Consignas en los alrededores de Plaza Dignidad, 26 de octubre.

Editorial Periódico El Pueblo Nro. 92, noviembre 2020

En 1917, Luis Emilio Recabarren publicó en Argentina un folleto titulado “Proyección de la acción sindical”. Por ese entonces Recabarren buscaba el camino por el cual el proletariado y el pueblo de Chile debía transitar para hacer la revolución, derrocar el Poder burgués-terrateniente y establecer una nueva sociedad al servicio de las grandes mayorías del pueblo.

Recabarren, forjado en medio de la lucha de clases, observaba ya el desenvolvimiento de las nuevas fuerzas populares que se organizaban bajo su justa y correcta línea proletaria y supo observar, en ese entonces, las limitaciones de las viejas formas parlamentarias que buscaban transformar la sociedad mediante leyes y reformas. Así decía Recabarren en 1917:

«La TÁCTICA VIEJA del proletariado organizado consiste en general en pretender que la misma clase capitalista sea quien modifique la organización social en beneficio del proletariado. Para ese fin hasta hoy, el proletariado le exige leyes desde el Parlamento; que le mejoren su condición política, social y económica; le exige mejoras en el terreno industrial y comercial, etc. Naturalmente, como la clase capitalista gobernante está diametralmente en desacuerdo con nosotros, no cede a nuestros pedidos y si algo se consigue que ceda, resulta siempre muy poco. Yo creo y sostengo que esa «TÁCTICA VIEJA» que hasta hoy desarrolla el proletariado debe merecer un sereno y un sensato estudio para declarar que ya no responde a nuestros nuevos conceptos, y entonces CREAR LA NUEVA TÁCTICA que nos asegure mejor la abolición del régimen capitalista.»

Fue la propia experiencia de la revolución mundial, que abrió una nueva era ese mismo año de 1917 en Rusia, lo que terminó por darle la claridad para el camino de la revolución en nuestro país. Así declaró Recabarren al conocer el triunfo de la alianza obrero-campesina en Rusia: «El sueño, la utopía de esos locos llamados socialistas pasa a ser hoy no sólo una realidad, sino que la fuente de todo progreso y felicidad humana, esto era lo más temido por la clase capitalista de Rusia y de todas las partes.»

La Revolución Rusa dirigida por el gran Lenin empujó una ola de revolución mundial en el mundo, pero la caducidad de la actividad parlamentaria aún no estaba del todo esclarecida ni siquiera para el mismo Lenin, pues faltaba la experiencia histórica. Los partidos comunistas continuaron por varias décadas con la idea de “combinar” la actividad revolucionaria por el derrocamiento del Poder reaccionario con la actividad parlamentaria que serviría como “plataforma de propaganda revolucionaria”. Pero la experiencia mostró que en todas partes esta actividad “combinada” terminó por imponer en los hechos al cretinismo parlamentario como la única vía, posponiendo la revolución para un momento incierto que nunca llegaría. Así ocurrió con el propio partido fundado por Recabarren, que hacia 1930 cambió su línea revolucionaria por una línea reformista-revisionista hasta la actualidad. Y ocurrió también con el propio Partido Bolchevique tras la muerte de Stalin, que justificó el término de la construcción socialista y el retorno al camino capitalista en el XX Congreso de 1956, aunque sin reconocerlo abiertamente, claro está.

Pero la revolución mundial nunca se detuvo, y el triunfo de la Revolución China dirigida por el presidente Mao Tsetung mostró en forma definitiva que el derrocamiento del Poder de los grandes burgueses, terratenientes e imperialistas -Poder defendido por todo un sistema represivo sostenido por el ejército reaccionario como su columna vertebral- no podía ser derrocado por una “vía pacífica” sino únicamente por una lucha decidida y prolongada contra éste: «Todos los comunistas tienen que comprender esta verdad -expuso con claridad el presidente Mao- El Poder nace del fusil

La ‘nueva táctica’ que buscó incansablemente Recabarren había sido abierta previamente por Marx y Engels y luego desarrollada por Lenin y Stalin. Pero este camino solo terminó por esclarecer y desarrollarse con el presidente Mao Tsetung como la estrategia de la guerra popular prolongada.

En nuestros días, esta ‘nueva táctica’ no es realmente ‘nueva’. La guerra popular prolongada es la estrategia con la cual se alcanzó la revolución en China; fue lo que utilizó Vietnam para vencer a los Estados Unidos; fue la estrategia que sistematizó y contribuyó con nuevos aportes el Presidente Gonzalo en la guerra popular en el Perú; y es la estrategia con la cual en este mismo momento los naxalitas en la India avanzan en la revolución, conformándose como “la mayor amenaza a la seguridad interior del país”, según declaró el Primer Ministro de la India ya varios años atrás.

En nuestro país, el movimiento revolucionario que se desenvuelve en medio de la lucha de masas forma también parte de este movimiento revolucionario internacional. Y en base a esta experiencia nos corresponde discutir y esclarecer la necesidad de adoptar esta “nueva táctica”, tal como nos exigía Luis Emilio Recabarren en 1917.

Nuestro pueblo no necesita “reformar”, necesita revolucionar el país desde sus cimientos

La “vieja táctica” de pretender que sean las mismas clases reaccionarias las que modifiquen la organización social en beneficio del pueblo ha mostrado su caducidad en la historia durante todo el siglo XX. Por el contrario, la guerra popular prolongada ha mostrado conducir a revoluciones exitosas, y es la única estrategia que actualmente se encuentra en desenvolvimiento en las revoluciones de India, Perú, Turquía y Filipinas.

