Sectores de masas resisten el golpe de Estado en Bolivia. Imagen: Getty Images.

Crisis del capitalismo burocrático en América Latina:

Internacional, edición n° 87 (diciembre, 2019) de Periódico El Pueblo

Durante el mes de noviembre otros dos hechos muy importantes han sacudido el continente. En Colombia, la ira de las masas desató una revuelta contra el “paquetazo” de medidas antipopulares anunciado por el gerenciamiento de Iván Duque, fiel siervo del imperialismo yanqui a la cabeza de una de las facciones de la gran burguesía, la compradora. Por su parte, el vecino país de Bolivia ha visto el golpe de Estado a Evo Morales, quien encabezaba la otra facción de la gran burguesía, la burocrática. Parecieran ser dos problemas políticos distintos, pero en realidad son dos caras de la misma moneda.

Tomaremos como ejemplo estos dos países para dar cuenta de cómo se expresan en nuestra América Latina las principales contradicciones a nivel mundial en el sistema imperialista: la principal contradicción, la que se da entre naciones oprimidas y estados imperialistas y la contradicción interimperialista, reflejada en la disputa de las potencias por un nuevo reparto del mundo.

Sin tomar en cuenta estos elementos no se puede comprender correctamente la realidad política, que se debate aceleradamente entre el camino democrático del pueblo y el camino burocrático de la reacción.

Cuando decimos que las dos facciones de la gran burguesía son dos caras de la misma moneda, nos referimos a que dicha moneda es el capitalismo burocrático, tipo de capitalismo permitido a los países semicoloniales y coloniales, empantanado en una profunda crisis, tal como ha quedado rotundamente demostrado con la gran oleada de protestas en América Latina.

El Consenso de Washington

A fines de los años 80, el imperialismo estadounidense, levantándose como superpotencia hegemónica única tras la bancarrota del social–imperialismo soviético, estableció el Consenso de Washington, una serie de políticas económicas impuestas a las semicolonias latinoamericanas (“países en vías de desarrollo” como le llaman ellos). El objetivo era profundizar la condición semicolonial de estas naciones, consideradas por los yanquis como su ‘patio trasero’, traspasando empresas de capital monopolista estatal al sector monopólico no estatal, desregulando la economía y eliminando las conquistas que durante el siglo XX había logrado la clase obrera y el pueblo con sus heroicas luchas. Esto es lo que llaman “neoliberalismo”, que de nuevo y de liberalismo no tiene absolutamente nada, ya que simplemente es un paquete de políticas económicas imperialistas que apuntan a la concentración y centralización del capital de los países oprimidos bajo el control de los organismos financieros internacionales, tales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo, todos bajo control de Estados Unidos.

Cada vez que se ha empujado la aplicación de este paquete de medidas, se han desenvuelto fuertes protestas y movimientos populares contra los Estados burocrático-terratenientes, sus gobiernos reaccionarios, partidos e instituciones, con el fin de defender o reconquistar los derechos logrados el siglo pasado. La protesta se ha agudizado desde mediados de la primera década del siglo XXI, puesto que en 2007-2008 la crisis económica imperialista se desató mundialmente y todos sus desastrosos efectos han intentado ser descargados en los hombros de las masas populares. Es importante esta cuestión, pues la crisis no ha terminado, hecho reconocido inclusive por los más serios economistas burgueses y demuestra que el imperialismo se está sosteniendo en base a más recortes de derechos y la militarización de la sociedad para contraponerse a las demandas de los pueblos.

Este es el marco general de la política económica estadounidense, aplicada a cada semicolonia con particularidades que deben tomarse en cuenta y ser estudiadas en profundidad para una correcta comprensión de la situación revolucionaria en desarrollo.

Bucaramanga en Santander, Colombia. Imagen: El Comunero.

La revuelta en Colombia

El 21 de noviembre, cientos de miles de colombianos se arrojaron a las calles ante el llamado de paro nacional, iniciándose una nueva revuelta en el continente.

Ya desde el 23 de septiembre, estudiantes universitarios populares de Medellín y Bogotá habían salido a protestar enérgicamente contra la corrupción, el incumplimiento de los acuerdos de movilizaciones anteriores y contra la represión del Estado a través de la policía y sus escuadrones móviles antidisturbios. Como vemos, una vez más los estudiantes del pueblo actúan como caja de resonancia y primer movimiento sísmico antes del maremoto popular.

Acto seguido, el reaccionario Duque operó calcadamente a su compinche Piñera, pues ambos son de los más fieles lamebotas que aplican a rajatabla el plan yanqui. Primero fue la intensa campaña de criminalización, acusando a las justas protestas de actos encabezados por el “anarquismo internacional”, el “Foro de Sao Paulo” e “intervención de agentes venezolanos y cubanos”. Inclusive, más tarde llegaron a cerrar las fronteras con Venezuela, Brasil, Ecuador y Perú. Días antes se “detectaron” supuestos explosivos que serían utilizados en las marchas, se hicieron allanamientos ilegales y detención selectiva de activistas. “Vandalismo” y “violencia” son las únicas palabras balbuceadas incesantemente por estos verdaderos títeres imperialistas que aparentan ser presidentes, pero que en verdad repiten como loros lo que les dictan sus amos.

