Grabado publicado en 1921 por el periódico El Trabajo para conmemorar el incendio de la FOM. Imagen del blog fabulogia.blogspot.com

Hoy 27 de julio se cumplen 100 años de la masacre de la Federación Obrera de Magallanes. Este hecho es uno de los muchos en los cuales Carabineros y el Ejército han empuñado sus armas vilmente contra nuestro pueblo, en defensa de los intereses de grandes burgueses y terratenientes. Para conmemorar este hecho, compartimos un fragmento de una crónica del historiador Gonzalo Peralta con el nombre de ‘Acero de Invierno’ -como la obra de Pablo de Rokha-. Esta crónica fue publicada originalmente en el periódico The Clinic, como parte de la serie Historia Nacional de la Infamia, en 2009.

Acero de Invierno, por Gonzalo Peralta

Hacia la década del 1920, los territorios de Magallanes eran como una gran hacienda particular. Los enormes terrenos de las estancias ovejeras eran apenas jalonados por exiguas poblaciones, entre estas, Punta Arenas y Puerto Natales. Tanto así, que Natales cabía en la categoría de “fundo” para las estadísticas de la administración pública, y, en verdad, no era más que un caserío obrero dentro de las gigantescas extensiones de tierras controladas por tres grandes propietarios: La casa Braun & Blanchard, La Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego y la casa Stubemauch y Cia. Las tres sociedades nombradas controlaban la tierra, el empleo, el transporte y los alimentos, cobrando precios inverosímiles que engrosaban sus ávidas billeteras. Este monopolio estalló en Natales el 22 de enero de 1919, cuando amontonados, frente a la compañía para solicitar rebajas en los alimentos y arriendos, el administrador, un tal Mister Kidd, respondió con amenazas y represalias. La dureza y el descaro del gringo ya se hizo insoportable; los trabajadores lo insultaron enardecidos, la muchedumbre se agitó imparable, Kidd se aterró, extrajo un revólver y disparó a la masa; ahí mismo cayó muerto un empleado de apellido Viveros. Esa fue la chispa que incendió a la Patagonia.

Indignados por el asesinato cometido por el gringo, los huelguistas marcharon hacia Natales para recorrer las calles en señal de protesta, arrastrando en el movimiento a más de diez mil obreros airados y descontentos. Fue entonces cuando desde el cuartel de la policía se les atacó a balazos. Los obreros los rodearon y tras varias horas de dura lucha lograron la rendición de los agentes.

Los administradores, sobrecogidos de pavor, abandonaron la ciudad, cerrando la pulpería y dejando a los obreros desamparados en aquel páramo. Amenazados por el hambre, los trabajadores saquearon las bodegas de la compañía Braun, entregando a las multitudes de mujeres y niños las ansiadas mercaderías. Ebria por esta victoria, la muchedumbre incendio las bodegas, la sub delegación y el cuartel de policía, así como otras casas comerciales. Así, al final de la jornada los obreros controlaban el poblado, y montados en los camiones de la compañía, patrullaban las calles mientras la Cruz Roja recogía a los muertos y heridos. En ese momento se declaró la Comuna Obrera de Puerto Natales.

Entre tanto, el gobernador de Punta Arenas, don Alfonso Bulnes, escuchaba atónito las noticias que hablaban del incendio de medio Puerto Natales y de que los huelguistas marchaban como columna revolucionaria. Pero en Natales nadie pretendía sublevarse, la resistencia a la policía y a los carabineros era la respuesta a sus ataques y provocaciones. Es más, la Federación Obrera mandó una comisión especial a Punta Arenas, para ofrecer la entrega de la población a las autoridades civiles, con tal que no les enviasen tropas militares. El gobernador, picado por lo que consideraban un atropello inadmisible, no accedió a esta petición tan razonable y ordenó enviar tropas que los sometiesen a sangre y fuego. No se trataba de recobrar la tranquilidad, se trataba de castigar a estos insolentes de manera ejemplar.

Y para cumplir el sangriento objetivo, las autoridades chilenas no tuvieron empacho en recurrir al ejército argentino, permitiendo que tropas extranjeras penetraran en territorio nacional en persecución de los huelguistas, para aplastar la rebelión entre ambos ejércitos. Esta resolución no debe extrañar a nadie, pues al fin, la Compañía de Braun tenía propiedades a ambos lados de la frontera y ambos ejércitos estaban para protegerla. Así, se envió al jefe de la policía argentina Ritchie con cuarenta hombres hacia la frontera, la movilización de estas tropas, como entonces se acostumbraba, se hizo en los camiones de la misma compañía Braun y Blanchard.

