DE KARL MARX AL MARXISMO – Lucha de clases, lucha de dos líneas y línea de masas (Parte II)

Publicamos a continuación la segunda parte del documento del Núcleo de Estudios del Marxismo-leninismo-maoísmo de Brasil sobre el desarrollo de Karl Marx y del marxismo. Este documento fue publicado originalmente en el Journal A Nova Democracía y la presente traducción ha sido revisada y corregida por Periódico El Pueblo. La primera parte puedes encontrarla en este link.

La Asociación Internacional de los Trabajadores, El Capital, la Comuna de París y Guerra Civil en Francia

Luego de las derrotas de los procesos revolucionarios, de 1848, se abre en la dirección de la Liga de los Comunistas una importante lucha de dos líneas. Si por un lado, el proudhonismo y sus “soluciones no antagónicas” habían sufrido una importante derrota – o un “golpe mortal”, como afirma Lenin –, por otro lado, las posiciones blanquistas seguían influenciando los obreros veteranos, oriundos de la Liga de los Justos.

El golpe de Napoleón III y el restablecimiento del Imperio en Francia, tal como la coronación como emperador de Guillermo IV por la Asamblea Constituyente en Prusia, eran la expresión política de la entrada en un periodo económico de prosperidad y crecimiento del capitalismo. Marx y Engels correctamente analizaron esa situación concluyendo que “una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es tan segura como ésta.” Sin embargo, la táctica pequeño-burguesa del blanquismo, que pregonaba la revolución como un golpe de una minoría esclarecida (como la toma de un edificio público o de un palacio) desestimaba completamente el análisis económico y político hecho por Marx, y defendía que la tarea del día seguía siendo preparar nuevas insurrecciones. Dentro de la Liga de los Comunistas, Karl Schapper encabezó la defensa de las posiciones blanquistas y provocó la división. Por otro lado, como una nueva expresión del proceso de reaccionarización y disminución de la situación revolucionaria, ocurre la prisión de 12 militantes de la Liga de los Comunistas y sus juicios, lo que internacionalmente se conoció como el “Proceso de Colonia”. El gobierno prusiano acusaba estos 12 revolucionarios por “alta traición”; ocho de ellos fueron condenados a prisión y cuatro fueron absueltos.

Después del proceso de Colonia, la Liga de los Comunistas es disuelta y pocos meses después la línea divisionista desapareció. Según Engels, se concluía entonces “el primer periodo del movimiento obrero comunista en Alemania”. Se iniciaba, por su parte, la gesta de nuevas y más elevadas revoluciones; la gesta de un nuevo salto dentro de la ideología proletaria, del salto que transformaría el pensamiento de Marx, guía de la revolución proletaria en Europa, en el marxismo, ideología universal del proletariado.

A partir de 1849, Marx y Engels se instalaron en Inglaterra y, en un esfuerzo concentrado y disciplinado, retomaron sus estudios teóricos, particularmente de la economía política burguesa.

Estando en Londres, teniendo a la mano una vasta bibliografía en la Biblioteca del Museo Londinense, y contando con el imprescindible soporte logístico de Engels, Marx pudo elaborar de manera sistemática la teoría que representa el mayor salto científico e ideológico en toda la historia de la humanidad. Después de diez años de arduo trabajo continuo, nunca solitario – pues la residencia de los Marx siempre fue una especie de sede del Partido Comunista para donde regularmente se dirigían revolucionarios y exiliados políticos de todo el mundo –, finalmente Marx pudo presentar a la clase un primer resultado de sus investigaciones. Se trató de la Contribución a la crítica de la economía política, publicado en 1859. El aspecto más importante de esa obra es la aplicación extremamente precisa del materialismo dialéctico al estudio de la historia y al descubrimiento de las leyes generales que explican el desarrollo de la sociedad de clases, de la contradicción entre su base económica y su superestructura. Se trata, por lo tanto, de una obra de profundo significado filosófico, en el cual se establece en términos científicos y universales la teoría marxista de la lucha de clases.

