Escrito por Igor Mendes, publicado en la edición impresa n° 232 de A Nova Democracia. Para ver la segunda parte y final, haz click aquí.

Nota introductoria:

Dos razones me animaron a escribir este breve ensayo sobre la táctica bolchevique en 1905, además de la celebración por el 150° aniversario del nacimiento del gran Lenin. Ellas fueron:

  1. El evidente interés histórico del tema. Hay, hoy en día, dos especies de ataque al marxismo: uno, proveniente de sus enemigos declarados que quieren transformar la primera ofensiva del socialismo en una serie de “errores” y “crímenes”, quienes pintan esta democracia burguesa, putrefacta, como la cumbre del desarrollo humano, más allá del cual no hay nada. Otro tipo de ataque, más insidioso, funciona como una especie de Caballo de Troya: en nombre del marxismo, invocando experiencias revolucionarias (oportunamente distorsionadas), algunos quieren convertir a sus dirigentes en seres anémicos, dubitativos, cuando no en semi liberales, íconos inofensivos, etc. Ese es un viejo truco. Estos “amigos” quieren hacer, en síntesis, este fantasma inventado por la extrema derecha –el llamado marxismo “cultural”, que no tiene nada que ver con el marxismo de Marx, un ser de carne y hueso; quieren convertir la doctrina que enseña al proletariado a luchar por el poder en una simple guía conductual, electoral, perfectamente adaptado al viejo orden. Esto explica, en parte, por qué –sobre todo en los períodos de auge- algunos jóvenes prefieren recurrir a las frases grandilocuentes y vacías del anarquismo en vez de seguir semejante “marxismo”.

El lector verá que la potencia del Lenin maduro de 1917, jefe de la revolución y de la guerra civil que le siguió, ya existe en el relativamente joven Lenin de 1905. Un propósito, una posición de clase única, una acción revolucionaria coherente, una militancia ardiente, apasionada, incluso incendiaria: esta es la carne y la sangre de Lenin. Varios temas que reaparecerán en 1917: la dualidad de poderes, la creación del ejército revolucionario, la lucha a muerte contra los oportunistas, la necesidad de prepararse concienzudamente para la insurrección y fijar el momento exacto de su fecha ya están aquí, en 1905. De hecho, los bolcheviques nunca renunciaron a las herencias del primer intento, sino al contrario, se propusieron aprender de los errores para “afilar más la espada” y, por eso, vencieron. Tal lección fundamental, válida en este proceso histórico concreto, parece ser válida también para analizar el proceso histórico en su conjunto. Un tema fundamental para el triunfo de la revolución en el siglo XXI es cómo defender el legado de la revolución del siglo XX.

  • La política. En todo el mundo y particularmente en América Latina, durante el último año estallaron rebeliones populares. A menudo, ellas llegaron al borde de la guerra civil. ¿Cómo te orientas cuando el mar de la lucha de clases parece sobrepasar las fuerzas propias de los revolucionarios? ¿Cómo no perderse en medio de la turbulencia? ¿Cómo pueden hacer eco las voces que llaman a las masas al combate decisivo cuando parecen ser más fuertes –y, en cierto sentido, al menos material, ciertamente son más fuertes- las voces que llaman a la capitulación?

Mutatis mutandis[1], en 1905 los bolcheviques enfrentaron tales preguntas. Observar cómo Lenin las respondió es particularmente relevante ahora. Parece paradójico, pero mirar más de cerca sus pasos de hace 115 años es quizás el tema más urgente hoy.

Finalmente, un último punto: 3) el método. Esta no es una recopilación de citas, porque ya existen y son mejores de lo que yo podría hacer. Traté de enmarcar los textos dentro de la situación real. Leyendo los artículos de Lenin, se percibe que él no sólo fue un intérprete perspicaz, sino también el mejor narrador de la revolución en curso. Además de los tomos VIII, IX y X de las Obras Completas[2] que cubren el período en cuestión, también fue muy útil leer sus cartas de 1905, que se encuentran en el tomo XXXVIII de la señalada edición. En las cartas, veremos, además del gran teórico y el organizador intrépido, el hombre práctico y apasionado, que también se aflige, se impacienta, se preocupa y aconseja a sus camaradas, anhelando regresar lo antes posible a la Rusia revolucionaria. Para completar el cuadro, usamos también como fuentes el Compendio de la Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS, que apareció en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1938, cuya primera edición brasileña es de la Editorial Victoria de 1945, así como también la biografía Lenin (su vida y su obra), escrita en la URSS en 1945 y publicada en Brasil por la Editorial Victoria en 1955. En apenas dos o tres ocasiones, como máximo, recurrí a los textos de Lenin posteriores a 1905, aun así cuando estaban estrictamente relacionados con los eventos narrados. No tendría sentido reconstituir una batalla prestando a los combatientes armas que no conocían. Lo interesante es ver a través de qué batallas se forjarán las nuevas armas.

