Por Aracely Romo, para periódico El Pueblo nro. 94

Chillán, Región de Ñuble. A fines de noviembre, como todos los años, comienza la tan esperada cosecha de arándanos en distintas regiones del país, donde el trabajo en el campo parece ser la mejor apuesta. Sin embargo, el dinero que se consigue en la cosecha es a costa de grandes abusos de parte de la patronal, con escasa organización de parte de los trabajadores. En febrero de este año, sin embargo, las y los temporeros de la región de Ñuble dieron una muestra de lo que puede lograr la unidad frente a los tratos abusivos de la patronal latifundista Agrícola Cato.

El levantarse temprano, trabajar desde las 6:30 hrs. para comenzar una nueva jornada laboral, es el día a día de muchas personas que se desempeñan en el trabajo agrícola de temporada. Es un trabajo de disciplina y esfuerzo constante, los que están al tanto de este sacrificio pueden ser consciente también de lo mucho que cuesta sacar los kilos suficientes para hacerse un sueldo que valga la pena.

Cuando hay problemas que dificultan la recolección de fruta o hacen más lenta la tarea, todo se hace más difícil. Y los patrones siempre buscan que los costos de esta dificultad los carguen las y los temporeros. Pero esta vez, cuando en Agrícola Cato los patrones quisieron hacer pagar a los trabajadores la escasez de fruta, se levantó la huelga.

El día 5 de febrero todo partió como cualquier día, madrugar para juntar el pan. Ese día estaba bien helado. El día anterior cayó la lluvia que siempre se da por esas fechas. Lamentablemente la lluvia en este trabajo es sinónimo de guardarse en la casa y, lo principal, es sinónimo de que se cae harta fruta. Sin embargo había que partir igual a la pega. Cuando llegamos fue notorio que habían menos arándanos en las melgas”, nos comenta un trabajador agrícola.

Otro temporero nos cuenta: “Claramente se cayó bastante fruta y es lamentable, porque significa romperse más la espalda para llegar a hacer las bandejas con los kilos del día. Estando todos mirando desde afuera que se venía una dura jornada de trabajo, los jefes comienzan a correr la voz de la baja del dinero que nos darán por cada bandeja. Sentí como la frustración y rabia crecía tanto en mí como en el rostro de mis compañeros. De $2.220 bajó a $1.665. Realmente no lo podíamos creer, poca fruta por la lluvia y se les ocurre bajar el precio”.

Fue una medida arbitraria y sin aviso anticipado, que sólo se comunicó cuando los temporeros ya habían llegado a la faena. Esto también nos deja ver las prácticas del latifundio, feudales: sin importar lo que diga el contrato de trabajo, ellos siempre pueden cambiar las condiciones a su conveniencia.

¡Hay que pararse!

La huelga comienza con el grito de unos compañeros, nadie entró a las melgas a cosechar. Agitamos los brazos y nos quedamos en medio del camino por donde pasan los buses. En nuestra cuadrilla, al menos, se sintió más el enojo. Pensamos que nuestro jefe sería más comprensivo con esta situación, pero por el contrario, lo único que nos dice es: ‘el que no quiere trabajar que se vaya’. Con esa respuesta nos quedamos por parte de él. Por suerte la mayoría nos decidimos por ir a la oficina principal para reclamar por esta injusticia tremenda. Sólo cuando llegamos a rebalsar la oficina nos dice que se mantendrá el precio considerado de $2.220”, nos cuenta otra temporera. Había que pararse nomás.

Por último, los temporeros nos comentan es que ellos ven este hito como una ganada. El año pasado igual se había presentado una situación parecida y con la presión de la huelga también se avanzó en mejoras laborales. Es con nuestro trabajo que gana el patrón, pero para presionar con esto la clave es la organización y la unidad.

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