En el prólogo de esta obra, Marx hace una de las más brillantes sistematizaciones de sus recientes descubrimientos:

“El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas transformaciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en un a palabra las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de transformación por su conciencia, sino que , por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción.” (Prólogo a Contribución a la crítica de la economía política)

Esos resultados teóricos alcanzados por Marx ampliaron, inmensamente, la significación universal de su pensamiento. Su conclusión de que la historia de la sociedad es la historia de la lucha de clases, encontró allí una demostración completa, lo que correspondía a su generalización. La lucha de clases es el motor de la historia, pues está en ella la solución de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Sin embargo, ese resultado, a pesar de gigantesco, era aún el inicio del salto de calidad en la ideología científica del proletariado. No bastaba la explicación general del desarrollo de la historia de la humanidad, era necesario el descubrimiento de la ley que rige el desarrollo y la crisis de la sociedad capitalista, demostrando así porque la lucha de clases bajo el régimen capitalista conduce “necesariamente a la dictadura del proletariado”. Como el propio Marx afirma, en el prefacio a El capital: “El objetivo final de esta obra es descubrir la ley económica del movimiento de la sociedad moderna”. El descubrimiento de esa ley que completa sus descubrimientos en la filosofía – el materialismo dialéctico y el materialismo histórico – y en cuanto al pensamiento socialista – con el socialismo científico, el comunismo – consiste en la transformación del pensamiento Marx en marxismo.

La economía política de Marx

Lenin, en su magnífica síntesis del marxismo – el pequeño artículo Karl Marx*, afirma que lo esencial en la ideología proletaria es su doctrina económica. En ese texto, Lenin nos muestra que la ley económica descubierta por Marx, que explica el surgimiento, el desarrollo y el fin de la sociedad capitalista es la ley del valor y su necesaria consecuencia: la plusvalía.

En El capital, Marx inicia la explicación del funcionamiento de esta ley a partir de la mercancía, que es el elemento dominante de la sociedad capitalista. La mercancía es en primer lugar, una cosa que satisface una necesidad cualquiera del hombre, y en segundo lugar, una cosa que puede ser intercambiada por otra. La utilidad hace de la mercancía un valor de uso, y el valor de cambio (o simplemente el valor) es la relación proporcional que se establece en el cambio de un valor de uso por otro. Lo que permite que una mercancía pueda ser intercambiada por otra es el hecho de que ambas sean productos del trabajo, sin embargo, lo que hay de común en esas mercancías no es el trabajo concreto de una determinada rama de producción, sino el trabajo abstracto, el trabajo en general. Cada mercancía considerada aisladamente representa una parte del tiempo de trabajo socialmente necesario; el valor de una mercancía, por lo tanto, es el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Ese valor, sin embargo, no puede ser medido de otra manera que no sea en la equiparación con otra mercancía, por eso el valor de cambio es la forma del valor. A lo largo del surgimiento de la sociedad capitalista, la forma del valor fue evolucionando de su forma fortuita (cuando una mercancía es intercambiada por otra ocasionalmente) hacia la forma general del valor (cuando, a partir de la intensificación del proceso de cambio, se establece una determinada mercancía como el equivalente general de ese proceso), hasta llegar a la forma dinero del valor. Marx demuestra, entonces, que el dinero como forma suprema del desarrollo del cambio y de la producción de mercancías, encubre y disimula el carácter social de los trabajos particulares.

En cierto grado de desarrollo de la producción de mercancías, el dinero se transforma en capital. La fórmula de la circulación de mercancías (M – D – M), es decir, la producción de mercancías para la compraventa de otras, es sustituida por la fórmula general del capital (D – M – D’), es decir, la compraventa para la venta con lucro. Ese incremento del valor primitivo puesto en circulación es lo que Marx llama plusvalía. Es precisamente ese incremento de valor que transforma el dinero en capital. Sin embargo, ese incremento de valor no podría surgir de la circulación de mercancías, porque el cambio sólo es posible entre valores equivalentes. Para obtener plusvalía “nuestro poseedor de dinero tendría que ser tan afortunado como para descubrir dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor”, apunta Marx, en El capital. Y esta mercancía existe: es la fuerza de trabajo humana, cuyo valor, como cualquier otra mercancía es determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción (es decir, por el coste de mantenimiento del obrero y de su familia). El poseedor del dinero compra, por ejemplo, la fuerza de trabajo por 8 horas, pero en 4 horas (tiempo de trabajo necesario) el obrero crea un producto que cubre los gastos de su mantenimiento, y durante las otras 4 horas (tiempo de trabajo suplementario) el obrero crea un sobre producto no retribuido por el capitalista, que constituye la plusvalía. Desde el punto de vista del proceso de producción, el capital debe ser distinguido en dos partes: el capital constante, invertido en los medios de producción (instalaciones, máquinas, instrumentos, materia prima etc.); y el capital variable, que es el invertido en pagar la fuerza de trabajo. La tasa de plusvalía, sin embargo, debe ser calculada por la relación entre el capital variable y la plusvalía producida, que en el ejemplo de arriba sería del 100%.

