Consignas en la Plaza de la Dignidad durante la jornada del 9 de octubre.

por Comité de Redacción Periódico El Pueblo

El plebiscito por una nueva constitución ha abierto nuevamente un problema muchas veces antes tratado en la historia de los movimientos revolucionarios a nivel internacional ¿reforma o revolución?

Cuando los de arriba ya no pueden seguir gobernando como lo han hecho hasta ahora, y los de abajo ya no quieren seguir siendo gobernados como lo han sido hasta ahora -en palabras del gran Lenin-, nos encontramos frente a una situación revolucionaria en desarrollo. Esto es precisamente lo que enfrenta Chile y muchos otros países del mundo. El mundo transita por una nueva ola de revolución y las luchas de nuestro país son parte de ésta, en la medida que los sectores más avanzados de las clases revolucionarias van comprendiendo las bases profundas de la opresión y explotación del pueblo y van planteándose el problema práctico de la revolución.

Cuando ya se reconoce que los sucesivos gobiernos no han estado con el pueblo, sino contra el pueblo, al servicio de las grandes familias y los capitales imperialistas; cuando las fuerzas armadas, Carabineros, la PDI y gendarmería -en todos sus rangos- están sistemáticamente envueltos en corrupción y crímenes contra el pueblo; cuando los tribunales de justicia entregan una y otra vez nuevos ejemplos de ser serviles a los intereses de los ricos; cuando ya se sabe que todos y cada uno de los partidos electoreros -en último término- no desean una profunda transformación de este sistema de opresión y explotación, sino sólo desean estar a la cabeza del mismo.

Cuando queda cada vez más claro que todo este viejo y podrido Estado y cada una de sus instituciones están construidos sobre los intereses de clase de los grandes capitalistas locales, terratenientes y capitales imperialistas y a contrapelo de los intereses de todo el pueblo.

Cuando el enorme levantamiento popular iniciado el 18 de Octubre demuestra una vez más que todo se conquista con lucha. Y todos los instrumentos de este viejo Estado se han unido para defender su “Estado de Derecho”, ejerciendo la violencia sistemática contra el pueblo por todos los medios, golpeando, mutilando, persiguiendo, encarcelando y asesinando.

Cuando todo esto ya está meridianamente claro ¿Cómo pueden mantenerse esperanzas en que este viejo Estado pueda aceptar la voluntad del pueblo? ¡Simplemente marcando una línea en un papel!

Este problema ha sido tratado con gran profundidad por todos los grandes revolucionarios, desde Marx hasta el Presidente Gonzalo en el Perú, y sus invaluables lecciones guían nuestra posición respecto al verdadero papel que cumple el plebiscito constituyente: solo otro instrumento contrarrevolucionario que realmente no sirve a los intereses de la clase y el pueblo, sino a la necesidad de desviar la lucha por caminos infructuosos y así mantener el Poder en las manos de los mismos de siempre.

Revolución y contrarrevolución

Marx dejó una verdad bien establecida: “’A los oprimidos se les autoriza para decidir una vez cada varios años ¡qué miembros de la clase opresora han de representarlos y aplastarlos en el parlamento!”. Y esto es más válido aun tratándose de elecciones para sancionar cartas constitucionales, pues como Lenin termina por esclarecer en El Estado y La Revolución: “El Estado actual es, ante todo, una organización de la clase dominante, y si ejerce diversas funciones de interés general en beneficio del desarrollo social es únicamente en la medida en que dicho desarrollo coincide en general con los intereses de la clase dominante”.

En el momento presente, cuando todas las instituciones del viejo Estado sin excepción (gobierno, parlamento, tribunales, ejército, policías) y también sus medios de difusión ideológica como la prensa monopólica y las iglesias se encuentran completamente desacreditados, deslegitimados frente a la gran mayoría del pueblo, son las clases reaccionarias las que requieren recuperar esta “legitimación” por medio de esta “nueva constitución”.

Y es que revolución y contrarrevolución no son ya categorías abstractas, sino que van tomando forma concreta. El campo revolucionario se va gestando en medio de las masas que combaten y resisten en las calles, en las asambleas populares, en las ollas comunes, cuando se discute el límite que tienen las actuales formas de lucha y formas de organización de las que se ha dotado el pueblo, el límite de las formas propias de la democracia liberal (burguesa) sancionadas por la “legalidad” de ésta o cualquier “nueva” constitución; cuando se discute cuál será la forma en que el pueblo podrá verdaderamente arrancar y defender conquistas, por medio de la lucha. En esta discusión, desde el lado de la revolución, ya se ha abierto también el problema del papel histórico de la violencia revolucionaria como el único camino para realizar transformaciones en la sociedad, la única forma efectiva para conquistar las numerosas demandas en pensiones, salud, educación, trabajo -y, por supuesto, la necesidad de defenderlas- y se ha concebido así la necesidad de una lucha prolongada “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Como contraparte, las clases gobernantes deben buscar todo tipo de mecanismos para mantenerse en el Poder y sobrellevar la crisis general en la que están inmersas, desenvolviendo sus tres tareas reaccionarias: reimpulsar su economía, reestructurar su viejo y podrido Estado y conjurar la revolución desde su cuna. Así es como se ha impuesto para ellos la necesidad de combatir al pueblo alzado con todos los medios represivos que tiene a su alcance (policías y tribunales, militares, paramilitares y grupos fascistas), al mismo tiempo que la necesidad de entregar algunas concesiones para aplacar la ira popular. ¿Y cuál concesión era la menos “dolorosa”? Aquella que no afecte las relaciones sociales de producción, las bases económicas y políticas de su dominación de clase: una nueva constitución levantada en el marco de su propia legalidad.