Río de Janeiro, diciembre de 2019.

Lenin incendiario

“(…) Al ir a la lucha, debemos desear la victoria y saber indicar el verdadero camino que conduce a ella”.

Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, 1905, Lenin.

En diciembre de 1907, la dirección bolchevique decidió la salida de Lenin de Rusia[3]. Después de dos años de apogeo revolucionario, dos años de la mayor revolución popular desde la Comuna de París (1871), la fuerza de las masas se había enfriado y caía la noche sobre la primera embestida contra la autocracia zarista.

El jefe del partido proletario comenzaría su segundo período de migración, el más largo y doloroso. Después de meses de febril actividad en la propia Rusia, dirigiendo reuniones clandestinas, escribiendo e interviniendo en numerosas polémicas, hablando directamente a las masas, consolidando los grupos de combate –“embriones del ejército revolucionario”- Lenin tendría que defender desde el “maldito exilio” los principios del marxismo contra los renegados y capituladores. Con respecto a este período de pruebas, Stalin diría en “Lenin, el águila de las montañas (1924)”, cuando el Poder de los soviets ya era un hecho histórico mundial: “Lenin fue entonces el único que no se dejó engañar por el contagio y que mantuvo en alto la bandera del Partido, reuniendo, con una paciencia asombrosa, con una tensión sin precedentes, las fuerzas del Partido dispersas y deshechas, combatiendo en el interior del movimiento obrero todas las tendencias hostiles al Partido, defendiendo el principio del Partido como un valor extraordinario y una perseverancia increíble”. Su fe en la causa permanecería inquebrantable. Sabía que llegaría el nuevo apogeo, sin importar lo que fuera necesario, a pesar del exilio, los cadalsos y las Centurias Negras.

El prólogo del prólogo

Engels decía, al respecto de Marx, en el Prefacio a la tercera edición alemana de “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”:

“Esta notable manera de comprender la historia viva de la época, esta lúcida apreciación de los acontecimientos, al mismo tiempo que se producen, es, en realidad, algo sin paralelo”[4].   

Se podría decir que Lenin se codeaba con Marx en esta capacidad, adquirida no sólo a través del arduo estudio, sino también en la participación directa en la lucha de clases.

En 1904 estalló la guerra ruso-japonesa. Lenin rechazó cualquier actitud defensiva, es decir, «defensa de la patria», en esta guerra de reparto. A diferencia de los mencheviques, denunció enérgicamente la guerra como una disputa entre dos bandas imperialistas y predijo que aceleraría la descomposición de la autocracia zarista[5]. Así, Lenin escribió sobre la estrepitosa derrota sufrida por el Imperio en la Batalla de Port-Arthur, en la que las tropas rusas perdieron alrededor de 120.000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros:

“La capitulación de Port-Arthur es el prólogo de la capitulación del zarismo”[6].

El 9 de enero de 1905, 140 mil personas se reunieron en San Petersburgo. Su objetivo era entregar una petición al Zar reclamando mejorías en las condiciones de vida. La dirección de este movimiento estaba en las manos de un agente provocador, el Padre Gapon, que sería ajusticiado en 1906 por un grupo de combate ligado al Partido Social-Revolucionario. En las cercanías del Palacio de Invierno, la tropa abrió fuego contra los obreros desarmados: más de mil de ellos murieron a la hora. La indignación barrió Rusia y el “Domingo Sangriento” fue la chispa que encendió toda la pradera. Asimilando el impacto de estos episodios en la consciencia de las amplias masas, Lenin diría, al calor de los acontecimientos:

“No habrá medidas draconianas ni prohibiciones capa­ces de contener a las masas de las ciudades, en cuanto se den cuenta de que, sin armas, se verán condenadas a ser ametralladas en montón por el gobierno, al menor pretexto. Cada cual se esforzará por todos los medios por procurarse un fusil, o por lo menos un revólver, por ocultar sus armas a la policía y por estar preparado para ofrecer resistencia a los sanguinarios la­cayos del zarismo. Los comienzos, dice el adagio, son siempre difíciles. A los obreros les costó trabajo pasar a la lucha arma­da. Pero el gobierno los ha obligado ahora a ello. Se ha dado el primer paso, el más difícil de todos”[7].