El aumento de la plusvalía es posible gracias a dos procesos fundamentales: la prolongación de la jornada de trabajo (plusvalía absoluta) y la reducción del tiempo de trabajo necesario (plusvalía relativa). En su análisis de la producción de la plusvalía relativa, Marx estudia las tres etapas históricas fundamentales del proceso de intensificación de la productividad del trabajo por el capitalismo: 1) cooperación simple; 2) división del trabajo y manufactura; 3) las máquinas y la gran industria. Marx analiza también el proceso de acumulación del capital, es decir, de la transformación de una parte de la plusvalía en capital y de su empleo no para satisfacer las necesidades personales del capitalista, sino para volver a producir. Marx demostró el error de toda la economía política clásica burguesa, que consideraba que todo el nuevo valor generado en el proceso productivo se convertía en capital y pasaba a formar parte del capital variable. En realidad, la plusvalía obtenida se descompone en medios de producción y capital variable. El crecimiento más rápido del capital constante en relación al capital variable (resultado de la necesidad del incremento continuo de la mecanización para el aumento de la productividad) tiene una importancia primordial para la explicación de las crisis cíclicas del capitalismo, y de la preparación de las condiciones de su sustitución por el comunismo.

La ley del valor, y su especificación en la sociedad capitalista, es decir la plusvalía, es la base para toda la explicación de los diferentes fenómenos del capitalismo, desde la renta de la tierra hasta la tendencia decreciente de la tasa de ganancias. El descubrimiento de esta ley, además de representar el primer análisis completo, verdaderamente científico, del modo de producción capitalista – análisis que sólo podía ser hecho por el proletariado revolucionario –, desde el punto de vista ideológico representa, con El capital, un pleno desarrollo de la filosofía marxista, el materialismo dialéctico, aplicado al estudio no sólo del surgimiento, desarrollo y las crisis del capitalismo, sino sobre todo de su superación. La gran demostración científica que el marxismo alcanza en ese punto culminante es que la revolución proletaria no es una posibilidad abstracta, sino que una necesidad histórica. De lo alto de la colina de la revolución, contemplando mil siglos, Karl Marx proclama a los obreros y pueblos oprimidos del mundo:

“El monopolio del capital se convierte en grillete del modo de producción que se había desarrollado con él y gracias a él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista, que termina por estallar. Suena la última hora de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.” (El Capital, Tomo I, cap. XXIV)

La Primera Internacional y la lucha de dos líneas

La demostración científica de que en las entrañas de la vieja sociedad capitalista se gesta inevitablemente la sociedad comunista, y de que “la violencia es la partera de la historia”, sólo podría ser alcanzada en medio del desarrollo de la lucha de clases y de la lucha de dos líneas en el movimiento obrero y comunista. Solamente el podrido revisionismo y el academicismo burgués pueden presentar esta obra como un trabajo de gabinete o sólo de la mente brillante de un individuo. El capital fue publicado en 1867, tres años después de la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), fundación que corresponde a la constitución del Partido Comunista Mundial del proletariado, en un periodo de expansión de las ideas del comunismo, que sobrepasaban por primera vez los límites de Europa. La AIT representó un importante desarrollo en la concepción de partido del proletariado. A diferencia de la Liga de los Comunistas, ya hay aquí una importante delimitación de la organización internacional de los obreros y de sus organizaciones nacionales, en el primer capítulo de sus estatutos se puede leer:

“La Asociación es establecida para crear un centro de comunicación y de cooperación entre las sociedades obreras de los diferentes países y que aspiren a un mismo fin, a saber: la defensa, el progreso y la completa emancipación de la clase obrera”.

En ese sentido, la propia conformación de la AIT era producto del desarrollo de la lucha de la clase obrera durante el periodo después de las revoluciones de 1848, que fue el periodo caracterizado por Marx, como el de gestación de nuevas revoluciones. Y, de hecho, la fundación de la AIT fue la el reflejo necesario de la maduración de las condiciones objetivas para un nuevo auge revolucionario en Europa. La guerra austro-prusiana, de 1866, y franco-prusiana de 1870, serían importantes preludios de grandiosos acontecimientos en el movimiento obrero europeo.