Aquel histórico día de noviembre se tomaron las avenidas trabajadores, estudiantes, campesinos, intelectuales y los más diversos movimientos sociales y populares. El transporte quedó completamente paralizado, las protestas se tomaron el paisaje y la represión policial fue enfrentada combativamente, siendo avasallada por la furia de las masas.

La heroica jornada concluyó con un intenso cacerolazo en apoyo al paro nacional, rechazo absoluto a la represión policial e irguiéndose como consigna la necesidad y posibilidad de proseguir la jornada de lucha transformándose en revuelta.

Durante el 22 de noviembre la protesta ya se había extendido a los barrios populares, quienes lucharon hasta altas horas de la madrugada contra la represión y el toque de queda como sólo ellos saben hacerlo. Sí compañeros, el guión es absolutamente el mismo, pues el gobierno reaccionario inundó todos sus medios de comunicación con su discurso que busca dividir, angustiar y aterrorizar al pueblo: supuestos ataques a conjuntos residenciales, repitiendo una y otra vez los saqueos al gran comercio, impulsando los ataques paramilitares y el enfrentamiento de masas contra masas, sin tener éxito significativo su negro vómito televisado.

La revuelta se extendió y el arrojo de los manifestantes fue creciendo en intensidad, sumándose miles de personas a la protesta activa y combativa. En Bogotá, capital de Colombia, la Plaza Bolívar (emblemático lugar, al igual que la Plaza de la Dignidad o ex Plaza Italia) se convirtió en un campo de batalla entre manifestantes y fuerzas represivas.   El 23 de noviembre, después de devolver una bomba lacrimógena, fue descargado un cartucho de escopeta antimotines en el cráneo del estudiante Dylan Cruz, quien a sus 18 años de edad se transformó en el primer asesinado por la policía, ya que falleció el 25 de noviembre. Esto desató aún más la furia del movimiento popular y la denuncia del viejo Estado asesino.

¿Qué es lo que mueve al pueblo de Colombia a la revuelta? La chispa que encendió la ira fue el anuncio de un paquete de medidas dictaminadas por el imperialismo: eliminación del fondo de pensiones estatal, aumento de la edad de jubilación y la contratación de jóvenes con un salario 25% por debajo del mínimo. A esto se suma la demanda de mayor inversión en la educación superior, rechazo al presidente Duque (antes de la revuelta tenía 26%), el repudio al asesinato de ex miembros de las FARC tras el supuesto acuerdo de paz, el rechazo a la grave corrupción que hay y la desigualdad, puesto que ni siquiera en el período de mayor bonanza petrolera ha disminuido, sino que sólo ha aumentado.

Al lector chileno le va a parecer extraordinariamente similar el cuadro comparado entre ambos países. Además, es decidor que los dirigentes de las centrales sindicales, encabezadas por el oportunismo y el revisionismo, llamen a luchar contra el denominado “neoliberalismo” que mencionamos anteriormente. Inclusive, uno de los puntos de las razones específicas de la movilización según el Comité  Nacional del Paro dice: “El Gobierno no adelantará proceso alguno de privatización o enajenación de bienes del Estado independientemente de su participación accionaria”. Esto es porque tanto Colombia y Chile son ejemplos de países donde reina la facción compradora de la gran burguesía, una de las formas en que los grandes burgueses y latifundistas locales le sirven a sus amos imperialistas.

Al cierre de esta edición la revuelta popular continúa, puesto que Duque convocó a una semana de “diálogo nacional”, pero lo hizo sentándose a la mesa con los mismos políticos rancios de siempre y no con los portavoces del Comité Nacional del Paro. A su vez, el mencionado comité ha sido desbordado por las masas populares, quienes mantienen la llama de la revuelta, la que salda cuatro muertos del lado del pueblo y 500 heridos entre civiles y policías.

En Bolivia se expresa la bancarrota del oportunismo

El pasado 10 de noviembre, un golpe de Estado de la facción compradora de la gran burguesía fue llevado a cabo con el visado del imperialismo yanqui, aprovechando el descontento de las masas populares contra el gobierno de la facción burocrática, encabezado por Evo Morales y el Movimiento al Socialismo (MAS).

Tras ello se autoproclamó el gobierno encabezado por Jeanine Áñez que ha impuesto rápidamente una serie de gestos de blancura a la diplomacia norteamericana, ajustando la política a su base económica, puesto que el autoproclamado “gobierno antiimperialista” nunca dejó de servirle al imperialismo yanqui en la provisión de materias primas, productos de baja elaboración y mano de obra barata.

