LENIN INCENDIARIO: LECCIONES DE LA TÁCTICA BOLCHEVIQUE DURANTE LA PRIMERA REVOLUCIÓN RUSA DE 1905 (FINAL)

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Escrito por Igor Mendes, publicado en la edición impresa n° 233 de A Nova Democracia. Para ver la primera parte de este ensayo haz click aquí.

“Por Dios, no confíes en los mencheviques”

En enero de 1905, aunque formalmente miembros del POSDR*, bolcheviques y mencheviques formaron dos organizaciones separadas. Después de la victoria de las tesis de Lenin en el II Congreso (1903), de ahí su denominación de «bolcheviques», es decir, una mayoría, los mencheviques nunca aceptaron sus disposiciones, en teoría, obligatorias para todos los miembros. Valiéndose de la posición de desertor de Plejanov, que quería hacerse pasar por «independiente», pero que en realidad marchaba con los mencheviques, golpearon el periódico Iskra («Chispa») fundado por Lenin, y lo convirtieron en su órgano central. Aunque solo tenían cuatro comités en Rusia, de un total de más de 20 existentes, los mencheviques llamaron a su propio centro «Comité Central». Estos fueron los métodos oportunistas para luchar contra el partido.

En una carta dirigida al “Buró de los Comités de la Mayoría”, centro bolchevique, de enero de ese año, Lenin advierte a sus camaradas:

“Por Dios no confíen en los mencheviques ni en el CC, y sigan adelante con firmeza, en todas partes y con la mayor energía, con la ruptura, la ruptura y la ruptura. Nosotros aquí, llevados por el entusiasmo de la revolución, estuvimos a punto de unirnos con los mencheviques en una reunión pública, pero ellos nos engañaron nuevamente y de la manera más vergonzosa. Insistimos en nuestra advertencia a los que quieren pasar por tontos: rompimiento y rompimiento absoluto”[19].

La verdad es que, con el estallido de la revolución, a las viejas divergencias en el terreno de la organización, se sumaron otras, también graves, respecto del papel del proletariado en la revolución democrático-burguesa, mencionadas anteriormente. La división, lejos de enfriarse, se profundizaba.

Los bolcheviques convocaron al III Congreso del POSDR para examinar los grandes temas de esos días, pero los mencheviques lo sabotearon. Lenin tuvo que ganar una dura lucha interna para llevarlo a cabo como evento independiente, rigurosamente marxista, ya que muchos bolcheviques estaban dispuestos a hacer concesiones para atraer a la minoría oportunista. Les advirtió, varias veces, para que no alimentasen ilusiones:

“A menudo pienso que nueve décimas partes de los bolcheviques son, en realidad, unos formalistas Una de dos: o unimos en una organización realmente férrea a aquellos que quieren luchar, para dar la batalla con este pequeño pero firme partido, al fofo monstruo de los heterogéneos elementos neoiskristas [es decir, mencheviques], o demostramos con nuestra conducta que merecemos sucumbir como formalistas deplorables. (…) El Congreso debe ser simple, breve y con pocos delegados. Es un congreso del partido para organizar la lucha. Todo demuestra que tienes, en este sentido, muchas ilusiones”[20].

En abril, en Londres, se reunió el III Congreso, bolchevique, al cual asistieron 24 delegados en nombre de 20 comités rusos. Al final del trabajo, los delegados, como ocurriera en el II Congreso, visitaron la tumba de Marx. Al mismo tiempo, en Ginebra, se reunió la Conferencia menchevique. Al evaluar el resultado de estos eventos, Lenin diría: “Dos congresos, dos partidos”. Dando respuestas diametralmente opuestas a las grandes preguntas de la revolución, estando claro que la lucha entre bolcheviques y mencheviques recrudeció. Lenin exigía que se intensificase, en las organizaciones de base del partido, la lucha contra los oportunistas. Esta política de estricta demarcación enfrentaba, sin embargo, una enorme resistencia para ser aplicada.