La AIT es fundada en Londres durante un mitin de obreros, en septiembre de 1864. En esa gran asamblea es electa una dirección de la Internacional y una comisión se encarga de redactar los estatutos y un Mensaje inaugural, cuyas versiones aprobadas por la dirección de la AIT fueron escritas por el propio Marx. En sus congresos anuales, la AIT se fue fortaleciendo y expandiéndo como organización. Para que una Sociedad Obrera ingresara en la AIT era necesario el análisis y aprobación de sus estatutos por el Consejo General de la AIT. Se avanzaba así, de manera progresiva a la concepción del centralismo democrático.

Durante sus años de existencia (1864 a 1872), la principal lucha de dos líneas en la AIT se dio contra las posiciones pequeño-burguesas de Bakunin. Bakunin era un militante anarquista ruso, que aunque no tuviera una base de masas ni de organización concreta, con su eclecticismo teórico, servía de portavoz de las posiciones oportunistas de derecha y de “izquierda” dentro de la Internacional. De manera general, la posición de Bakunin era una mezcla del socialismo de Proudhon, de la táctica de Blanqui y de posiciones reformistas burguesas. Antes de ingresar en la AIT, Bakunin fue dirigente de la organización pacifista suiza Liga de la Paz y de la Libertad. Tras ser derrotada su posición de fusión de esta Liga con la Internacional – ante del rechazo unánime de la AIT – Bakunin solicita ingreso a la Internacional, que se aceptaría en 1868. Desde su incorporación, Bakunin inicia un trabajo fraccionalista, atacando al Consejo General de la AIT, particularmente la dirección de Marx, acusándolo de autoritarismo. Bakunin siempre tuvo una postura ambigua y desleal en la lucha interna, que duró cuatro años. Sus posiciones eran las siguientes: la abstención ante el movimiento político; negar el papel dirigente del proletariado, defender la principalía de la pequeña-burguesía y del lumpen-proletariado; defendía la “igualdad económica y social entre las clases” y proponía la sustitución de la consigna de apropiación de los medios de producción por el “fin del derecho a la herencia”. Con esa plataforma reformista e “izquierdista” típica de la pequeña-burguesía, Bakunin pasó a servir como punto de unidad tanto de los reformistas ingleses como Hales, como de nacional-socialistas como Mazzini de Italia, todos unificados en torno a la consigna de autonomía para cada sección nacional, en una patente resistencia al desarrollo del centralismo democrático proletario.

La posición de Bakunin fue rigurosamente derrotada en el Congreso de La Haya en 1872, que aprobó el fortalecimiento del Consejo General y a la vez la expulsión de Bakunin de la AIT. Esa fue una importante victoria política del marxismo, que contó una vez más con la dirección personal de Marx.

El Marxismo triunfa en el movimiento obrero

La lucha de dos líneas contra Bakunin, era en realidad la expresión de la lucha ideológica final del marxismo contra todas las variantes del socialismo utópico pequeño-burgués, que aún eran predominantes en Europa. Desde el punto de vista ideológico, El capital de Marx era la afirmación definitiva de que el marxismo era el único socialismo verdaderamente científico. Desde el punto de vista práctico, la Comuna de París representó la derrota decisiva del anarquismo y del socialismo utópico, o como sistematiza Lenin, en Marxismo y revisionismo: “El marxismo triunfa incondicionalmente sobre todas las otras ideologías del movimiento obrero.”

La Comuna de París fue el mayor hecho del proletariado internacional del siglo XIX. Como correctamente apunta el Presidente Gonzalo, es el marco indeleble del inicio de la Revolución Proletaria Mundial, de su primera gran ola. Después de la derrota de la insurrección de junio de 1848, el proletariado francés una vez más confrontaba con armas en las manos a la burguesía republicana, pero esta vez la clase obrera salió vencedora. Sin embargo, no constituyó una toma de poder planificada, o dirigida por una sociedad obrera, vinculada a la AIT. En 1870, Napoleón III inicia su guerra contra el Imperio de Prusia, sin embargo la campaña francesa fue un fracaso y el propio Napoleón fue tomado como prisionero por el Ejército prusiano. Posteriormente, la burguesía francesa toma el poder e instaura nuevamente la República. El Imperio prusiano impone un durísimo cerco a París, que se rinde ante las tropas prusianas en enero de 1871. La mayor parte del ejército francés era prisionera del imperio prusiano, pero a pesar de ello, el gobierno burgués instalado en Versalles, el día 18 de marzo envía tropas leales para desarmar a la Guardia Nacional que había resistido al cerco prusiano en París., Las tropas gubernamentales son derrotadas y la Guardia Nacional toma el poder en la capital francesa. El día 28 de marzo fue proclamada la Comuna de París – no flameaba más la bandera tricolor de la Francia burguesa, sino la bandera roja del proletariado.

