Olla común en el período de la resistencia popular frente a la Junta Militar fascista.

Avanzando hacia nuevas formas de organizar la solidaridad popular

El problema del hambre toca lo más profundo del pueblo. Es un problema endémico en los países oprimidos como Chile, pero sólo desde el surgimiento del proletariado y las organizaciones obreras se han podido encontrar aquellas formas organizativas que permiten efectivamente sobrellevar el hambre y levantar la lucha contra quienes la provocan. La lucha contra el hambre ha estado presente durante todo el desarrollo del movimiento obrero y popular, y hoy nos corresponde retomar esa tradición clasista y desarrollarla.

Las primeras organizaciones obreras en Chile nacieron y se desarrollaron sobre la base de las mutuales, mancomunales y otros organismos de ayuda mutua. Motivadas por el hambre, las nacientes uniones proletarias levantaron la primera huelga general en 1889, las protestas en Valparaíso en 1903 y la huelga de la carne en 1905. Tanto las condiciones de alimentación como de trabajo levantaron constántemente la lucha en el norte salitrero. Los esfuerzos aislados de la clase obrera se unieron con la creación del Partido Obrero Socialista en 1912 y el impulso clasista que este partido dio a la Federación Obrera de Chile en su segunda conferencia de 1917. Con este fortalecimiento del movimiento proletario, empujado por el trabajo tenaz de Luis Emilio Recabarren, hacia 1918 se creó la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional, que organizó enormes mítines del hambre en Santiago y Valparaíso.

El desarrollo ideológico de las organizaciones del proletariado fue esclareciendo también las causas de este mal y ensayando las formas para resolver el problema de raíz. Recabarren lo exponía así en 1917: “Si Chile es de los chilenos, que sea de verdad; que sea para todos y no para unos pocos privilegiados que se vuelven déspotas y tiranos. No es justo que unas pocas familias gocen en la abundancia mientras cuatro millones sufren hambre y despotismo. A unirse en la Federación de Chile para derribar todo ese mal”.

Hace ya cien años resultaba claro que la organización y la lucha abrían el camino para aliviar el hambre de los millones de oprimidos en nuestra tierra. Hoy debemos volver a insistir en ello.

La solidaridad popular tiene carácter de clase

Las ollas comunes, comprando juntos, los comités de resistencia y otras formas de solidaridad popular que hoy se multiplican para paliar el desempleo y el hambre contienen en su esencia el carácter de clase heredado desde las primeras organizaciones de la clase obrera, carácter que debe ser reconocido y desarrollado. La solidaridad que levanta el pueblo tiene en su base criterios completamente opuestos a lo que motiva la “ayuda” de las clases reaccionarias. La solidaridad popular surge para prestar apoyo frente a una necesidad, con la convicción que nada bueno podemos esperar de quienes sostienen y profundizan este régimen de explotación. La solidaridad popular no tiene nada en común con la cínica caridad y el frío cálculo del «costo y beneficio» que realizan las clases explotadoras, aprovechándose del espíritu solidario de los grupos cristianos de base, el entusiasmo de jóvenes en ong’s deseosos de servir a los demás y que no encuentran otros caminos o los funcionarios públicos honestos que entregan lo mejor de sí en sus trabajos.

No hay que dar grandes ejemplos para mostrar cómo las cajas de “ayuda” del gobierno no se han entregado desinteresadamente. Como todo, les significa negocio. Toman los fondos estatales obtenidos por la enorme carga impositiva sobre el pueblo y los utilizan para comprar los productos a sus propias empresas monopolistas, a sobreprecio. Y de paso hacen cohecho con los recursos públicos, levantando las candidaturas de los desprestigiados alcaldes, diputados, senadores y hasta el mismo gobierno. Ya se ha visto bastante cómo los matinales y la prensa monopólica están prestos a poner sus cámaras para fotografiar a Piñera, su esposa y sus ministros cargando cajas y golpeando a puertas de pobladores hambrientos, esforzándose por limpiar sus manos manchadas de la sangre del pueblo.

Mientras tanto, las masas ven con sus propios ojos cómo en la calle militares y policías no están para ayudar a la población, sino al contrario. El pueblo, harto de tanta desfachatez, les desafía: “haz algo útil”. Militares y carabineros reprimen a la población que se ve forzada a salir a trabajar para comer, pero hacen vista gorda al desatado actuar de las bandas de narcotraficantes que han agudizado sus disputas territoriales y también se han sumado a la entrega de cajas de mercadería, préstamos de dinero y otros ofrecimientos para comprar lealtades. Claro, los narcotraficantes no son fuerzas enemigas del Estado, son más bien fuerzas para-estatales, fuerzas auxiliares que en determinados momentos les son útiles.

Ahora la televisión abierta enseña “ideas” para hacer rendir esta caja. ¿Quién puede venir a enseñarle a los pobres como hacer rendir el dinero? Esto es parte de la ofensiva ideológica que promueve la solución al problema del hambre como cuestión individual o, a lo sumo, de caridad. Si la iglesia o los municipios levantan también sus ollas comunes, lo hacen con ese mismo carácter. “Nos dan” desde una posición de superioridad y con un carácter contrainsurgente, para evitar que el hambre sea foco de rebelión. Vana esperanza. 

Muy por el contrario, las variadas formas de ayuda mutua nacidas desde la tradición de lucha del pueblo muestran algo completamente diferente. Muestran la solidaridad anónima y desinteresada de las masas populares. Son expresiones de la capacidad de las masas para resolver sus propios problemas sobre la base del trabajo solidario y colaborativo. Allí comparten su suerte y aprenden que juntos se alcanzan logros mayores que en forma individual. La unidad y solidaridad que se ha expresado en la protesta callejera se encuentra también en la olla común, como también la convicción de que la organización debe elevarse y desarrollarse para poder enfrentar y derrotar a los enemigos comunes.