Dentro de Rusia, diversos obreros jóvenes no entendían por qué los “socialistas” –incluyendo a los socialrevolucionarios- marchaban separados, cuando, aparentemente, “todos estaban del mismo lado”. Lenin dedicaba enorme atención, por eso mismo, a la necesidad de explicar y fundamentar a la militancia los términos de las diferencias. Anotó:

Para crear una “unidad de lucha” real y efectiva, y no puramente verbal, hay que saber con claridad y en forma definida, y además por la experiencia, concretamente en qué y hasta dónde podemos marchar juntos. De otro modo, las conversaciones acerca de la unidad de lucha no serán más que palabras, palabras y palabras; y ese saber se adquiere, entre otras cosas, por medio de esa polémica, esa lucha y esas disensiones de las que ustedes hablan con palabras tan terribles”[21].

Lenin no rehusaba llegar a acuerdos tácticos, transitorios, con ninguna fuerza, siempre que se preservaran los principios ideológicos y la independencia orgánica del partido del proletariado. Manejaba con sagacidad la política. A propósito, decía: “Deberemos, inevitablemente, getrennt marschieren (marchar separados), pero podemos más de una vez, y en particular ahora, vereint schlagen (golpear juntos)”[22]. Y exigía de los bolcheviques la misma sagacidad en la lucha en defensa del partido. En una carta a Lunacharski, de agosto de 1905, decía:

“Aquí se está librando una lucha muy seria a la que el Tercer Congreso no puso fin, sino que simplemente abrió una nueva etapa en ella; los de Iskra son ágiles y rápidos, descarados como mercaderes, y tienen una larga experiencia en materia de demagogia, en tanto que en nuestra gente prevalece una “estupidez honesta”, o una “honestidad estúpida”. No saben pelear, son poco hábiles, torpes, toscos, tímidos… Son buenos muchachos, pero absurdamente ineptos como políticos. Les falta tenacidad, espíritu de lucha, agilidad y rapidez. (…) En cuanto a nuestro CC, en primer lugar tampoco es muy “político”, es demasiado bondadoso, también él tiene el defecto de carecer de tenacidad, no sabe maniobrar, le falta sensibilidad, no tiene habilidad para aprovechar políticamente cada pequeñez de la lucha en el partido. (…) Falta el entusiasmo, el empuje, la energía; la gente no sabe obrar ni pelear por sí misma (…) En la lucha política la paralización es la muerte. (…) La influencia personal y hablar en las reuniones tiene gran importancia en la política. Sin estos elementos no puede haber actividad política e incluso el escribir se hace menos político. Y frente a un adversario que tiene poderosas fuerzas en el extranjero, perdemos en una semana lo que no podremos recuperar en un mes. La lucha por el partido no terminó, y no obtendremos la victoria definitiva, si no ponemos en tensión todas nuestras fuerzas”[23].

De hecho, había entre los bolcheviques una enorme subestimación del peso de los mencheviques y no pocas tendencias conciliatorias con ellos. En verdad, los mencheviques estaban aferrados a todo el oportunismo internacional, que prevalecía ya en la II Internacional y en su órgano ejecutivo, el Buró Socialista Internacional (BSI). En febrero, el propio Bebel le escribió a Lenin, ofreciéndole “arbitrar” la disputa entre las dos fracciones del POSDR. Lenin respondió cortésmente que solamente el Congreso podía decidir al respecto. Kautsky escribirá en la prensa alemana –en ese entonces, la prensa obrera más importante del mundo- diversos artículos reclamando la “unidad” de los socialdemócratas rusos. Se trataban de las mayores autoridades socialistas de la época, que ostentaban el título de colaboradores directos de Marx y Engels. Esa era la pelea que Lenin estaba teniendo.

