1936 el 0,2% de las familias propietarias concentraban el 27,5% de las tierras árabes, mientras que 90% de las familias propietarias tenía menos de 10 hectáreas, en circunstancias que se necesitaban 13 hectáreas como mínimo, por familia, para poder subsistir. Si esa era la suerte de las familias propietarias, peor era la de las familias campesinas pobres sin tierra, que intentaron arrancar del hambre a las ciudades, como proletarios o como semiproletarios, donde los sionistas, aplicaban esta especie de lock-out antipalestino, teniendo como resultado un mayor empobrecimiento y hambruna de las masas árabes.

A inicios de 1936, de forma espontánea, grupos armados irregulares de palestinos llevaron a cabo numerosos ataques contra blancos judíos. La represión tras los ataques generó una mayor ola de indignación que devino en una explosión a nivel nacional, expresada en cuatro protestas masivas, motines, ataques y el llamado a una huelga general que se extendió hasta octubre de ese año.

El Pliego de Demandas de la Sublevación de 1936 constaba de los siguientes puntos:

  1. Paralización de la inmigración judía a Palestina.
  2. Prohibición de la venta de tierras palestinas a compradores judíos.
  3. Establecimiento de un gobierno democrático en Palestina que represente la correlación cuantitativa entre árabes y judíos.

Por su parte, las familias adineradas de Palestina, presionadas por los hechos, se pusieron a la cabeza del levantamiento, pero no para fortalecerlo, sino que para no ser desplazados ni perder sus influencias. De tal forma buscaban presentarse como los líderes con quienes debían sentarse a conversar tanto los imperialistas como los sionistas ante un eventual acuerdo o camino consensuado.

Si en la ciudad el alzamiento se manifestó como huelga general, en el campo, que era donde más se hacía sentir la opresión, los sublevados conformaron grupos armados que comenzaron a actuar como guerrillas. Los imperialistas ingleses respondieron aplicando Ley Marcial, golpes represivos desproporcionados, movilizaron a miles de soldados, destruyeron y quemaron todo a su paso, queriendo aislar a los dirigentes de las masas, para posteriormente aniquilarlos. Tan solo en 1936 fueron asesinados más de mil palestinos.

Secundando los golpes represivos vinieron los reyes y emires palestinos, quienes le pidieron al pueblo poner fin a la huelga. No obstante, la revuelta continuó, mandando al tacho de la basura a las “autoridades” locales que estaban negociando amparados en su propio beneficio personal. Así, los sectores rebeldes, principalmente en el campo, detuvieron con las armas en la mano, la tentativa británica de derrotarlos en esta oportunidad. 

Frente al desarrollo de la Resistencia, los sionistas en Palestina crearon a inicios de 1937 su organismo militar regular, conocido con el nombre de Batallones de Campaña. Con la instauración de este destacamento armado profesional, Inglaterra buscaba mantener indefinidamente a “Israel” en territorio palestino y así acantonar en la zona un contingente militar presto a movilizarse rápidamente como fuerza de ocupación. Durante 1938, los sectores sublevados vieron golpeada su retaguardia y logística por el bloqueo británico-sionista a la economía palestina. El pánico que se apoderó de los sectores adinerados locales y de las familias feudales palestinas generó que se desenvolviera abiertamente la pugna entre ellos por definir quien tomaba las riendas de una hipotética negociación. Estos sectores, que le temían más a la rebelión palestina que al sionismo, se apresuraban a cada momento en poner sobre la mesa a la rebelión como moneda de cambio, para llegar pronto a un arreglo que no pusiera en peligro sus privilegios de clase.

EL PLAN DE PARTICIÓN ISRAELITA

En 1942, al ver lo golpeada que se encontraba Inglaterra por la II Guerra Mundial, el movimiento sionista levantó cabeza y mediante David Ben Gurión, presidente del Comité Ejecutivo de la Agencia Judía, empezó a presionar por arrancar más concesiones racistas, entre las que destacan una inmigración ilimitada y la creación de un Estado judío en toda Palestina.

Los sionistas de Estados Unidos elaboraron, el 11 de mayo de ese mismo año, un documento, que luego fue conocido como Programa de Baltimore, que contenía cuatro exigencias:

1.            Fin del Mandato (fin a la administración inglesa).

2.            Reconocimiento de Palestina como Estado judío.

3.            Creación de un Ejército judío.

4.            Reconocimiento de un gobierno judío.

Este Programa fue adoptado como propio por los sionistas en Palestina. Las Naciones Unidas se encontraron con que el fin del Mandato se había creado un vacío legal, que fue ocupado por el Programa de Baltimore, con el que oficialmente Estados Unidos desplaza a Inglaterra del control de la región, que además de ser un puente entre Asia, África y Europa y estar enclavada en una zona rica en petróleo, se convertía en una zona de florecimiento de la insurgencia.

El Programa de Baltimore comprometía el papel de los sionistas como tropa de choque en la región, al servicio del imperialismo estadounidense, manteniendo a raya a los grupos insurgentes árabes y convertirse en una cuña entre los regímenes árabes de la región, para evitar que se acercaran políticamente al campo socialista.