Varios días duró la tensión en Puerto Natales, hasta que llegó el ejército chileno tras cruzar dos veces al lado argentino sin que nadie les estorbase. Este ensayo patagónico de integración vendría a ser un atisbo de lo que luego conoceríamos por “Operación Cóndor” pues bien se ve que en cuanto a represión, los ejércitos latinoamericanos olvidan todas sus desconfianzas.

Las tropas chilenas entraron a Puerto Natales sin resistencia alguna, y tras apoderarse de la población, persiguieron con lujo de crueldad a todos los dirigentes, a todos los heridos, a todos los que fueron denunciados como subversivos y promotores del desorden. La autoridad política, por su cuenta, se dedicó a cazar sin piedad a los llamados agitadores: saquearon sus casas y expulsaron a sus familias, y muchos fueron puestos en el cepo a temperaturas de 20 grados bajo cero, sin abrigos ni alimentos por días.

Esta represión brutal despertó un violento sentimiento de protesta entre la población obrera de Punta Arenas, agrupada en la Federación Obrera de Magallanes, poderoso sindicato de resistencia. Así, esta asociación se convirtió en el siguiente blanco de las iras patronales. El lunes 26 de julio de 1920, en pleno temporal de lluvia y viento, los trabajadores se reunieron en su sede de Punta Arenas. Pasadas las dos de la madrugada, los disparos frente al local obrero cortaron la noche y la historia de la FOM para siempre.

Al amparo de la tormenta, fuerzas del ejército y de la policía rodearon el edificio y sin permitir salir a nadie, le prendieron fuego: hombres, mujeres y niño huyeron despavoridos de las llamas, pero al tratar de salir fueron rechazados a tiros por la tropa. Al rato llegaron los bomberos, quienes apenas alcanzaron a armar su material, cuando la autoridad los rechazó a punta de pistola, prohibiéndoles apagar el incendio.

Entre tanto, los obreros, encerrados en el local ardiendo, ante aquella saña sin nombre, tomaron resolución trágica: se fueron hasta el piso alto y desde allí empezaron a disparar sobre la tropa, que respondió con un fuego nutrido. El tiroteo de los soldados continuó hasta que el edificio, devorado por las llamas, se desplomó con estrépito. Todos los que quedaban dentro, treinta o más, perecieron, pocos heridos de bala, los más abrasados por la violencia infame.

Contra los supervivientes de la matanza se inició un persecución horrenda. Sus casas fueron allanadas y sus mujeres detenidas. Un obrero perseguido para salvarse de la policía vivió ocho días entabicado, esto es, metido entre los forros exteriores de un tabique de madera de ochenta centímetros de ancho y treinta de espesor.

Así llegó un momento en que exacerbados por la sorda protesta contra su furor, impotentes para acallar la indignación de la población, las autoridades, quisieron ocultar sus crímenes y alumbraron para Chile un horror que legaron como vergonzosa herencia; el fondeo. Desde entonces, humildes mártires fueron poblando el fondo del Estrecho de Magallanes con sus figuras macabras y ondulantes.

Es que aquella misma noche del incendio de la Federación Obrera, la casa del vicepresidente de la FOM, don Ulises Gallardo fue allanada por Carabineros. Tras destruir sus enseres, el dirigente fue llevado a la comisaría donde presenció la paliza que le dieron a tres niños de unos 10 años de edad, para que lo identificaran como el autor de un supuesto sabotaje.

Como los niños no respaldaron la acusación, fueron pateados en el suelo y luego echados del cuartel a la calle. Al día siguiente, tras nuevas torturas, un camión del ejército lo llevó hasta la playa, donde fue amarrado con alambres, amordazado y subido al bote que lo condujo a su espantoso destino.

Sin embargo, los verdugos nunca esperaron que en un milagroso reflujo, la cabeza del condenado aflorara entre las olas, para descubrir que entre cada reventón, tenía un atisbo para casi respirar. Anclado por la piedra que debía sumergirlo, sacudido por las mareas y las olas desatadas, rebanándose, las carnes con los alambres que lo sujetaban, oscilando entre una muerte atroz y una angustiosa esperanza, el obrero Ulises Gallardo logró zafarse y llegar a la orilla, convirtiéndose en el único sobreviviente de los fondeos, emergiendo con esta terrorífica visión de las profundidades para contarnos la historia de la represión de aquel invierno sin entrañas.

Dirigentes de la Federación Obrera de Magallanes en 1919

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