Después del III Congreso, Plejanov se ofreció para representar al Partido en el señalado Buró, prometiendo “imparcialidad”, contando con la clara simpatía del BSI. Lenin decía, en una carta al CC bolchevique, de julio: “No olviden que casi todos los socialdemócratas del extranjero son partidarios de los “íconos” [esto es, los conocidos intelectuales exiliados, como Plejanov] y no nos tienen en gran estima, nos menosprecian”[24].

Las cosas llegaron a tal punto que Rosa Luxemburgo escribió un artículo en el principal periódico socialista alemán, Neue Zeit, llamado “Problemas de organización en la socialdemocracia rusa”, en el cual replicaba por completo la interpretación menchevique de la escisión. Tal artículo fue difundido en varios idiomas y, en la propia Rusia, traducido por la nueva Iskra oportunista. Lenin, consciente de las implicancias ideológicas y políticas de la polémica, escribió un artículo de respuesta y lo envió al órgano, no obstante, Kautsky, editor del mismo, vetó su publicación, así como también trabajó para soterrar la difusión, en alemán, de las resoluciones del III Congreso bolchevique. Este fue el “arbitraje” que los oportunistas de la II Internacional pretendían hacer. Esto llevó a Lenin a escribir una carta al mismo BSI, en la que dice:

“4) Puesto que el Buró Internacional juzga adecuado informarse por “ciertos periódicos alemanes”, me veo obligado a declarar que casi todos los periódicos socialistas alemanes, en especial Die Neue Zeit y Leipziger Volkszeitung están por entero de parte de la “minoría” y enfocan nuestros asuntos de un modo muy unilateral e inexacto. Kautsky, por ejemplo, también se dice imparcial y, sin embargo, en realidad llegó hasta negarse a publicar en Neue Zeit la refutación a un artículo de Rosa Luxemburgo en el que ella defendía la desorganización en el partido. ¡¡ En Leipziger Volkszeitung Kautsky inclusive aconsejó que no se difundiera el folleto alemán que contiene la traducción de las resoluciones del III Congreso !!. Después de eso, no es difícil comprender por qué muchos camaradas en Rusia se inclinan a considerar al Partido Socialdemócrata alemán parcial y lleno de prevenciones en el problema de la división en las filas de la socialdemocracia rusa”[25].

Como se puede ver, la lucha en defensa del Partido fue titánica y llena de obstáculos. Lo que para Lenin ya entonces estaba claro –la necesidad de la ruptura implacable con los oportunistas- llevaría varios años para conquistar las cabezas duras de muchos dirigentes. Solamente en marzo de 1912, en la Conferencia de Praga, los bolcheviques reconstituirían el POSDR como auténtico partido marxista independiente. La degeneración ideológica de varias “autoridades socialistas” de la época aún tendría que esperar el estallido de la I Guerra Mundial y los acontecimientos dramáticos de traiciones y renegaciones –así como también de delaciones y asesinatos- que se desenvolverían para presentarse maduros ante el mundo.

En esta situación, los cuadros capaces y dedicados eran pocos, y particularmente valiosos. Lenin se preocupaba por ellos, ocupando buena parte de su tiempo buscando condiciones razonables para proteger a los que llegaban al exilio, o para mandar de vuelta a Rusia, a salvo, a quienes tenían tareas urgentes. Exige que se luche con valor, pero no se conforma con pérdidas innecesarias; siempre insta a sus camaradas a fortalecer el trabajo conspirativo. En abril escribe preocupado a Gusiev, responsable en ese momento de una buena parte de sus vínculos con la dirección en Rusia:

“Estimado amigo: Usted me escribió que han comenzado a seguirlo. Por otra parte la información que pude reunir aquí entre la gente de San Petersburgo llegada hace poco, confirma ese hecho. Ya no podemos abrigar dudas en este sentido. Yo sé, por experiencia propia y la de muchos camaradas, que a un revolucionario le resulta muy difícil abandonar un lugar peligroso a tiempo. En el momento mismo en que hay que abandonar el trabajo en una cierta localidad, ese trabajo se hace particularmente interesante y particularmente necesario; así le parece siempre, a la persona interesada en ello. Por tal motivo considero que mi deber es exigirle, con toda energía, que abandone San Petersburgo por un tiempo. Es absolutamente necesario. Ninguna excusa o argumento en cuanto al trabajo puede dilatar esta decisión, porque el perjuicio que ocasionará su inevitable detención será inmenso. (…) Una vez más le aconsejo con insistencia que parta en seguida a las provincias por un mes. En todas partes hay mucho trabajo que realizar y la dirección general es siempre necesaria en todos lados. Si hay deseo de ir (y debe haber deseo) el viaje siempre se puede arreglar”[26].

El enlace de Lenin con Rusia era, de hecho una cuestión siempre crítica. En 1905, incluso dentro de las filas bolcheviques repercutía la influencia de los elementos oportunistas, y no es raro que aparecieran tendencias de aislar al jefe del Partido, aún en el exilio, de la marcha de los acontecimientos. Esto es de lo que se queja Lenin, furioso, en una carta dirigida al CC bolchevique:

“Decididamente, los acusaré formalmente en el cuarto congreso del crimen de “restablecer un ‘doble centro de dirección’ que contraviene los estatutos y la voluntad del partido”. ¡Estén seguros de que cumpliré mi palabra! Porque se trata por cierto de un doble centro de dirección, ya que entre las funciones de mi cargo figura la obligación de dirigir el órgano del Comité Central. ¿No es así? ¡Pero cómo puedo cumplir con esta tarea cuando no recibo información alguna sobre la táctica y no responden a la pregunta for-r-r-rmal sobre la reunión “prefijada” para el 1 de septiembre del nuevo calendario! ¡Piensen ustedes qué consecuencias nos acarrearían los desacuerdos entre nosotros! ¿¿Acaso es tan difícil hacer que alguien escriba, por lo menos sobre asuntos de “importancia estatal”??”[27].

Se trataba, realmente, de un crimen: privar a Lenin de las informaciones que le permitieran, no sólo interpretar los hechos, sino también indicar la dirección del camino. Y lo que los acontecimientos ponían a la orden del día, con redoblada fuerza, era el problema de la insurrección armada. No sólo desde el punto de vista histórico-estratégico, sino también político-táctico. Tras un período de indefiniciones e incertidumbres, en el que las llamas encendidas de la primera fase de la revolución parecían enfriarse, nuevas reservas de material inflamable, insospechadas y enquistadas en lo más hondo del tejido social ardían en llamas. Como en cualquier gran levantamiento, este también se desarrollaba en oleadas y era necesario poner mucha atención para no confundir lo que apenas sería un rescoldo de lo que era, de hecho, una profundización del incendio revolucionario.

En los primeros días de octubre, los principales centros obreros estaban en huelga. El epicentro de la crisis se había trasladado desde San Petersburgo a Moscú, donde los bolcheviques tenían el liderazgo de Soviet de diputados obreros, recientemente electo. A partir de este centro, la huelga general se irradió al país. Los casos de motines en el ejército, de negarse a reprimir al pueblo, se sucedieron. A mediados de mes, la antigua Rusia zarista quedó paralizada, arrodillada a los pies de la nueva Rusia revolucionaria. El 17 de octubre, acorralado, el zar hizo un pronunciamiento a la Nación, prometiendo libertad política. La reacción da un paso atrás, colocándose a la espera, a la defensiva. El mismo día, Lenin interpreta la situación de la siguiente maner:

“La revolución llegó hasta el punto en que a la contrarrevolución no le conviene atacar, tomar la ofensiva.

Para nosotros, para el proletariado, para los demócratas revolucionarios consecuentes, eso es todavía insuficiente. Si no ascendemos un peldaño más, si no logramos una ofensiva independiente, si no quebramos la fuerza del zarismo, si no destruimos su poder real, será una revolución a medias, la burguesía engañará a los obreros”[28].