La revolución, finalmente, estallaba, confirmando la brillante predicción de Lenin.

Lenin recibió en el exilio, en Ginebra, los informes del estallido de la revolución en Rusia. Su primer saludo a los trabajadores insurrectos es apasionado, publicado en el periódico Vperiod (órgano bolchevique), el 24 de enero de 1905:

“Fuerza con­tra fuerza. Hierve la lucha en las calles, se levantan barricadas, crepitan las descargas y truenan los cañones. Corren ríos de sangre, se levantan las llamas de la guerra civil por la libertad. Moscú y el sur, el Cáucaso y Polonia se disponen a unirse al proletariado petersburgués. ¡Libertad o muerte!, es ahora la consigna de los obreros.
Mucho es lo que se decidirá hoy y mañana. La situación cambia a cada hora. El telégrafo trasmite noticias pasmosas, y todas las palabras palidecen ante los acontecimientos de que somos testigos. Cada cual debe estar preparado para cumplir con su deber de revolucionario y de socialdemócrata.
¡Viva la revolución!
¡Viva el proletariado insurrecto!”[8].

La revolución crecía. Las tesis defendidas desde hace mucho tiempo por los marxistas en Rusia, como el papel dirigente del proletariado en la futura revolución, y que fueron objeto de largos trabajos teóricos de la juventud de Lenin –entre los cuales destaca “El desarrollo del capitalismo en Rusia (1898)”- se llevaron a cabo delante de todos. Apenas en enero el número de huelguistas llegó a 440.000, que fue más de lo que se había registrado en los diez años anteriores. Detrás de los obreros, animados por ellos, comenzaban los levantamientos campesinos, crecían las manifestaciones estudiantiles e intelectuales, la revolución ganaba un carácter realmente popular.

Es necesario saber enseñar algo a la revolución

El movimiento espontáneo de masas superó con creces las fuerzas orgánicas socialdemócratas, divididas entre bolcheviques y mencheviques y una serie de grupos intermediarios, que Lenin llamó «el pantano». Pero esta fue solo una faceta del problema. De toda Rusia surgieron fuerzas nuevas y frescas, que se presentaron para la lucha revolucionaria. Lenin no admitía, en estos momentos, ningún aire de desánimo, de queja, de decadencia, y estigmatizó a los camaradas atrapados en los viejos tiempos. En febrero, dijo, en su trabajo “Nuevas tareas y nuevas fuerzas”:

“El organizador práctico que se queja, en estas condiciones, de la falta de hombres, se equivoca como se equivo­caba madame Roland cuando en 1793, en el momento culminan­te de la gran revolución francesa, escribía que Francia no tenía hombres, que todos eran pigmeos. Quienes así se expresan no ven el bosque porque se lo impiden los árboles; reconocen que los acontecimientos los han cegado, que en vez de dominar, como revolucionarios, con su conciencia y su actividad, los acon­tecimientos, se dejan dominar y arrollar por ellos. Semejantes organizadores deberían pasar a retiro y dejar paso a las fuerzas jóvenes, cuya energía sustituye a menudo con creces lo que les falta de experiencia”[9].