La II guerra mundial fue una gran conflagración, en la que por una parte se desenvolvía la pugna entre las potencias imperialistas por un nuevo reparto del mundo y por otra parte se jugó la defensa de la URSS. Fue por esto que cuando las tropas de Hitler fueron derrotadas por el Ejército Rojo de la URSS (1945), Alemania se hundió y Estados Unidos quedó como la potencia imperialista dominante. Desde esta posición de potencia imperialista hegemónica, el gobierno de Estados Unidos pasó a manejar los hilos del sionismo. Así fue como para reforzar su propia posición el gobierno de Estados Unidos apuntaló políticamente al sionismo, reforzando la idea que Europa entera estaba en deuda con los judíos y que debía curar las heridas permitiéndoles tener su propio Estado. Por otro lado, los sionistas en Estados Unidos, con fuertes vínculos con los medios de prensa y la industria del cine, construyeron una historieta de la II guerra mundial, donde se oculta el papel de los Estados socialistas, las milicias antifascistas y se presenta a Estados Unidos como quien derrotó a las tropas de Hitler. Esta forma de presentar la historia  tenía un doble propósito: aislar la influencia de la URSS y generar opinión pública favorable a la propuesta yanqui de un “Estado judío”.

Plan de partición de Palestina de la ONU.

El 30 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), reunida en Lake Placid (cerca de Nueva York), decretó la partición de Palestina por 33 votos a favor, 13 en contra, 10 abstenciones y un ausente. La decisión de establecer dos Estados: uno palestino y uno israelí, dejando para este último las mejores tierras cultivables.

La partición en lugar de dividir el territorio, poniendo a Palestina en el Norte o en el Sur; en el Este o en el Oeste (lo que ya hubiera sido un crimen), lo que hizo fue establecer al Estado de Israel, por el centro, de Norte a Sur, desmembrando el territorio palestino y aislando a cada una de sus partes respecto a las demás. Hecho esto, el movimiento sionista aceleró su plan de despojo de las tierras palestinas. La población palestina resistió y logró trabar duros combates enfrentamientos, pero las fuerzas árabes carecían de un Estado Mayor. La victoria militar sionista y la imposición yanqui fueron coronadas el 14 de mayo de 1948, con el retiro total de las tropas inglesas de Palestina y el 15 de mayo de 1948, cuando Ben Gurión, viejo militante sionista, declaró oficialmente la creación del Estado de Israel.

AL NAKBA Y LA POLÍTICA NAZI-SIONISTA

Al Nakba («La Catástrofe), despojo forzado del pueblo palestino como consecuencia de la guerra árabe-israelí de 1948.

En 1948 Palestina era un país fundamentalmente agrario, con un débil desarrollo industrial. Donde vivía una población de aproximadamente de 1.912.000 de habitantes, de los que 1.143.000 eran árabes. Su economía estaba en manos del capital monopólico financiero británico y estadounidense (Banco de Barclay, Banco Hipotecario de Palestina, Banco Central de cooperativas, etc.), con los que el movimiento sionista estaba fuertemente vinculado.

El Estado de Israel fue creado sobre esta base material, de una Palestina colonial donde la gran burguesía y los terratenientes actuaban como intermediarios del imperialismo. A esta opresión de clase sobre el pueblo palestino, la creación del Estado de Israel profundizó la opresión racista.

Desde 1848 Israel comenzó una nueva ofensiva por la expulsión completa de los palestinos de sus tierras. Es por esto que la creación del Estado israelita (sionista) es conocida como Al Nakba (La Catástrofe), porque significó el desplazamiento forzoso del 70% de la población, correspondiente a 800.000 palestinos de 531 ciudades y pueblos.

Esta operación de “limpieza” racial, muy al estilo de Hitler, consistió en cercar las aldeas y poblados por tres flancos, dejando un cuarto flanco abierto, que fue utilizado como patíbulo al aire libre, donde desfilaban los desplazados, de los que una parte eran fusilados y otra parte era sometida a cavar tumbas para enterrar a sus compañeros asesinados.

En enero de 1949 el Estado de Israel fue admitido como miembro de la ONU que hasta el día de hoy actúa como institución sujeta a las decisiones políticas de Estados Unidos.

Al Nakba («La Catástrofe), despojo forzado del pueblo palestino como consecuencia de la guerra árabe-israelí de 1948.

Para legitimar el despojo masivo de palestinos árabes, el Estado sionista de Israel dictó en 1950 la “Ley del Ausente”, según la cual, en ausencia del propietario (que había sido desplazado), el Estado pasa a ser el dueño de la propiedad.  Como complemento, ese mismo año el Estado de Israel dictó la “Ley del Retorno”, que establece que los judíos que retornen serán dueños de la propiedad si el dueño anterior se encuentra “ausente”. Al absurdo de declarar “ausente” una tierra despojada se suma el descaro de considerar que su nuevo dueño es un judío que “retorna”, en circunstancias que la gran parte de esos judíos nunca habían vivido en Palestina.