Este “peldaño más” era, capaz de quebrar la fuerza del zarismo, era la insurrección armada. Lenin sabía que la dualidad de fuerzas no duraría para siempre. Sabía, igualmente, que la dirección de una tarea tan compleja exigía la presencia, en el propio teatro de guerra, del jefe del Partido y la revolución. Llegaba la hora de retornar a Rusia.

«De la defensa al ataque»

A fines de octubre, Lenin deja la somnolienta Ginebra para regresar a una Rusia convulsionada. En verdad, él no veía la hora de encontrarse en persona con la revolución. Diría, en una carta de esos días: “¡Tenemos en Rusia una buena revolución, te lo aseguro! Esperamos volver luego, las cosas se están moviendo hacia esta eventualidad con una rapidez espantosa”[29].

En Estocolmo, Suecia, donde tuvo que esperar algunos días, escribió un artículo titulado “Nuestras tareas y el Soviet de Diputados Obreros”, en el que los caracterizó como órganos del nuevo poder revolucionario. Desgraciadamente, este escrito de una clarividencia sin par se perderá, solamente siendo encontrado y publicado en la Unión Soviética en 1940:

En la Rusia revolucionaria, la vida era tan intensa como peligrosa. A su llegada a San Petersburgo, en los primeros días de noviembre, Lenin vive escabulléndose de los espías de la Ojrana (policía política zarista) y tiene que mudarse constantemente de casa, de documentos y de ciudad, hasta que finalmente se establece en Finlandia (en esa época era parte del territorio ruso). Lenin habla a las masas, participa de reuniones en el periódico, interviene en reuniones clandestinas, casi siempre bajo seudónimo, casi siempre en condiciones precarias. Así relata un militante las condiciones en las que se reunió la Conferencia de San Petersburgo del POSDR en julio 1907, a la cual asistió Lenin y que podemos juzgar típicas de todo aquel período.

“Escuchamos a los líderes en pésimas condiciones: al principio nos habíamos reunido en la casa de un tabernero. Tan pronto como Lenin comenzó a hablar, el dueño vino a avisar que la policía amenazaba con cerrar la taberna. Entonces fuimos al bosque. Para despistar a la policía, fuimos allí uno por uno; llovía a cántaros; la lluvia nos impidió adoptar una resolución”[30].

A pesar de la fragilidad aparente, fue allí donde se reunirían las fuerzas sociales nuevas, irresistibles, que sacudirían a Rusia –y al mundo- en todos sus cimientos.

A principios de diciembre se reunió, por iniciativa de Lenin, la Conferencia bolchevique en Tammerfors (Tampere), Finlandia. Él sabía que asegurar la cohesión ideológica y política del Partido era condición sine qua non[31] para que este pudiese dirigir con éxito los combates que se anunciaban en Moscú. Le correspondía entregar dos informes, uno sobre la situación política y el otro sobre la cuestión agraria. En esta reunión, Lenin y Stalin, que mantenían correspondencia, se encontraron por primera vez.

“Fueron –evoca Stalin- discursos inspirados que despertaron el entusiasmo de la Conferencia. El extraordinario poder de convicción, la simplicidad y claridad de la argumentación, las oraciones breves y comprensibles para todos, la ausencia de presunción, de gestos teatrales, de lenguaje refinado para producir efecto, todo esto distinguía ventajosamente los discursos de Lenin respecto de los oradores parlamentarios habituales”[32].

A propuesta de Lenin, la Conferencia acortó sus trabajos y los delegados la dejaron para ocupar sus puestos directamente en la insurrección.

*

Como hemos visto, las primeras exhortaciones de Lenin a los obreros, al inicio de las Jornadas Revolucionarias de 1905, ya hablaban de la necesidad de prepararse para la guerra civil. Este tema está presente en prácticamente todos sus escritos de aquel año. Lenin tomó muy en serio las lecciones de Marx sobre la derrota de la Comuna de París. En marzo, en el guión de una intervención que se pronunciaba sobre el tema, escribió:

“12. Catástrofe. Defectos de organización. Actitud defensiva. Componenda entre Thiers y Bismarck (papel de Bismarck asesino a sueldo). La semana sangrienta del 21 al 28 de mayo de 1871.