Así, la oferta de nueva constitución no es sino un instrumento de su guerra contrarrevolucionaria, su guerra contra el pueblo, guerra constrasubversiva que aún se desarrolla en forma de “guerra de baja intensidad”, que junto con golpear cada atisbo de rebelión popular, prefiere gobiernos e instituciones que salgan de elecciones para darles “autoridad” y “legitimidad” frente al pueblo.

Con todo esto cada vez más claro, entre nuestro pueblo hay un amplio sector que, aun intuyendo la trampa de la nueva constitución, mantiene ciertas esperanzas en ésta. No podemos culparlas por ello. Por mucho tiempo los reaccionarios, oportunistas y revisionistas se han esforzado por convencer a nuestro pueblo de que la lucha revolucionaria “no es posible”, que “no hay condiciones”, que las elecciones son la “única forma” de “participación democrática” posible, que sólo nos queda aceptar una “democracia en la medida de lo posible”. Estas ideas han conseguido penetrar en amplios sectores de masas que plantean que hoy esta elección constituyente podría ser “un avance”. Habrá también otros muchas y muchos que, con gran desconfianza, de todas decidirán hacerse parte del proceso constituyente diciendo “es lo que hay”. Y es que ¿hay otro camino?

El camino de Recabarren

La inmensa mayoría del pueblo ha demostrado el deseo de construir una nueva sociedad que haga valer sus derechos. Pero ¿Podrá ésta surgir pacíficamente reformando leyes o cambiando la constitución? ¿Aceptarán pacíficamente las clases gobernantes perder sus privilegios en beneficio del pueblo? ¿Restituirán las tierras usurpadas al pueblo mapuche o arrebatadas a campesinos pobres? ¿Dejarán los capitales imperialistas de expropiar la economía nacional sólo porque lo exijamos? ¿Permitirán ellos que se impida hacer negocios con nuestros derechos elementales a educación, salud o pensiones? Nunca ha ocurrido esto en la historia. Por el contrario, toda la historia de la lucha de clases nos muestra que sólo quien tiene el Poder político –y el monopolio de la fuerza- construye la sociedad a su imagen y semejanza; primero de hecho, y luego en el derecho. Que cuando más ha avanzado el pueblo en arrancar conquistas es cuando más firmemente ha luchado. Y que cuando por fin ha conseguido voltear la pirámide y ponerse a la cabeza de la construcción de una nueva sociedad ha sido mediante luchas revolucionarias exitosas. Las constituciones y leyes, finalmente, sólo sancionan aquello que ya antes ha sido impuesto por la fuerza. Así, la historia nos muestra que nueva constitución que haga valer efectivamente los derechos del pueblo en su conjunto sólo será posible con la conquista del Poder para la clase obrera y el pueblo, por la vía de la revolución. Antes de eso nada estará garantizado y cualquier conquista parcial arrancada mediante la lucha popular deberá ser defendida permanentemente también mediante la lucha. Esto es lo que nos coloca en la perspectiva de la lucha prolongada.

Quienes queremos servir al camino revolucionario, debemos saber demarcar esa línea divisoria entre reforma y revolución, señalar la imposibilidad histórica y teórica de “humanizar” o “democratizar” la sociedad actual por medio de reformas. Quienes aún conscientes de esto rechacen el camino de la revolución y se dispongan sólo por a camino de reformas, sincérese y dígalo. Quienes estamos por el camino revolucionario, debemos trabajar aún más firmemente por unirnos a las masas en lucha y servir a la construcción de los instrumentos necesarios para llevar la revolución hasta el fin, por retomar y desarrollar el camino abierto por Luis Emilio Recabarren, a la luz de las experiencias de la revolución proletaria mundial y las guerras populares. El hecho es que el avance de la lucha de clases obligará a tomar uno u otro camino muy pronto.

Para sintetizar el marxismo, el presidente Mao Tsetung dijo que éste se compone de miles de verdades, pero que todas se resumen en una sola: “la rebelión se justifica”. Esta consigna ya está internalizada en las luchas del pueblo chileno y del pueblo mapuche, porque la propia realidad ha mostrado que hay más de mil razones para levantarse y luchar. Nosotros, desde nuestro lugar en la prensa popular, atentos a las luchas populares del país y del mundo, tomamos esta posición bien definida e invitamos a todas las organizaciones populares a profundizar la discusión sobre este proceso constituyente, la perspectiva de las luchas actuales y la necesidad de una revolución democrática nacional para Chile.

Invitamos a todas y todos a ver con perspectiva la realidad de la lucha de clases en el país y en el mundo, y, a quienes anhelan la revolución, a desechar las ilusiones constitucionales y prepararse para una lucha prolongada, en medio de la cual se deberán construir los instrumentos necesarios para llevar la revolución hasta el fin.

Vemos que esta es la experiencia y la perspectiva de la revolución mundial, y que sólo en este curso el pueblo podrá imponer una nueva constitución que ordene la nueva sociedad en beneficio de las grandes mayorías del pueblo, conquistando con lucha una nueva democracia en curso ininterrumpido al socialismo y al comunismo.

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