Levantar las ollas comunes y los comités de resistencia

Guiados por la consigna “sólo el pueblo ayuda al pueblo”, a fines de abril ya funcionaban algunas decenas de ollas comunes en distintas comunas de la capital, impulsadas principalmente desde las asambleas territoriales que se levantaron desde octubre pasado. Durante el mes de mayo se extendieron por cientos a lo largo de todo el país.

Las ollas se abastecen de productos recabados mediante campañas de apoyo solidario en dinero o alimentos, impulsadas a nivel territorial y a través de redes sociales, y también con el apoyo de pequeños comerciantes y feriantes. En lugares tan distantes como Arica y Collipulli surgen también otras iniciativas, tales como “almacenes solidarios” y redes de “trueque” para adquirir alimentos mediante el intercambio.

En torno a todas estas formas de ayuda mutua se han dado enormes muestras de solidaridad popular. Tras las protestas por el hambre iniciadas el 18 de mayo en la comuna de El Bosque, bastaron unos mensajes en redes sociales para levantar una red de solidaridad que permitió trasladar hasta la capital varias toneladas de pescado extraído por pescadores artesanales de Lebu. Por su parte, las hortaliceras de Temuco, mujeres mapuche que sistemáticamente han sido hostigadas por Carabineros, sin dudarlo donaron sus productos en gran cantidad para una toma de terreno en la capital de La Araucanía. Hay otros cientos de ejemplos de este tipo en que los pobres del campo -campesinos, pescadores y mapuche- apoyan a los pobres de la ciudad.

Las ollas comunes están en la tradición de lucha de nuestro pueblo. Hace poco más de 30 años fueron un importante espacio de resistencia a la Junta Militar Fascista. Las niñas y niños que entonces vieron a sus madres y abuelas en las ollas de 1980 hoy son adultos, y esto hace que se dispongan rápidamente a organizarlas y apoyarlas.

Hoy las ollas comunes se levantan nuevamente como espacios de resistencia. Nacen inicialmente para resolver el problema inmediato del hambre, pero pronto se va reconociendo que, en este momento, resistir al hambre en forma organizada es también una forma de lucha, que es parte de la rebelión popular iniciada el 18 de octubre y que como tal, debe ser potenciada y desarrollada.

La misma conciencia colectiva que desde el 18 de octubre nos hizo volver a reconocernos como pueblo, nos va esclareciendo ahora que la olla no es la solución al problema, es solo la respuesta a la indolencia del Estado hacia el sufrimiento de la inmensa mayoría de la población. Es, sin embargo, un espacio que va mostrando la necesidad de desarrollar nuestras formas de organización y de lucha con perspectiva revolucionaria para resolver ese problema de raíz. Y esas nuevas formas se van mostrando cada vez más necesarias.

En medio del despliegue militar con el cual el Ejército ensaya sus tácticas para el combate contrainsurgente en las ciudades, quienes trabajan apoyando las ollas comunes se han visto obligados a poner en práctica los métodos del trabajo semiclandestino. Se va aprendiendo a burlar las restricciones del estado de excepción y el toque de queda para ir en apoyo de nuestra propia gente. En las protestas que crecen en las calles y las poblaciones, se ensayan también otras variadas formas de resistencia urbana.

A medida que se va ganando experiencia, comienza a mostrarse que las formas de organización que se han creado deberán transitar hacia algo más. Una forma inmediata que es posible desarrollar son los comités de resistencia a nivel territorial, tanto para hacer frente a la represión del Estado, como para cuidar a los propios vecinos y vecinas.

La necesidad de esto ya se ha visto. A mediados de mayo, compañeros de La Granja fueron detenidos al repartir alimentos de la olla común. A fines de ese mes, desde la toma Galvarino de La Florida se denunciaba la detención de un vecino que, teniendo todos los permisos y documentación en regla, fue detenido simplemente por ser “revolucionario” de la toma. Los primeros días de junio, integrantes de la radio comunitaria Radio7 de Puente Alto fueron asaltados por el lumpen mientras repartían comida. Los grupos neonazi han sido golpeados y por eso no asoman sus narices, pero aún existen y habrá que enfrentarlos también.

Esto va mostrando que para cuidarse de la represión policial, para protegerse del lumpen, para defender la organización popular y para preparar la nueva ola de protestas se necesita también organizar la autodefensa, elevando las formas de organización y de lucha popular. Los revolucionarios que hoy se organizan en torno a las ollas comunes, los comités de salud y solidaridad tienen el deber de avanzar también en la organización de la resistencia y la lucha. ¡A organizar los comités de resistencia a nivel territorial! La consigna debe ser ¡resistir y combatir!

La historia de las revoluciones muestra que la organización es la única arma con que contamos los pobres, pero con esa arma se puede conseguir todo, hasta conquistar el Poder derrocando por la violencia a quienes oprimen y explotan. Para esto, sin embargo, se ha mostrado necesario contar con organizaciones superiores a las de la reacción, lo que hoy significa retomar y desarrollar el camino de Recabarren para ir avanzando paso a paso hasta la reconstitución de su Partido.

En este camino, nuestro pueblo irá demostrando que no solo es capaz de aprender el cómo destruir el viejo orden social, sino que también sabrá construir las organizaciones de nuevo tipo que levantarán una nueva sociedad en el camino de la revolución democrática nacional.

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