Sus horrores, deportación, etc. Calumnias (S. 65-66).

Mujeres y niños…

Pág. 487: 20.000 fueron asesinados en las calles. 3.000 murieron en las cárceles, etc. Consejos de guerra: hasta el 1 de enero de 1875 fueron condenadas 13.700 personas (80 mujeres, 60 niños), deportación, cárcel*.

13. Enseñanzas: la burguesía no se detendrá ante nada. Hoy, liberales, radicales, republicanos; mañana, traición, fusilamientos. Organización independiente del proletariado – lucha de clases – guerra civil.

Todos, en el movimiento actual, descansamos sobre los hombros de la Comuna”[33].

Lenin no alimentaba, como se ve, cualquier ilusión de alguna especie de “transición pacífica”. Había aprendido, aconsejándose con Marx y Engels, que con una insurrección no se juega; que hacerlo es un arte; y que el secreto de dicho arte es estar siempre a la ofensiva.

El año 1905 fue, como se puede ver, en todo y para todo, el boceto de la obra maestra de 1917. Un boceto que tenía como pinceles, fusiles y como tinta, sudor y sangre.

El 1 de febrero él atacaba, en el artículo “Dos tácticas” (no confundir con el libro “Dos tácticas de la socialdemocracia…”, que es de julio), la crítica menchevique que quería “fijar la fecha de la revolución”:

 “La fecha de una revolución popular no puede fijarse de antemano.” Pero sí la de una insurrección, siempre que quienes la fijan tengan influencia sobre las masas y sepan determinar en forma correcta el momento”[34].

El 7 de julio, haciéndose eco de la sublevación en el Acorazado Potemkin, diría que el “Ejército revolucionario y el gobierno revolucionario son dos caras de la misma moneda”. Así:

“El ejército revolucionario es imprescindible, porque los grandes problemas históricos sólo pueden resolverse por la fuerza, y la organización de la fuerza es, en la lucha moderna, la organización militar.

(…) Para la victoria total del pueblo sobre el zarismo, la inmediata organización de la dirección política del pueblo levantado en armas es tan necesaria como la dirección militar de sus fuerzas”[35].

En septiembre, Lenin comentó sobre la acción de un destacamento armado de obreros que asaltó una cárcel en Riga (Letonia), con el fin de rescatar dos líderes populares condenados a muerte. La heroica acción, que resultó con dos guardias muertos y diez heridos, consiguió liberar a los prisioneros. Él le confirió importancia histórica a este acontecimiento, que tuvo lugar en la periferia de la tormenta revolucionaria, en un artículo significativamente llamado “De la defensa al ataque”:

“¡Salve, héroes del destacamento revolucionario de combate de Riga¡ Que su éxito sirva de estímulo y ejemplo para los obreros socialdemócratas de toda Rusia. ¡Vivan los iniciadores del ejército popular revolucionario!”[36].

No fue sólo una exhortación apasionada, sino también un método: Lenin destacaba este hecho con un propósito, pues vio en él una iniciativa que debía generalizarse:

“El número de combatientes de tales destacamentos, de 25 a 75 hombres, puede ser aumentado en varias decenas en cada ciudad grande y a menudo en os suburbios de una gran ciudad. Los obreros acudirán por centenares a estos destacamentos; lo único que se requiere es pasar inmediatamente a propagar e ta idea, en vasta escala pasar a formar estos destacamentos, dotarlos de todo tipo de armas, desde cuchillos y revólveres hasta bombas, instruirlos y educarlos militarmente”[37].