Como es evidente, los problemas de organización se entrelazaban profundamente con las cuestiones de dirección política del movimiento. Lenin había cimentado mucho antes, en “¿Qué hacer? (1902)”, los principios ideológicos del partido marxista de nuevo tipo, estableciendo la correcta relación entre consciencia y espontaneidad, o entre la organización de los obreros y la organización de los revolucionarios. Ahora, ante la mayor revolución desde la Comuna de París, que puso fin al período de “desarrollo relativamente pacífico” atravesado por Europa en cuarenta años, la vida sometía al Partido a una prueba muy seria. Lenin siempre defendió la necesidad de aprender de las masas, observar y tomar sus formas de lucha y su espíritu creativo, “sin embargo –señalaba- la tarea no es sólo aprovechar las enseñanzas de la revolución; también necesitamos saber cómo enseñar algo a la revolución, imprimirle un sello proletario con el fin de asegurar su victoria verdadera” [10]. En otras palabras, el problema de la táctica no es más que el problema de asegurar los medios para que el proletariado lidere la revolución y no postrarse cobardemente a su cola, lamentando la “debilidad de sus propias fuerzas”, la “falta de cultura de las masas” y otros disparates de ese tipo, siempre resucitados por los reformistas. Decía:

“A todos los oportunistas les gusta de­cirnos: aprendan de la vida. Lamentablemente, ellos entienden por vida sólo las aguas quietas de los períodos pacíficos, los tiem­pos de estancamiento, en los que la vida apenas avanza. Ellos, gente ciega, quedan siempre rezagados respecto de las enseñanzas de la vida revolucionaria. Sus doctrinas muertas siempre se que­dan detrás del torrente impetuoso de la revolución, que expresa las más profundas reivindicaciones de la vida, aquellas que invo­lucran los más arraigados intereses de la masas populares”[11].

Lenin exigía no sólo un análisis científico y criterioso de la correlación de fuerzas y del futuro movimiento revolucionario, sino también un trabajo vivo de agitación y propaganda entre las masas, guiado por consignas accesibles, combativas y claras. Repudiaba el método oportunista de eludir las grandes necesidades del momento con frases tan grandilocuentes como huecas. Él dijo, por cierto:

“El oportunista necesita siempre consignas que, vistas de cerca, sólo contienen frases sonoras, como una especie de decadente acro­bacia verbal”[12].

Defendía y empeñaba gran parte de su tiempo a escribir editoriales breves, agudas y palpitantes, para el órgano del partido y las organizaciones locales. De este modo:

“En los artículos de Lenin publicados por Proletári, el Partido recibe un análisis científico marxista de la marcha de la revolución, predicciones brillantes sobre su desarrollo posterior, consignas claras y precisas, amplias directivas e indicaciones»[13].

Además del organismo ilegal del Partido, en estos meses tempestuosos logró, con la ayuda de Máximo Gorki, hacer circular un periódico político legal de masas, el “Novata Jizn” (“Vida Nueva”).

Sin embargo, no sólo el problema de las consignas era el que atraía su atención. La cuestión de las nuevas formas de lucha presentadas por la revolución rusa –es decir, de la transformación de la huelga de masas en una insurrección armada- fue de gran importancia:

“Por otro lado, para determinar de modo concreto la táctica de un partido revolucionario en los momentos más tempestuosos de la crisis nacional que sufre el país, es a todas luces insuficientes limitarse a señalar qué clases son capaces de actuar en pro del triunfo de la revolución (…) Por eso, si al evaluar los períodos revolucionarios nos limitamos a determinar la línea de acción de las distintas clases sin analizar sus formas de lucha, nuestro juicio será incompleto, desde el punto de vista científico no será dialéctico, y desde el punto de vista político práctico degenerará en razonamientos muertos[14].

Lenin, por lo tanto, arremetió contra los “dirigentes” que se contentaban en ser “intérpretes del movimiento”, manteniéndose al margen de los acontecimientos; hostigaba a quienes se limitaban a proponer tareas, sin saber cómo forjar los instrumentos capaces de llevarlas a cabo. Exigía a todo el Partido que se educase y educase a las masas en las propias acciones de combate. Enseñaba a la militancia (sobre todo a los dirigentes) no sólo a leer en los libros, sino que también le enseñó a leer en la propia vida.

Material para esto no faltaba. La revolución seguía su curso, implacable. Huelgas masivas se extendían por el país y los primeros Soviets de la historia se formaban. En la primavera el campo entró decididamente en la lucha: incluso en los rincones más somnolientos de la vieja Rusia semifeudal el suelo parecía temblar y la lucha de clases despertaba a las masas campesinas, a menudo reprimidas salvajemente por los gendarmes. Destacamentos guerrilleros se formaban espontáneamente. En junio de 1905 ocurrió un hecho de importancia capital: el Acorazado Potemkin, uno de los orgullos de la flota de guerra del zar, se sublevó cerca de Odessa, donde los obreros venían librando una feroz lucha política. Durante varios días la bandera roja ondeó frente al mundo.