Es necesario decirlo claramente: es iluso pretender que los Luksics, Mattes y Angelinis renuncien a la plusvalía obtenida a costa de bajos salarios y superexplotación o que los capitales imperialistas o los latifundistas “permitan” la creación de leyes que toquen sus intereses. Es iluso concebir que ellos “voluntariamente” se retiren de la vida social y económica para permitir un desarrollo nacional autosostenido, que restituya las tierras a las comunidades mapuche y a los campesinos pobres, que retiren sus megaproyectos expoliadores y liberen la tierra, las aguas y los mares para el desarrollo de actividades compatibles con el cuidado del medio ambiente. Es iluso pretender que estas relaciones sociales de producción se modifiquen mediante leyes, porque son la base misma de su existencia como clases, y nunca, en ninguna parte una clase se ha retirado voluntariamente de la historia. Por el contrario, es precisamente para buscar perpetuarse como clases dominantes que ellos han construido este Estado, con toda su maquinaria burocrática-militar que encarcela, mutila y asesina a quien se atreva a desafiar su dominación. A lo sumo se permite “participar” de esto, a condición de que nada fundamental pueda ser cambiado.

El “Acuerdo por la Paz Social y Nueva Constitución” del 15 de noviembre de 2019 es el claro ejemplo de lo anterior. Cuando la protesta violenta puso en cuestionamiento las bases de la institucionalidad, todas las fuerzas que se sirven de esta institucionalidad se unieron para salvarla. La misma Catalina Pérez, presidenta de RD, principal partido del Frente Amplio, reconoció en diciembre pasado que «El acuerdo constituyente comienza a surgir en un contexto de profundo temor de la institucionalidad a las siguientes 48 horas que empezaban a vivirse en Chile». Posteriormente el senador Alejandro Guillier fue más explícito aún, diciendo que el acuerdo fue para «salvar a la clase política», que este acuerdo «salva al Presidente, que estaba a punto de caer, y salva al Congreso, que sentía que podía verse arrastrado».

La amplia aprobación alcanzada al proceso constituyente el 25 de octubre no es -como dijo Piñera- una muestra de “hermosos valores republicanos” de nuestro pueblo. Es más bien una muestra del enorme anhelo por transformar esta vieja sociedad y construir una sociedad nueva en beneficio de las amplias mayorías del pueblo. Pero este anhelo del pueblo se da junto a una profunda desconfianza de lo que se pueda conseguir. Especialmente cuando ya queda claro que el acuerdo de camarillas amarraba dos mecanismos inamovibles para que ningún cambio profundo pueda ser introducido: el mecanismo de elección de los convencionales, que garantiza la representación exclusiva de las mismas coaliciones políticas que actualmente se reparten el gobierno y el parlamento, y la capacidad de veto que una minoría de 1/3 de los constituyentes tiene para frenar iniciativas que no se ajusten a sus intereses.

La convención constituyente está cumpliendo un papel en este momento del ascenso de la lucha de masas, pero no es en beneficio del pueblo. Esta nueva constitución será el resultado de la negociación entre los mismos de siempre, un acuerdo político de largo plazo entre las facciones de grandes burgueses y terratenientes para gerenciar el mismo podrido Estado en las décadas venideras.

Pero este supuesto “nuevo” orden que buscan alcanzar no perdurará por mucho tiempo, porque el pueblo chileno y el pueblo mapuche ya marchan por el camino de encontrarse con la “táctica nueva” de la lucha revolucionaria.

Y es que en verdad la única “oportunidad histórica” que este proceso constituyente abre para el pueblo es el terminar de reconocer que éste no es el camino que nos conduce a la emancipación, sino que constituye la misma “táctica vieja” que denunció Recabarren hace más de 100 años.

Hay que decirlo con claridad: el camino del pueblo es diametralmente distinto al camino del conjunto de las clases reaccionarias y elementos oportunistas, quienes no desean destruir, sino mantener el mismo régimen de opresión y explotación, pues sus intereses son diametralmente opuestos a los intereses del pueblo y ya sabemos que si llegan a ceder en algo, siempre es muy poco.

Mientras la vieja táctica de oportunistas y revisionistas buscará negociar sobre centenares de torturas y mutilaciones y sobre las decenas de compañeras y compañeros caídos, las y los revolucionarios en el seno de las masas debemos levantar la discusión sobre la necesidad de sobrepasar sistemáticamente las formas “legales” y “pacíficas”, rompiendo en los hechos su acuerdo “por la paz y la nueva constitución”. “No soltar las calles” es una lección correcta de las luchas, pero la calle no debe servir como plataforma para su negociación, debe servir para elevar la protesta popular a una etapa superior, que conduzca hacia adoptar la “táctica nueva”.

Se hace necesario poner a la orden del día la necesidad de la “táctica nueva” para avanzar en el camino de la revolución democrática nacional, aplicando las experiencias históricas más avanzadas de la revolución mundial, que son las guerras populares.

Las luchas actuales para conquistar con lucha algunas demandas parciales para el pueblo son necesarias para ganar experiencia, pero son sólo el comienzo de la lucha prolongada. Como dijera el mismo Recabarren en 1917: “La fuerza aplicada para obtener la mejora del salario, la disminución del horario, el mejoramiento del trato y de la higiene, deben conceptuarse tan sólo como medio y ensayo que nos revele el valor de esta fuerza, destinada a la noble labor de organizar la sociedad en la forma que nos libre de la esclavitud y de la miseria. La mejora del salario y demás anexos por que hasta la fecha se ha luchado, sólo podemos considerarla como lo más insignificante de nuestras conquistas y como actos preparatorios para nuestra labor del porvenir.”

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