Para él, en esta nueva fase de lucha, “la bomba dejó de ser la arma de un hombre-bomba solitario y se convirtió en un arma necesaria del pueblo”. Una vez que los obreros constituían rápidamente y con energía sus propias unidades de combate él concluía que “no habrá fuerza capaz de enfrentarse a los destacamentos del ejército revolucionario, provistos de bombas, que una buena noche realicen simultáneamente unos cuantos ataques como el de Riga, tras los cuales –y esta última condición es la más importante- se alcen centenares de miles de obreros que no olvidan la jornada “pacífica del 9 de enero y anhelan con ardor un 9 de enero en armas”[38].

Como se observa, sería igualmente falso atribuir a Lenin la expectativa de que el ejército revolucionario naciese pronto, a partir de la mera división del ejército reaccionario, tesis bastante común en varios círculos revisionistas. No: Lenin propone organizar militarmente a los propios obreros, partiendo de las formas más simples de lucha.

Lenin instaba a todo el Partido a estudiar cuestiones militares y la técnica militar propiamente dicha. El 16 de octubre, en una carta destinada al Comité de lucha junto al Comité de Petersburgo del Partido, diría:

“Acudan a la juventud. Formen en seguida destacamentos de combate en todas partes, entre los estudiantes y especialmente entre los obreros, etc., etc. Que se organicen de inmediato destacamentos de tres, diez, treinta y más hombres. Que se armen en seguida ellos mismos con lo que cada uno pueda, sea con un revólver, un cuchillo, un trapo impregnado en kerosene para provocar incendios, etc. (…) Formen inmediatamente un destacamento, ármenlo con lo que puedan, trabajen con todas las fuerzas, nosotros les ayudaremos lo mejor que podamos, pero no nos esperen, actúen ustedes mismos”[39].

El 7 de diciembre estalla la huelga política en Moscú. El Soviet, dirigido por los bolcheviques, proclama: ¡A las armas! Las masas populares responden con decisión y, el 9 de diciembre, la ciudad se convierte en una fortaleza de barricadas. Por toda Rusia, en varios otros centros, respondiendo al llamado de sus hermanos y hermanas moscovitas, obreros y campesinos empuñas las armas. Esto ocurre en Krasnoiarsk, Motovilica (Perm), Novorossisk, Sormovo, Sebastopol, Cronstadt y también en Georgia, Ucrania, Letonia. Lenin, más tarde, en su trabajo “Las Enseñanzas de la insurrección de Moscú” (que es una de las cosas más brillantes que escribió, dirá:

“La propia acción de diciembre en Moscú demostró palpablemente que la huelga general, como forma independiente y principal de lucha, ha caducado; que el movimiento, con espontánea e irresistible pujanza, desborda este marco estrecho y engendra la forma más alta de lucha: la insurrección”[40].

Hombres, mujeres, ancianos y niños construyen barricadas. Hay reuniones y manifestaciones en las calles. Las banderas rojas ondean desde lo alto de los edificios. Mientras tanto, en los suburbios, grupos de combate, móviles y flexibles, asestan golpes a las tropas, algunas de las cuales vacilan. Dubassov, comandante del ejército zarista, no confía en sus hombres y pide refuerzos, los que sólo llegan el día 15. El día 17, las tropas reaccionarias obtienen una ventaja numérica abrumadora, tanto en hombres como en armas. El barrio de Présnia, baluarte de la revolución, continúa luchando incluso sin armas, hasta que cae, exhausto, bañado en sangre. La Moscú roja, tras nueve días de heroica lucha, es derrotada.

Téngase en cuenta que el gran centro obrero ruso de la época, San Petersburgo, permaneció al margen de los acontecimientos. Faltó, en esos momentos críticos, a sus camaradas en armas. ¿Por qué? Ciertamente, no se podría arriesgar ningún argumento sobre la capacidad de lucha de sus obreros, quienes desempeñarán un papel central doce años después.