Esta situación puso el problema de la insurrección armada a la orden del día. Esta pregunta ocupa, de hecho, desde el inicio de los acontecimientos revolucionarios y principalmente a partir del segundo semestre, todas las atenciones y toda la energía de Lenin. Sin embargo, antes de pasar a la nueva fase, había otra cuestión histórica fundamental sobre la mesa: la relación entre la revolución burguesa y la revolución socialista.

Somos partidarios de la revolución ininterrumpida

Uno de los nuevos problemas presentados en 1905 fue el papel del proletariado en la revolución democrático-burguesa, en las condiciones particulares del siglo XX. Este problema contenía, en el fondo, la cuestión de la alianza obrero-campesina, y fue, desde el principio, un punto irreconciliable de divergencia entre bolcheviques y mencheviques.

En las primeras semanas de las jornadas revolucionarias, Lenin escribió, en su artículo Dos tácticas: “A partir del 9 de enero, el movimiento obrero está convirtiéndose ante nuestros ojos en una insurrección popular”[15]. Basándose en la famosa carta de Marx, en la que este decía que el triunfo de la revolución democrática en Alemania dependería de una “segunda edición de las guerras campesinas”, así como de su posición acerca de la repartición de la tierra en Estados Unidos (pasajes cuidadosamente enterrados por los oportunistas), el jefe de la revolución rusa dirá:

“Difícilmente habrá en el mundo otro país en que el campesinado tenga que sufrir tantas torturas, tal opresión y humillación como en Rusia. Pero cuanto más sombría haya sido la opresión, tanto más pode­roso será el despertar, tanto más irresistible su acometida revo­lucionaria. Y al proletariado revolucionario con conciencia de clase le corresponde apoyar con todas sus fuerzas esta acometida, para que no deje piedra sobre piedra de la vieja y maldita Rusia autocrática, feudal, esclavista, para que haga surgir una nueva generación de hombres libres e intrépidos, una nueva Rusia republicana, en la que pueda desplegarse libremente nuestra lucha proletaria por el socialismo”[16].

En otra parte, apuntará: “pues de la revolución democrática comenzaremos a pasar en seguida, y precisamente en la medida de nuestras fuerzas, de las fuerzas del proletariado con conciencia de clase y organizado, a la revo­lución socialista[17]”. Es preciso reconocer que nacía ahí el esbozo de la formulación que, doce años después, orientaría a los bolcheviques en el laberinto histórico instalado entre febrero y octubre de 1917.

Además del problema campesino y de la relación entre la revolución burguesa y socialista, cuyo desarrollo ya era un gran paso adelante respecto al siglo XIX, Lenin sentaba con estas formulaciones las bases de una verdadera teoría de la hegemonía, que se demostraría crucial en la medida en que las tempestades revolucionarias se trasladaran al Oriente, donde la clase obrera era apenas una minoría de la población. ¿Cómo actuar en el floreciente movimiento democrático-burgués? ¿El proletariado defendería una revolución como la de 1848, es decir, un aborto de revolución, o una del tipo de 1789, es decir, una verdaderamente popular, radical, jacobina? ¿Los comunistas debían marchar a la cola de la burguesía traidora o al frente del proletariado y del campesinado revolucionario? Estas cuestiones ocupan una parte enorme de los escritos (y, consecuentemente, un tiempo valioso) de Lenin en aquellos días.

A aquellos que temían que el proletariado “perdiera” la dirección del movimiento, y usaban ese temor como justificación de la inercia y la parálisis, él replicaba:

“Desde el punto de vista proletario, la hegemonía pertenece en la guerra a quien lucha con mayor energía que los demás, a quien aprovecha todas las ocasiones para asestar golpes al enemigo, a aquel cuyas palabras no difieren de los hechos y es, por ello, el guía ideológico de la democracia y critica toda ambigüedad”[18].