LA URSS FRENTE AL ESTADO DE ISRAEL

Los comunistas palestinos, habían actuado como verdaderos antifascistas cuando Etiopia fue atacada en 1935 y en 1936 cuando se unieron a las Brigadas Internacionales para combatir al fascismo de Franco en España. Los comunistas palestinos veían que los fascistas hitlerianos, al extender su dominio por Asía, África y Europa, actuarían como imperialistas sometiéndolos a condición de colonia. Por lo que, para liberarse del sionismo, no debían apoyar a los regímenes ni tropas fascistas antijudías de Alemania. Sin embargo, en 1939, el Comité Central del Partido Comunista de Palestina reconoció, que algunos dirigentes del movimiento nacional árabe palestino “habían facilitado la introducción de la propaganda fascista no solo en Palestina, sino en toda la región del Cercano Oriente, difundiendo la idea de que los fascistas alemanes ayudarían a los árabes en su lucha por la independencia”. Lo que fue una alerta respecto a las desviaciones hacia la derecha que desde 1935 se vivieron en varios Partidos Comunistas, que alentaron alianzas con la socialdemocracia, con sectores terratenientes e incluso con partidos fascistas que operaban bajo el membrete de “socialistas”.

En circunstancias en que el Movimiento Comunista Internacional no dio respuestas ni respaldó suficientemente al movimiento nacional palestino, parte de este buscó una salida en la ayuda que pudieran prestar las tropas fascistas alemanas. Lo que se profundizó aún más, en 1948, cuando Estados Unidos dirigió la creación del Estado de Israel y la URSS en la ONU, representada por A. Gromyko, respaldó la medida del imperialismo estadounidense.

Sobre la decisión planteada por A. Gromyko es muy poco lo que se ha investigado. Las publicaciones de la Internacional Comunista de 1948, presentaron esta propuesta como democrática, meditada y justa. Cuando en realidad la única propuesta realmente justa es la planteada en la Sublevación de 1936.

Tampoco es suficiente el antecedente de que A. Gromyko fuera ocho años más tarde uno de los principales dirigentes golpistas que restauraron el capitalismo en la URSS, impulsando que Rusia se convierta en una potencia imperialista a costa de los demás países del campo socialista. En 1948 el Partido Comunista (bolchevique), también en el ámbito internacional, combatía las desviaciones capitalistas que estaban encabezadas por Tito en Yugoslavia y contra los saboteadores de la construcción socialista. Por lo que no se puede afirmar que el Partido Comunista (bolchevique) de la URSS estuviera ajeno a los argumentos y principios en el debate político, como para que la posición de Gromyko fuera pasada por alto.

Podría decirse que la URSS  tuvo que tomar posición frente a un problema inédito, que hasta el momento el problema era como una nacionalidad de una colonia o semicolonia luchaba por liberarse de la opresión imperialista; que nunca se había presentado el problema de que una colonia fuera partida en dos Estados. Pero incluso por eso o precisamente por eso, porque, la partición de Palestina fue un hecho inédito, era más necesario haberse apegado a los principios y abrazar la posición antiimperialista más férreamente, defendiendo la integridad del territorio nacional palestino y la consolidación de Palestina como nación donde viven palestinos árabes y palestinos judíos.

El Partido Comunista de Palestina, iba de bandazo en bandazo: por un lado, para granjearse el apoyo de las masas oprimidas judías, en muchas ocasiones, bajaron al guardia respecto al sionismo dentro del movimiento obrero (entregando en bandeja la situación para que se difundiera la propaganda fascista alemana) y por otro lado, buscando levantar la justa causa palestina, actuaba en frente amplio, entregando la dirección del movimiento a la burguesía y los terratenientes nacionalistas palestinos. De haber aplicado la correcta línea de masas, partiendo de los más pobres y asegurándose de que éstos tuvieran en sus manos la dirección, el Partido Comunista de Palestina hubiese obligado a los sectores nacionalistas a ceñirse a una lucha de liberación nacional y hubiera podido arrancar a los obreros clasistas y campesinos pobres judíos de la dirección burguesa de la Central Sindical Histradut. Más aún, de haber aplicado la correcta línea de masas, el Partido Comunista de Palestina se hubiera puesto a la cabeza de la lucha del pueblo por una Palestina libre.



[1] Las banderas palestinas presentes en las manifestaciones y protestas las han levantado los miembros de organizaciones de izquierda, así también fracciones antifascistas de la hinchada de Palestino y otros equipos de fútbol. Aunque estas organizaciones no son propiamente palestinas, son la que más han desenvuelto acciones de solidaridad con el pueblo palestino y con el pueblo mapuche, hecho que no se debe pasar por alto, toda vez que quienes integran esta organización son en gran parte estudiantes y obreros.

[2] El porqué de esta decisión se debe a que para el imperialismo resulta más rentable y más fácil de someter a un país que no cuente con una industria nacional.

[3] Los productos exportados desde Palestina eran principalmente sésamo, naranjas, trigo y aceite de oliva.

[4] El “Mandato” fue un eufemismo para declarar oficial la existencia de Palestina como colonia británica.


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