Por su parte, las masas han resistido heroicamente el gobierno autoproclamado, enfrentando a la reacción, armada hasta los dientes, con palos, piedras y armas caseras. La resistencia, no obstante, fue traicionada por los mismos dirigentes vendepatria y oportunistas del MAS, quienes han legitimado el golpe militar firmando un acuerdo de pacificación el 17 de noviembre. Este acuerdo implica la paralización de las protestas populares y la realización de nuevas elecciones. El pueblo pone los más de treinta muertos y los oportunistas chapotean sobre la sangre derramada para defender su constitución. Esto devela que la sangre fue utilizada como moneda de cambio para negociar mejores condiciones con los golpistas.

¿Por qué decimos que el gobierno burocrático ha expresado su bancarrota? Primero, Evo Morales renunció a su cargo tras la acusación de fraude electoral del pasado 20 de octubre, asilándose en México con el beneplácito negociado entre el gobierno de Trump y López Obrador, aceptando en los hechos la política imperialista y esfumándose como humo su supuesta posición antiimperialista. Véase también que cuando las protestas cercan a Evo y la facción compradora se aprovecha, éste recurre a la OEA, que no es sino una agencia imperialista dominada por los yanquis.

Segundo, las aparentemente frías relaciones políticas con Estados Unidos no eran tan ‘frias’ en su expresión económica: según el Instituto Boliviano de Comercio Exterior, las exportaciones desde Bolivia hacia la superpotencia imperialista alcanzaron 504 millones de dólares en el 2018. En 2004, antes del gobierno oportunista de Morales, las exportaciones alcanzaban sólo 330 millones de dólares, cuando inclusive había beneficios arancelarios para los exportadores por parte de EE.UU. Es decir, para los norteamericanos fue un redondo negocio el gobierno de Evo.

Sin embargo, al mismo tiempo Morales abrió la puerta a los adversarios de EE.UU. y durante su gobierno se impulsó la penetración de los capitales imperialistas de China y Rusia, encargándole a los asiáticos la minería, la construcción y obteniendo, además, créditos de 10.000 millones de dólares que lo mantienen endeudado con el socialimperialismo chino. A los rusos le ha encargado el sector energético, principalmente en torno a los hidrocarburos a través de la gigante rusa Gazprom. También con los rusos ha comenzado a desarrollarse proyectos energéticos atómicos, lo que ha encontrado una fuerte oposición de las masas.

Entonces, ¿cuál es la “independencia” del socialismo del siglo XXI? Ninguna, pues inclusive las áreas más básicas para el desarrollo de la economía nacional son entregadas a “socios estratégicos” que buscan un pedazo de la torta en su pugna por un nuevo reparto del mundo.

Cuarto, la recesión económica global y la consecuente crisis del capitalismo burocrático en Bolivia ha impedido que la estrecha estabilidad fiscal siga permitiendo “chorrear” las migajas que facilitaron la manipulación de las masas a través de los programas sociales, al igual que sucedió en Venezuela, Brasil y Ecuador. Esto no es bueno para los imperialistas, pues la explosividad de las masas y su consecuente desarrollo revolucionario es una amenaza latente para su dominio.

Quinto, la demagogia “indianista–campesinista”, el “respeto a la naturaleza” y el supuesto “nacionalismo”, quedaron completamente desenmascarados con la imposición de mega proyectos mineros y energéticos, creando super ganancias a los imperialistas e impidiendo la verdadera reforma agraria para favorecer a los grandes exportadores latifundistas, no sólo de Santa Cruz como se rumorea, sino que de todas las regiones del país. Por ejemplo, la superficie dedicada a la explotación petrolera creció de 3 a 30 millones de hectáreas durante el reinado del MAS. Otro ejemplo para desmitificar la supuesta reforma agraria es que, sólo entre 2010 y 2014, el volumen de alimentos importados creció en un 40%. ¿Qué clase de reforma agraria  reduce la producción de alimentos para su propio pueblo? Por supuesto, una falsa, ya que lo impulsado por el gobierno fue una evolución del capitalismo burocrático en el agro, dejando intacta su base semifeudal en favor de los grandes agronegocios.

Finalizando, el golpe de Estado hay que entenderlo como la imposición del imperialismo yanqui sobre la amenaza de otras potencias, principalmente China y, por otro lado, el fracaso del gobierno oportunista en el cumplimiento de las tareas reaccionarias de sometimiento al imperialismo: reimpulsar el capitalismo burocrático, reestructurar el viejo Estado en función de los intereses imperialistas, principalmente yanquis y combatir el desarrollo revolucionario surgido de las entrañas del pueblo.  Con el golpe, una parte importante de las masas populares obreras, campesinas e indígenas que seguían a Morales se levantaron en resistencia, la cual fue aplastada por la policía y ejército reaccionarios para reestablecer la diplomacia con los imperialistas estadounidenses, desplazando momentáneamente la amenaza de los imperialistas chinos y rusos.

Es decir, en la pugna interimperialista por quién se impone en el saqueo a una nación oprimida, el imperialismo estadounidense ha movido sus cartas, aprovechando las contradicciones internas del país (el descontento popular) para, de un plumazo, imponer nuevas condiciones más explotadoras al pueblo boliviano.

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