Para Lenin, la formulación madura, científicamente exacta del problema, sería: dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado, cuyo órgano sería el gobierno provisional revolucionario, apoyado en las masas armadas. Como se sabe, fue esa línea la adoptada por el III Congreso del POSDR (reunido durante abril en Londres, que fue saboteado por los mencheviques, que se reunieron en una conferencia aparte), cuyas tesis Lenin desarrolló en su magistral trabajo “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”, aparecido por primera vez en julio de ese año, en Ginebra. Allí, Lenin no dejará piedra sin mover del menchevismo y su torpe posición de hacer del movimiento revolucionario un mero apéndice de la burguesía liberal contrarrevolucionaria. Se trata, en verdad, no sólo de dos tácticas, sino también de dos estrategias distintas y antagónicas.

A modo de ilustración, compárese la formulación original leninista y dialéctica de la transición de la revolución democrática y la revolución socialista, de la alianza obrero-campesina y de la lucha del proletariado por asegurar la hegemonía en la revolución, con lo que decía el menchevique L. Trotsky en esos días:

“El poder revolucionario no puede apoyarse más que sobre una fuerza revolucionaria activa. Cualquiera que sea la opinión que tengamos del desarrollo ulterior de la revolución rusa, es un hecho que, hasta ahora, ninguna clase social, con excepción del proletariado, se ha mostrado capaz de servir de apoyo al poder revolucionario, ni siquiera dispuesta a hacerlo”[19]

¿Qué papel dirigente cabría al proletariado en la revolución si se resignase a ser solamente vanguardia del mismo? ¿Qué sería del “poder revolucionario” si estuviera aislado, incapaz de apoyarse en una especie de reedición de las guerras campesinas? Para Lenin, Trotsky, en efecto, no era más que un “charlatán”:

“Cuando el charlatán Trotski escribe ahora (por desgracia, al lado de Parvus) que “un cura Gapón sólo pudo surgir una vez”, que “no hay lugar para un segundo Gapón”, lo hace sencillamente porque es un charlatán. (…) Para llegar a ser grande, una revolución democrática que recuerde y sobrepase la de los años 1789-1793, y no la de 1848-1850, tiene que poner en pie a masas gigantescas, incorporarlas a la vida activa y a los esfuerzos heroicos, a “una fundamental realización histórica”; tiene que arrancarlas de la terrible ignorancia, de la opresión inaudita, del increíble atraso y del sopor sin esperanzas en que viven”[20].

Como se ve, ninguna semejanza había entre la tesis de la “revolución permanente” de Trotsky y la teoría científica de la revolución permanente de Marx y la revolución ininterrumpida de Lenin. Solamente la falsificación histórica podría reivindicar algún parentesco entre esas y aquella.


[1] Nota EP: Mutatis mutandis es una expresión en latín que debe entenderse como “de manera análoga, haciendo los cambios necesarios”. Es decir, el lector debe atender las diferencias entre un argumento actual y uno pasado, aunque sea análogos.

[2] Publicación de Ediciones Akal, que apareció en España en 1974, disponible íntegramente en el sitio marxists.org.

[3] Informaciones biográficas de este período, de ahora en adelante, extraídas de: “Lenin (su vida y su obra)”, Editorial Victoria, Brasil, 1955. Las excepciones serán señaladas.

[4] Engels, Prefacio a la tercera edición alemana de El 18 Brumario de Luis Bonaparte”.

[5] Para los antecedentes de los eventos, ver «Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la U.R.S.S.», que originalmente apareció en Moscú, en 1938, y publicado por primera vez en Brasil por la editorial Vitória, en 1945.

[6] Lenin, “Obras completas”, Akal Editor, España, Tomo VIII, p. 44.

[7] Lenin, ídem, p. 105.

[8] Lenín, ídem, p. 65.

[9] Lenin, ídem, p. 226.

[10] Lenin (su vida y su obra), p. 94.

[11] Lenin, op. cit., tomo IX, p. 199.

[12] Lenin, op. cit., tomo VIII, p. 169.

[13] Lenin (su vida y su obra), p. 103.

[14] Lenin, op. cit., tomo XV, p. 50.

[15] Lenin, op. cit., tomo VIII, p. 150.

[16] Lenin, ídem, p. 342-343.

[17] Lenin, op. cit., tomo IX, p. 232.

[18] Lenin, ídem, p. 71.

[19] L. Trotsky, “La Revolución de 1905”, aparecido originalmente en 1909. Disponible en internet en https://www.marxists.org/espanol/trotsky/ceip/permanente/conclusionesde1905.htm#_ftn1

[20] Lenin, op. cit., tomo VIII, p. 301.

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