Los miembros de la Comuna estaban divididos en dos grupos: la mayoría– que había sido también la mayoría en el Comité Central de la Guardia Nacional – conformado por blanquistas, y la minoría por miembros de la AIT. Entre los miembros de la AIT, la mayoría estaba compuesta por proudhonistas y sólo una pequeña parte por comunistas. Desde el punto de vista político, los aciertos y errores se deben a las posiciones blanquistas; desde el punto de vista económico, la responsabilidad por las principales medidas es de las posiciones proudhonistas. Como resalta Engels, en los dos casos la práctica contrarió las concepciones doctrinarias de esas dos escuelas. El blanquismo, que defendía una república con una dictadura absolutista, convocó a toda Francia a constituir una federación de Comunas libres. Los proudhonistas, defensores de la autogestión artesanal de cada unidad de producción por un pequeño comité obrero, aprobaron la creación de una organización para la gran industria e inclusive para la manufactura, que no se basaba sólo en la asociación de obreros dentro de cada fábrica, sino que debía también unificar todas las asociaciones en una gran Unión. La Comuna sobrevivió por dos meses al cerco de la burguesía francesa que ahora, con el apoyo del recién creado Imperio Alemán, bombardeó y derrotó la París proletaria.

La Comuna de París comprobó históricamente el balance marxista de las revoluciones de 1848. Al proletariado no le basta con derrumbar a la burguesía del poder, es necesario erigir un nuevo poder estatal sobre las cenizas del Estado de la burguesía destronada del poder. La revolución proletaria debe conducir a la dictadura del proletariado. Esta, que fue la principal lección de 1848, se mostró como la principal falta que condujo a la derrota de la Comuna. Sus mayores lecciones fueron justamente aquellas que, en la práctica, se aproximaron al balance marxista de 1848. Sin embargo, evidentemente, está el hecho heroico e histórico del proletariado francés que daba extraordinarias enseñanzas al proletariado internacional. Una vez más fue Karl Marx quien, manejando brillantemente la línea de masas, supo extraer de esos hechos históricos grandes enseñanzas que enriquecieron aún más la ideología científica del proletariado. Así nos dice Marx, en su obra La Guerra Civil en Francia, que fue aprobado como balance de la AIT, sobre la experiencia histórica de la Comuna:

“He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo”.

El secreto de la Comuna descubierto por Marx es que ella resolvió, desde el punto de vista histórico, la forma por la cual se realizaría la dictadura del proletariado. Quedaba más claro para Marx que esa dictadura significaba la constitución de un gobierno proletario, como forma política de ejercicio de su dictadura, que garantizaba la apropiación de los medios de producción. La Comuna de París representó tanto el apogeo de la AIT como su límite histórico. La experiencia memorable de la clase obrera francesa demostraba que para el triunfo de la revolución socialista se hacía necesaria la constitución de Partidos Comunistas marxistas en cada país, que lucharan de forma legal y clandestina por la conquista del poder para el proletariado y el establecimiento de su dictadura. Por ello, constituyó una victoria en la lucha de dos líneas del marxismo contra el bakuninismo la última decisión del Congreso de La Haya, en 1872, que fue el traslado del Consejo General de la AIT hasta Nueva York, pues era mejor concluir sus actividades en Europa que ser “asesinada por una unidad sin principios”. Por otro lado, la guerra franco-prusiana había desplazado el centro de gravedad del movimiento obrero desde Francia hacia Alemania y, por ello, tendrá gran importancia el proceso de constitución del Partido marxista en este país. Después de la Comuna, como indicó Lenin, se inició un periodo “relativamente pacífico” que se extendería hasta 1905, con la Revolución Rusa. El principal legado para el proletariado internacional del periodo que va de 1848 a 1871 es justamente el establecimiento cabal y completo, teórico y práctico, de la ideología científica del proletariado, todopoderosa porque verdadera: el marxismo.

Continúa…

* Los próximos tres párrafos son todos una paráfrasis de partes del referido texto de Lenin.

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