Es que el Soviet de San Petersburgo era dirigido por los mencheviques y Trotsky era su presidente. Al ver que la situación se radicalizaba, muchos de ellos pronunciaron fervientes discursos “por la insurrección”, pero medidas, nada.

Tras la derrota, Plejanov dirá: “no deberían haberse tomado las armas”. Mientras los bolcheviques decían que era necesario arrancar todas las lecciones de la insurrección de Moscú, sus opositores reformistas proponían una simple desbandada. Los bolcheviques llamaron a boicotear la Duma zarista, denunciándola como instrumento para engañar al pueblo; los mencheviques se apresuraron en presentar candidatos. Terminaba el primer año de la revolución y aunque la agitación persistió, tuvo su apogeo en la insurrección de diciembre en Moscú. Lenin, atacando con indignación la actitud menchevique, dirá:

“Por el contrario, se debió empuñarlas más decididamente, con mayor energía y combatividad; se debió explicar a las masas que era imposible limitarse a una huelga pacífica y que una lucha armada intrépida e implacable era necesaria. Y hoy debemos, al fin, reconocer abiertamente la insuficiencia de las huelgas políticas; debemos llevar a cabo la más amplia agitación entre las masas en favor de la insurrección armada, sin tratar de oscurecer esta cuestión con frases sobre “etapas preliminares” ni de ocultarla en forma alguna. Ocultar a las masas la necesidad de una guerra de exterminio encarnizada, sangrienta, como tarea inmediata de la acción revolucionaria que se avecina, sería engañarnos y engañar al pueblo.

Tal es la primera enseñanza de los acontecimientos de diciembre”[41].

Y, siempre mirando al futuro, afirmaría:

“La revolución puede ir más allá que los grupos de combate en Moscú, puede ir mucho, mucho más lejos, tanto en amplitud como en profundidad. Y la revolución ha recorrido un largo camino desde diciembre. La base de la crisis revolucionaria se ha vuelto inconmensurablemente más amplia; ahora necesitamos afilar más la cuchilla”[42].

Palabras proféticas. Vendría el período de la reacción stolipyniana, estallaría la I Guerra Mundial, la Internacional Socialista iría a la bancarrota a manos de sus líderes socialimperialistas, estallaría la revolución de febrero, la dualidad de poderes… a lo largo de todos estos años, Lenin y los bolcheviques no tiraron las armas de 1905; simplemente “afilaron más la cuchilla” y con ella vencieron en octubre de 1917.

Nota de la edición

La numeración de las notas del autor se retoman desde la parte I del artículo, publicado en la edición n° 232. Lo mismo vale para las abreviaciones y siglas, cuyos nombres extensos se encuentran en la primera vez que aparecieron en la edición pasada.


[19] Lenin, op. cit., Tomo XXXVIII, p. 75.

[20] Ídem, págs. 144-145.

[21] Lenin, op. cit., Tomo VIII, p. 158.

[22] Ídem, p. 164.

[23] Lenin, op. cit., Tomo XXXVIII, págs. 123-125.

[24] Ídem, p. 119.

[25] Ídem, págs. 117-118.

[26] Ídem, págs. 95-96.

[27] Ídem, p. 138.

[28] Lenin, op. cit., Tomo VIII, p. 415.

[29] Lenin (Sua vida e sua obra), p. 106.

[30] Ídem, p. 122.

[31] Nota EP: sine qua non es una expresión latina que significa “sin la cual no” y se aplica a una condición que necesariamente se debe cumplir para que se cumpla o suceda algo.

[32] Ídem, págs. 108-109.

[33] Lenin, op. cit., Tomo VIII, págs. 213-214.

[34] Ídem, p. 154.

[35] Ídem, págs. 643-644

[36] Lenin, op. cit., Tomo IX, p. 280.

[37] Ídem.

[38] Ídem, p. 281.

[39] Ídem, p. 348.

[40] Lenin, op. cit., Tomo XI, p. 175.

[41] Ídem, p. 178.

[42] Ídem, p. 175-183.

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